sábado, 16 de septiembre de 2017

Sólo el perdón y la reconciliación nos convierten en amigos de la vida, de las personas y de Dios...

Fuente: Centro de Espiritualidad y Pastoral -Venezuela

La Palabra nos coloca ante la piedra de toque de toda fe y de toda humanidad: ser capaces de perdonar, y siempre.

Jesús expone en forma sencilla pero directa, la correlación obligada que existe entre la misericordia que recibe el perdonado y la misericordia que éste practique con quienes son deudores suyos. De tal manera que la misericordia y el perdón se convierten en requisito necesario en la relación con Dios, tal como señala el Padrenuestro: “perdona nuestros pecados así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt, 6,12-14). De ahí que en la fe cristiana no pueda separarse amor y perdón, comunidad y misericordia, amistad y reconciliación.

Nuestro Dios se manifestó y se manifiesta amando, perdonando y reconciliando. Porque Dios solo procede desde el amor. Y cuando no encuentra nada bueno, lo hace todo nuevo, dándose Él mismo por entero, con paciencia, tolerancia y capacidad de espera. En esto consiste el imaginario de “perdonar setenta veces siete” propuesto por Jesús.

El evangelio de Mateo afirma que todo camino de realización, si es bueno, pasa por el perdón. Jesús señala sin rodeos que en todo momento y situación hay que perdonar. La vida y la convivencia solo serán viables si asumimos en serio la misericordia y el perdón como los criterios básicos de nuestro modo de ser y proceder.

El rostro más visible del amor cristiano y de todo tipo de amor verdadero es la misericordia y el perdón. En esto se concreta el Plan de Dios, porque solo así se puede CONVOCAR a los distintos para que formen una sola familia; REUNIR a los opuestos para que multipliquen sus fortalezas y construyan un horizonte común; y FRANQUEAR las barreras del resentimiento, de la intriga, del odio y del desamor, para que cada persona se experimente libre y liberadora, sanada y sanadora. 

Muchas veces es muy fácil pedir se nos perdone y muchas veces no somos capaces de perdonar al otro. Si quieres sanar, aprende a perdonar. Si quieres tu alma limpia, cultiva la misericordia. Sólo el perdón nos pone en situación de armonía interior y en situación de convivencia justa y pacífica. Sólo el perdón y la reconciliación nos convierten en amigos de la vida, de las personas y de Dios.

sábado, 9 de septiembre de 2017

"Has Ganado a tu Hermano..."


Dolores Aleixandre rscj

“Has ganado a tu hermano”: ese parece ser para Jesús el objetivo de cualquier comportamiento vincular de un cristiano. No se trata de dominar, ni de convencer, ni de reprochar, ni de arrancar la petición de perdón por parte del otro, sino de recuperar la relación original entre dos seres humanos según el suelo de Dios que es la de fraternidad. 

Podemos mirar si la dinámica de nuestras relaciones va en esa dirección de ganar hermanos. El que sigue a Jesús y abraza ese modo de vida que él ha querido implantar en el mundo que llamamos "Reino", tiene que saber que su modo de vida va a estar siempre referido a otros, en contacto con ellos, aprendiendo incesantemente a comportarse como un hermano, un compañero o un amigo. 

Vivir así tiene precios: el perdón, el interés sincero por el otro, la oración en común. En el Reino no tiene sitio el egoísmo de los individualistas".

sábado, 26 de agosto de 2017

¿Quién es Jesús para Vos...?

Escrito por Clemente Sobrado 

Jesús pregunta primero sobre lo que la “gente piensa y dice”. Y la verdad es que la gente no tiene ni idea de lo que realmente es Jesús. Saben que no es como los demás. Pero no saben quién es.
Sin embargo, a Jesús le interesa más el saber ¿qué piensan ellos?

¿No sabía Jesús de sobra lo que pensaba la gente y lo que pensaban los suyos? Sin duda alguna.
Pero sucede que, a veces, ciertas preguntas, como que nos desinstalan y remueven los propios cimientos. Porque, además, lo curioso del relato es que él mismo que pregunta y está preguntando sobre sí mismo.

