sábado, 22 de julio de 2017

Mas allá de esa Cizaña que se mezcla con el Trigo, hay una Vida Creciendo en Nosotros...

Escrito por Mariola Lopez Villanueva -RSCJ-

"Las primeras comunidades cristianas necesitan entender la parábola de la cizaña en el campo. Jesús les había contado la historia de un sembrador generoso que sin tener en cuenta la calidad del terreno echaba su semilla con esplendidez y confiaba en que en alguna tierra daría su fruto. Era la semilla la que hacía buena a la tierra pero junto a ella eran sembradas a la vez otras semillas dañinas…

Así pasa también en las tierras del corazón, encontramos trigo y cizaña y por más que queramos arrancar esta última sabemos que tenemos que contar con ella hasta el final. Más adentro de nuestros terrenos pedregosos, y de esa cizaña que se mezcla con el trigo, hay una vida creciendo en nosotros. Una vida que tiene su propio ritmo, sus modos y que alcanza fecundidades que no podemos ni imaginar: los comienzos son mínimos y los finales inesperados. 

Jesús nos invita a escuchar algo que es difícil para nuestros oídos: que la justicia se abrirá camino, aún en las situaciones que creemos más perdidas, y que no se trata de arrancar la cizaña en nosotros y en los demás sino de abrazarla, de cubrirla con un amor tan gratuito que la deje desarmada de su aguijón. No hay buenos ni malos en esta historia aunque así lo parezca, hay seres humanos con su fragilidad y sus posibilidades invitados a cuidar su trigo y el de otros y a no desesperar; a dejar que sea el Sembrador el que al final nos revele el otro lado de aquello que aún no alcanzamos a comprender".

sábado, 15 de julio de 2017

Una parábola que nos habla hoy a cada uno de nosotros...

Texto del Papa Francisco

El Evangelio de este domingo (Mt 13,1-23) nos muestra a Jesús que predica a orillas de lago de Galilea, y como mucha gente lo rodea, Él sube en una barca, se aleja un poco de la orilla y predica desde ahí. Cuando habla al pueblo, Jesús utiliza muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de situaciones de la vida diaria.

Lo primero que narra es una introducción a todas las parábolas: es aquella del sembrador, que a manos llenas arroja las semillas sobre todo tipo de terreno. Y el verdadero protagonista de esta parábola es la semilla, que produce más o menos frutos según el terreno sobre el cual ha caído. 

Los primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino las aves se comen la semilla; sobre el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente porque no tiene raíces; en medio a las zarzas la semilla viene sofocada por las espinas. El cuarto tipo de terreno es el terreno bueno, y solamente ahí la semilla germina y da fruto.

Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a los oyentes de Jesús dos mil años atrás. Nos recuerda que nosotros somos el terreno donde el Señor echa incansablemente la semilla de su Palabra y de su Amor. 

¿Con qué disposición la acogemos? 

Y podemos preguntarnos: 

¿Cómo esta nuestro corazón? 
¿A qué terreno se parece: a un camino, a un pedregal, a unas zarzas? 

Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero formado y cultivado con cuidado, para que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Y nos hará bien no olvidarnos que también nosotros somos sembradores, Dios siembra semillas buenas, y también aquí podemos preguntarnos: 

¿qué tipo de semilla salen de nuestro corazón y de nuestra boca? 

Nuestras palabras pueden hacer tanto bien, así como tanto mal, pueden sanar y pueden herir, pueden animar y pueden deprimir, recuerden: aquello que cuenta nos es los que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón. 

La Virgen nos enseñe con su ejemplo a cuidar y hacerla fecunda en nosotros y en los demás.

sábado, 8 de julio de 2017

La Pequeñez... nos capacita para vivir en la inmediatez de Dios...

Escrito por Dolores Aleixandre -de su libro= ESCONDIDO CENTRO-

¿Quién está totalmente libre del deseo de reafirmarse, distinguirse de los demás, convertirse en el centro de atención, ser admirado e impresionar a la gente? 

Ser importante, sobresalir, ser más que otros. Un día los discípulos pensaron que nadie mejor que Jesús podría conducirles al éxito: «Maestro, ¿quién es el mayor en el Reino de los Cielos?», le preguntaron. Y lo último que esperaban fue la respuesta que recibieron: «Llamó a un niño (paidíon), lo puso en medio y les dijo: “Les aseguro que si no se convierten y se hacen como los niños (paidía), no entraran  en el Reino de Dios.

Quien se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos”» (Mt18,1-5).

¿Hacerse como un niño? Era una propuesta disparatada: los niños eran seres inacabados, imperfectos y necesitados de formación, sin autoridad personal ni credibilidad. No tenían ningún derecho, solo deberes...

Insignificantes en la vida social, no tenían voz en las reuniones y solo podían hacer dos cosas: escuchar y aprender.

Pero la mayor carencia de los niños consistía en su incapacidad para cumplir la ley, que era lo que permitía ser justo ante Dios, complacerle, hacerse merecedor de su favor. 

Lo sorprendente y revolucionario de la afirmación de Jesús de llegar a ser como un niño es que el dejarse hacer (abandonarse, confiar...) de los niños resulta ser más importante que el hacer (cumplir, hacer méritos...), porque la actitud de recibir agrada más a Dios que los esfuerzos de quien se empeña en merecerlo. 

Los niños, como los ignorantes, los humildes y los pobres, carecen de toda suficiencia, y eso llena de alegría a Jesús:  «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien» (Mt 11,25-26). 

Es precisamente la minoridad de los niños y de quienes se hacen como ellos la que les capacita para vivir en la inmediatez de Dios.

Será también la gran intuición de Pablo: los seres humanos no «valemos» (no nos «justificamos») ante Dios por lo que hacemos o merecemos, sino sencillamente porque somos. Si llegamos a confiar en esa aceptación incondicional de Dios, dejaremos de considerarnos buenos en comparación de malos, o malos en comparación de buenos, y nos situaremos ante Él como hijos, es decir, como quien es afirmado absolutamente por el Padre más allá de su bondad o malicia. Entonces la experiencia de los propios límites deja de pesar como culpabilidad y queda envuelta en la gran ternura de Dios y esta es la experiencia de la Gracia.