La pregunta, además era fundamental. Porque la verdadera fe no es cuestión de un examen de religión ni siquiera un examen de teología. La verdadera fe se conoce de la actitud que tenemos frente a El y de lo que él significa para nosotros.
Podemos llamarnos creyentes, y andarnos por las ramas. Y puede sucedernos como con el colesterol, eso que llaman la muerte secreta, que nos va matando sin enterarnos.
Algo parecido puede sucedernos con la fe...

Creer que creemos, pero no sabemos en qué ni en quién.
Creer que creemos, pero no saber responder de nuestra fe.
Una fe que es más una doctrina que una vivencia.
Una fe que es más un conocer de segunda mano que una experiencia personal.

La pregunta “¿y ustedes quién dicen que soy?” Implica todo un cuestionamiento a nuestra fe:
¿Qué idea tenemos de El?
Y más que nada: ¿Qué significa El en nuestras vidas?
¿Qué pensamos de El? Sí. Pero ¿qué vivimos de Él?
¿Qué decimos de El? Sí. Pero ¿qué lugar ocupa en nuestras vidas?

¿Quién es Jesús para nosotros hoy?
¿Alguien que nos impacta y sacude las fibras de nuestro corazón y de nuestro ser?
¿Alguien que apasiona nuestra mente y nuestro corazón?
¿Alguien que compromete no sólo nuestra moral, nuestra ética, sino todo nuestro ser?
¿Alguien que da sentido y dirección a nuestras vidas?
¿Alguien capaz de sacarnos de nuestros egoísmos y comprometernos con los demás?

¿Quién es Jesús para nosotros hoy?
Cada uno tendrá su propia respuesta.
Nuestra fe dependerá de la respuesta que cada uno dé a la pregunta
¿Quién dicen ustedes que soy Yo?
¿Qué significo realmente yo en vuestras vidas?
Porque nuestra fe es en “un Viviente” y es una “fe viva y para la vida”.

Señor: hay preguntas molestas. Y no porque no sepamos las respuestas,
sino porque las respuestas nos comprometen.
Sabemos que existes: pero no nos preguntamos ¿qué eres para nosotros?
Decimos que estás a nuestro lado vives en la Iglesia:
pero no nos preguntamos ¿qué significas para nosotros?
Sabemos que tú eres la base de nuestra fe, pero nosotros seguimos jugando con nuestras pequeñas ideas.
Sabemos que allí donde tú entras todo está llamado a cambiar.
Que como Pedro podamos confesar: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo”.
Pero luego preguntarnos ¿dónde vives y dónde te haces vida?

sábado, 12 de agosto de 2017

Pequeña Tempestad Amiga...

Escrito por Mariola Lopez Villanueva -RSCJ-
"Se levantó entonces una fuerte tempestad
y las olas se abalanzaban sobre la barca,
de suerte que la barca estaba ya a punto de hundirse”
-Mc 4, 35-40-

Quizás nos quede grande la aventura que aquellos hombres vivieron en medio de un mar embravecido, cuando pasaban a la otra orilla con Jesús. Pero sí podemos reconocer en ella los nubarrones de nuestros días grises, las tormentas de nuestras autodecepciones, culpabilidades y egoísmos; de todo lo que en nosotros bloquea el paso de la vida y su dinamismo de fraternidad y de futuro. Reconocer el miedo que nos ronda tantas veces, soportarlo, aprender que podemos aguantar, en medio de la borrasca, porque nos sostiene la fuerza de una Presencia que nos acompaña y cuida, aunque creemos dormida.

Un joven que estaba en la cárcel me dijo comentando este pasaje: “es una broma que Jesús nos gasta para conocer nuestra fe”. Pienso en las tempestades tan terribles de personas que sufren como él, y agradezco su abrazo de humor y el testimonio de tanta gente que ha permanecido más allá de toda desesperanza, y que nos descubre que , pase lo que pase en nuestras vidas, él no dejará nunca que nos perdamos.

Siento unas ganas enormes de agradecer las pequeñas tempestades de mi vida, aquellas que me enseñan a poner nombre a mis inseguridades y a mis temores, y que esconden la llamada a vivir más dilatada y mansamente, “¿Por qué estás con tanto miedo?”.

Te doy gracias, pequeña tempestad amiga, porque conduces nuestra mirada mar adentro y nos enseñas a reconocerlo, poco a poco, como Señor de nuestra tormenta y de nuestra calma, como Señor de nuestra claridad y de nuestra desarmonía; como único Señor de toda nuestra vida.

sábado, 5 de agosto de 2017

La Transfiguracion es una Mirada de fe sobre el Misterio de Jesús y del Evangelio...


La Transfiguración no debe entenderse como un simple cambio exterior… es una mirada de fe sobre el misterio de Jesús y del Evangelio.

El relato evangélico de la Transfiguración sólo nos entregará su secreto si renunciamos a saber lo que aquel día ocurrió realmente y cómo se desarrollaron los hechos… porque en realidad constituye una misma cosa con el anuncio del Reino; de hecho, es ese mismo anuncio, que de pronto se ilumina en su realidad más profunda a partir de lo que Jesús vive en su más estricta intimidad, en su relación con el Padre.

El Reino viene, se ha acercado; pero no se manifiesta externamente de forma llamativa, no tiene nada de espectacular ni de sensacional.
Está escondido, no en el misterio del más allá, sino aquí mismo. Oculto bajo el velo de lo cotidiano, se inserta en el desarrollo de la vida diaria como la levadura en la masa.

Está presente en el centro mismo del mundo familiar de cada cual: el de las actividades de cada día, el de las penas y las alegrías de todos. A los fariseos que le preguntan por la venida del Reino y por los signos que permitirán reconocerlo, Jesús les responde: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: "'Veanlo aquí o allá", porque el Reino de Dios ya está entre ustedes» (Lc 17,20-21).

Pero, aunque esté escondido en un presente absolutamente cotidiano y familiar, el Reino no es en modo alguno una realidad cotidiana y familiar. Es una cercanía enteramente nueva de Dios al mundo, una presencia maravillosa, inesperada, insuperable; una revelación de ternura que lo transfigura todo, de forma que quien la acoge puede decir con toda verdad: «¡Qué bueno es estar aquí...!» Con su venida, la existencia más ordinaria queda transfigurada en todas sus relaciones, penetrada y transportada por el aliento de misericordia y ternura que viene del Padre, a través de esa relación singular y única, toda intimidad, que Jesús mantiene con el Padre. Nada ha cambiado exteriormente. Sin embargo, todo se vive de manera diferente: a la luz del Hijo amado. De este modo, el anuncio del Evangelio es todo él transfiguración.

Pero todavía hay que dar un paso más para acceder plenamente al sentido de la Transfiguración tal como nos la presentan los evangelios. Ese poder transfigurado!' del Reino actúa con su mayor fuerza precisamente allí donde
está más escondido: en la experiencia del sufrimiento, de la humillación y de la muerte; en el corazón mismo del fracaso y el abandono…Nos encontramos en el corazón mismo del misterio. 

Mediante su sufrimiento y su muerte, Jesús establecerá el Reino, no en un lejano país de ensueño, sino en el centro mismo de la condición humana más dura, más desfigurada, más inhumana.

Llevará el hoy del Reino a todos los excluidos, proscritos y abandonados, a todos los crucificados. Y su presencia junto a ellos atestiguará que Dios les ha alcanzado en su propio abismo y que el Reino de la luz ha llegado hasta ellos.

sábado, 29 de julio de 2017

Las Tres Parábolas para la Búsqueda de la Plenitud...

Fuente: Centro de Espiritualidad y Pastoral -Venezuela-

Las tres parábolas proponen indicadores para esta búsqueda hacia la plenitud. La parábola que trata del tesoro escondido presenta la novedad de Dios como la fuerza que atrae hacia la ruta de la plenitud. La parábola sobre la perla fina resalta la agudeza del que sabe distinguir lo que tiene verdadero valor de lo que no lo tiene tanto. Y la parábola de la pesca destaca la habilidad de cribar para escoger y quedarse con lo mejor.

El evangelista Mateo (13,44-52), está refiriéndose a un aspecto muy central de la vida como lo es el discernimiento. Porque el discernimiento requiere agudeza en la búsqueda, capacidad de escoger y la audacia de decidirse...

En este Evangelio sorprende la función que desempeña la alegría, al presentarla como el motor que impulsa todo camino, emprendimiento o proyecto personal y común que trascienda la mezquindad y el beneficio egoísta. Y es que la verdadera alegría es termómetro y norte de la vida auténtica.

Esta alegría hace que los tesoros escondidos, las perlas finas y los mejores frutos de la pesca, salgan a la luz y empiecen a iluminar nuevos caminos para uno mismo y para los demás. La alegría nos da el valor y la audacia para cribar todas las cosas, quedándonos con lo que más nos pone ante la vida y ante Dios.

Jesús nos dirá que el Reino de Dios es como tesoro siempre oculto, perla entre perlas. Es tan bueno y tan sencillo a la vez, que está mezclado entre otras tantas cosas buenas. Nuestro Dios es tan atractivo, inesperado y sorprendente, que quien lo encuentra, se siente tocado en lo más profundo de su ser. Ya nada puede ser como antes. 

Nada hay en la vida personal y social que no deba ser discernido y cribado. Y cuánto más si se trata de la convivencia social, las ideologías y las mismas creencias que modulan o moldean criterios, posturas y determinaciones. La persona o el grupo humano que discierne de verdad, será siempre el mismo, pero jamás será lo mismo.

sábado, 22 de julio de 2017

Mas allá de esa Cizaña que se mezcla con el Trigo, hay una Vida Creciendo en Nosotros...

Escrito por Mariola Lopez Villanueva -RSCJ-

"Las primeras comunidades cristianas necesitan entender la parábola de la cizaña en el campo. Jesús les había contado la historia de un sembrador generoso que sin tener en cuenta la calidad del terreno echaba su semilla con esplendidez y confiaba en que en alguna tierra daría su fruto. Era la semilla la que hacía buena a la tierra pero junto a ella eran sembradas a la vez otras semillas dañinas…

Así pasa también en las tierras del corazón, encontramos trigo y cizaña y por más que queramos arrancar esta última sabemos que tenemos que contar con ella hasta el final. Más adentro de nuestros terrenos pedregosos, y de esa cizaña que se mezcla con el trigo, hay una vida creciendo en nosotros. Una vida que tiene su propio ritmo, sus modos y que alcanza fecundidades que no podemos ni imaginar: los comienzos son mínimos y los finales inesperados. 

Jesús nos invita a escuchar algo que es difícil para nuestros oídos: que la justicia se abrirá camino, aún en las situaciones que creemos más perdidas, y que no se trata de arrancar la cizaña en nosotros y en los demás sino de abrazarla, de cubrirla con un amor tan gratuito que la deje desarmada de su aguijón. No hay buenos ni malos en esta historia aunque así lo parezca, hay seres humanos con su fragilidad y sus posibilidades invitados a cuidar su trigo y el de otros y a no desesperar; a dejar que sea el Sembrador el que al final nos revele el otro lado de aquello que aún no alcanzamos a comprender".

sábado, 15 de julio de 2017

Una parábola que nos habla hoy a cada uno de nosotros...

Texto del Papa Francisco

El Evangelio de este domingo (Mt 13,1-23) nos muestra a Jesús que predica a orillas de lago de Galilea, y como mucha gente lo rodea, Él sube en una barca, se aleja un poco de la orilla y predica desde ahí. Cuando habla al pueblo, Jesús utiliza muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de situaciones de la vida diaria.

Lo primero que narra es una introducción a todas las parábolas: es aquella del sembrador, que a manos llenas arroja las semillas sobre todo tipo de terreno. Y el verdadero protagonista de esta parábola es la semilla, que produce más o menos frutos según el terreno sobre el cual ha caído. 

Los primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino las aves se comen la semilla; sobre el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente porque no tiene raíces; en medio a las zarzas la semilla viene sofocada por las espinas. El cuarto tipo de terreno es el terreno bueno, y solamente ahí la semilla germina y da fruto.

Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a los oyentes de Jesús dos mil años atrás. Nos recuerda que nosotros somos el terreno donde el Señor echa incansablemente la semilla de su Palabra y de su Amor. 

¿Con qué disposición la acogemos? 

Y podemos preguntarnos: 

¿Cómo esta nuestro corazón? 
¿A qué terreno se parece: a un camino, a un pedregal, a unas zarzas? 

Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero formado y cultivado con cuidado, para que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Y nos hará bien no olvidarnos que también nosotros somos sembradores, Dios siembra semillas buenas, y también aquí podemos preguntarnos: 

¿qué tipo de semilla salen de nuestro corazón y de nuestra boca? 

Nuestras palabras pueden hacer tanto bien, así como tanto mal, pueden sanar y pueden herir, pueden animar y pueden deprimir, recuerden: aquello que cuenta nos es los que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón. 

La Virgen nos enseñe con su ejemplo a cuidar y hacerla fecunda en nosotros y en los demás.

sábado, 8 de julio de 2017

La Pequeñez... nos capacita para vivir en la inmediatez de Dios...

Escrito por Dolores Aleixandre -de su libro= ESCONDIDO CENTRO-

¿Quién está totalmente libre del deseo de reafirmarse, distinguirse de los demás, convertirse en el centro de atención, ser admirado e impresionar a la gente? 

Ser importante, sobresalir, ser más que otros. Un día los discípulos pensaron que nadie mejor que Jesús podría conducirles al éxito: «Maestro, ¿quién es el mayor en el Reino de los Cielos?», le preguntaron. Y lo último que esperaban fue la respuesta que recibieron: «Llamó a un niño (paidíon), lo puso en medio y les dijo: “Les aseguro que si no se convierten y se hacen como los niños (paidía), no entraran  en el Reino de Dios.

Quien se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos”» (Mt18,1-5).

¿Hacerse como un niño? Era una propuesta disparatada: los niños eran seres inacabados, imperfectos y necesitados de formación, sin autoridad personal ni credibilidad. No tenían ningún derecho, solo deberes...

Insignificantes en la vida social, no tenían voz en las reuniones y solo podían hacer dos cosas: escuchar y aprender.

Pero la mayor carencia de los niños consistía en su incapacidad para cumplir la ley, que era lo que permitía ser justo ante Dios, complacerle, hacerse merecedor de su favor. 

Lo sorprendente y revolucionario de la afirmación de Jesús de llegar a ser como un niño es que el dejarse hacer (abandonarse, confiar...) de los niños resulta ser más importante que el hacer (cumplir, hacer méritos...), porque la actitud de recibir agrada más a Dios que los esfuerzos de quien se empeña en merecerlo. 

Los niños, como los ignorantes, los humildes y los pobres, carecen de toda suficiencia, y eso llena de alegría a Jesús:  «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien» (Mt 11,25-26). 

Es precisamente la minoridad de los niños y de quienes se hacen como ellos la que les capacita para vivir en la inmediatez de Dios.

Será también la gran intuición de Pablo: los seres humanos no «valemos» (no nos «justificamos») ante Dios por lo que hacemos o merecemos, sino sencillamente porque somos. Si llegamos a confiar en esa aceptación incondicional de Dios, dejaremos de considerarnos buenos en comparación de malos, o malos en comparación de buenos, y nos situaremos ante Él como hijos, es decir, como quien es afirmado absolutamente por el Padre más allá de su bondad o malicia. Entonces la experiencia de los propios límites deja de pesar como culpabilidad y queda envuelta en la gran ternura de Dios y esta es la experiencia de la Gracia.

viernes, 30 de junio de 2017

EL JUEGO DE PERDER-GANAR

Escrito por hna  Dolores Aleixandre rscj

“Quien se aferre a su vida, la perderá, 
quien la pierda por mí, la encontrará” (Mt 10,39).

Estamos ante dos posturas vitales: la de quien busca ante todo poner a salvo su vida: ganarla, encontrarla, asegurarla, conservarla; ponerse al abrigo de un peligro, preservarse, escapar, guardar la casa o la fortuna, mantener los propios bienes en buena situación, reservar... Perderla, por el contrario, supone malograrla, frustrarla, despilfarrar, malgastarla, extraviarla, desperdiciarla, gastarla, derrocharla…

Este dicho de Jesús, presente en los tres sinópticos (Mt 16,13-28; Lc 9,22-27), aparece también en el evangelio de Juan después de la sentencia sobre el grano de trigo que, si muere, da mucho fruto: “El que ama su propia vida, la pierde; en cambio, quien odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12,25). El Apocalipsis nos ofrece una clave para comprender en qué consiste ese amar/odiar cuando, hablando de los justos que derrotaron con la sangre del Cordero al que los acusaba día y noche, dice de ellos que “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (“odiaron su vida hasta la muerte” Ap 12,11).

Qué extraña sabiduría, qué vuelco radical se nos exige para conformar con los criterios del Evangelio nuestra idea de lo que es salvar la vida o perderla. Nuestro deseo más perentorio es el de vivir, retener y poner a salvo el tesoro de la propia vida pero estamos, a la vez, llamados a escuchar la propuesta de Jesús: “Al que se venga conmigo, voy a llevarle a la ganancia por el extraño camino de la pérdida: ese es el camino mío y no conozco otro. La única condición que pongo al que quiera seguirme, es que esté dispuesto a fiarse de mí y de mi propia manera de salvar su vida, que sea capaz de confiármela, como yo la confío a Aquél de quien la recibo. La suya será siempre una vida sin garantía y sin pruebas, en el asombro siempre renovado de la confianza: por eso no puedo dar más motivos que el de “por mi causa”.

Todo el Evangelio es una escuela de lenguaje en la que aprendemos a manejar "según Dios" los verbos perder/ ganar y también los adverbios que resumen mucho las paradojas que propone Jesús: los que creen estar lejos (publicanos, pecadores, gente ignorante...,) son los que para Jesús están cerca; los que a los ojos de todos estaban fuera (de la ley, de la Alianza, del Reino...), para él están dentro; los que parecían ser menos (los pobres, los niños, los débiles...), para él son los más , los mayores, los importantes; los que se creían arriba (fariseos, saduceos, escribas, sacerdotes...), resultan estar mucho más abajo que los que ocupaban los últimos lugares de la escala social y religiosa.

Necesitamos una inmersión lingüística en ese lenguaje que encierra toda la novedad del Reino, que nos enseña a mirar y a calificar la realidad de una manera alternativa. Nos urge des-aprender nuestro viejo lenguaje "mundano" y ser recibidas en la novedad del lenguaje evangélico.

sábado, 24 de junio de 2017

No tengan miedo...

 
Texto de Arturo Sosa sj -General de la Compañia de Jesus-

"Jesús pide que no tengamos miedo a los que matan el cuerpo sino a los que matan el alma. Y es que nada puede separarnos de su amor y cuidado, ni siquiera nosotros mismos. 

Pero necesitamos espantar fantasmas, abandonar falsas creencias y erradicar ideologías cerradas, porque impiden reconocernos, valorarnos y, peor aún impiden crear solidaridad y comunión.

Quien transforma su miedo en confianza, dejándose guiar por la apuesta en los demás, puede descubrir el talento, el potencial y la dignidad de cada persona; posee el coraje y la pasión para desbloquear ese potencial e impulsar el máximo desarrollo de cada persona; y tiene, como Jesús, energía positiva para convertir las búsquedas en apuesta compartida y comprometida por la vida" 

sábado, 17 de junio de 2017

El que coma de este Pan, vivirá para siempre…

Escrito por Dolores Aleixandre

Recuerdo una devota costumbre que me inculcaron de niña que se llamaba "hacer una comunión espiritual": consistía en mandar el corazón al sagrario (se recomendaba mucho hacerlo en los viajes al ver un campanario) y desear recibir a Jesús espiritual­mente ya que no podía hacerse sacramen­talmente. A la hora de escuchar la expresión evangélica “comer de este pan”, se me ocurre un ejercicio parecido que nos permita sondear la verdad de nuestras “disposiciones eucarísticas”: consistiría en abrir el Evangelio por donde nos salga y cuando leamos, por ej.: "El que quiera ser el mayor entre ustedes que sea su servidor" (Mt 23,12); "No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mt 18,22); "Me dan compasión estas gen­tes, denles ustedes de comer"(Mc 6,34.37 ); "No atesoren tesoros en la tierra"(Mt 6,19); "Las prostitutas los precederán"(Mt 21,31) "Presten sin esperar nada a cam­bio"(Lc 6,35)..., hacer el gesto interior de "tragarnos" eso, de comulgar con ello, de desear, al menos, irnos poniendo de acuerdo con Jesús, creciendo en afinidad con él, pidiendo al Padre, con la pobreza de quien se siente incapaz desde sus fuerzas, que nos haga ir teniendo "parte con él" (Jn 13,8), con las consecuencias de que sea el "Primogé­nito de una multitud de hermanos..."

Esto de “tragar” es un verbo un poco áspero pero tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: "no trago a tal persona", "ese disgusto aún no me lo he tragado...", "todavía lo tengo aquí "(y señalamos la garganta). Nos es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar y tragarnos el Pan y luego volver a nuestro sitio con recogimiento y dar gracias lo mejor que podemos.

Pero, de vez en cuando, tendríamos que cambiar la expresión "comulgar" por la de "tragarnos a Jesús" para caer un poco más en la cuenta de lo que significaría "tragarnos" su mentalidad (es el "cambien de mentalidad" de Mc 1,15, o el "tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús (Fil 2,5), sus preferen­cias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar.

Porque la forma de comer de la que habla el evangelio expresa una forma de vivir. Hacemos memoria de Jesús para seguir haciendo lo que él hizo: "partirse la vida", "vaciarse hasta la muerte", según la expresión del cuarto canto del Siervo (Is 53,12). De esa memoria nace nuestra fraternidad y sólo se "reconoce a Jesús al partir el Pan" cuando el estilo de vida que él expresó en su entrega se hace presen­te, aunque sea germinalmente, en los que pretendemos seguirle.

viernes, 9 de junio de 2017

Fiesta de la Santísima Trinidad = Agua, Fuente y Caudal...


Escrito por Xavier Quinzá Lleó, SJ 

Si la Fuente inagotable de nuestra vida y misión es el Padre, amor original y originante, y el Caudal es el Hijo, amor manifestado, el Agua es el Espíritu, amor siempre activo. Agua, fuente y caudal: el mismo amor de la triple ternura de Dios del que vivimos, con el que amamos. 

El Padre: Entrar en el Misterio 
En nuestro vivir y orar podemos entrar en el interior del misterio ahondando en el agua clara, hacia el amor original, hacia la Fuente primordial de donde todo brota. Amor gratuito que se dona, creador. También podemos dejarnos arrastrar por el Caudal, en derroche que mana y, apostólicamente, fecunda al mundo. Jesucristo es nuestro caudal y el caudal es abundante, porque la vida de su amor fluye y salta hasta regar tanto la sequedad del corazón como las tierras desecadas de su cultura. Su corazón abierto es un signo de accesibilidad de lo que está patente y manifiesto, manante a borbotones como la sangre de una herida abierta. 

El Agua es deseo de vida, regeneradora y fértil. Es la victoria de lo que fluye oculto y purificador, vivificante. Es el amor que ama, el agua que mueve la noria con la que regamos el campo de nuestra sociedad y sus culturas. Motor que es el agua misma, y nos empuja para saltar a los campos de la vida. El amor activo del que vivimos es un agua que sacia, sin apagar la sed. La sed del corazón, que nos prepara para otra novedad, porque renueva la ternura de nuestra entraña, y moviliza recursos de acción hacia los demás, inauditos, inesperados. Bautismo nuevo, sentido por la orientación del alma, que re-alimenta nuestros sueños. Y en esos sueños, somos imágenes del Dios vivo, semejanza suya, impronta diseñada sobre el rostro luminoso de su Amado, de Jesús el Cristo. 

El Hijo: Anegarse en el Amor 
En Jesucristo el Amor se hace cuerpo, encarna una naturaleza que Él mismo creó. Y crece en fortaleza y en sabiduría modelando un corazón virginal, pero abierto y ofrecido. Jesús, corazón de Dios: Palabra primordial que encierra y ofrece toda la densidad de su persona: afectos, deseos, pensamientos, acciones, que serán, a un tiempo, de Él y de su Padre, de Él y de su Dios. 

Su santa humanidad es caudal de agua viva de esa Fuente. Caudal de amor y de ternura que se derrama de sus labios, como una bendición. Caudal de paciencia y bondad, que atrae hacia sí a todos los lisiados, para liberarlos de las ataduras del mal, para envolverles en dignidad y en respeto nuevos. Caudal que entrega a manos llenas el secreto más íntimo de su persona, que deja reclinar la cabeza sobre su pecho al que le ama, que abraza al perdido cuando vuelve a casa. 

Templo nuevo es su cuerpo. La cortina rasgada de ese templo lo deja a la intemperie. Costado abierto de donde brota la vida en abundancia. Agua y sangre como una comunión de dones que vigoriza la asamblea de creyentes y la engendra para otra convocación, para una humanidad de conjurados que quieren mostrar ante el mundo su victoria. La de la cruz, la de la exaltación del amor derramado. 

El caudal de su generosidad es un himno glorioso que entonan las criaturas nuevas. Caudal que desborda las expectativas del interior, que recrea el alma, y la empuja al servicio y la alabanza, porque lo que nos colma rebasa los límites de nuestra pobre humanidad doliente. Su armonía son modalidades del gozo más sereno y del más ardiente. Exultar de gozo es una vivencia que saca de la clausura interior y nos hace vibrar con una alegría intensa. 

El Espíritu: El Agua que sana 
El viento sopla donde quiere, es libre y creativo, se introduce por todas partes y nos oxigena, es energía y hálito de vida. Su soplo destruye lo viejo, refresca lo árido, produce insólitas reacciones: amalgama, integra, refresca, sana. Agua oculta que de pronto emerge en manantial y cubre de verdor el yermo imposible. Es un crisol de novedad y de transformación. El agua del Espíritu se convierte en vino, vino de alegría, de fiesta multiplicada. Defensor de los pobres, padre de los humildes, abogado de los desamparados: son todas expresiones tomadas del lenguaje del pueblo de la Biblia. Y nos dicen mucho de otra sed, sed de justicia, que también debe ser saciada. El agua es la Justicia, de lo que tenemos sed: la paz, la armonía, la fraternidad. Y el Espíritu es un agua que tiene todos esos sabores. 

El progreso del amor no nos empuja a la manifestación, sino a la intensidad de la unión. Nos hace ir más de lo explícito a lo implícito, que al revés. Cuanto más avanzamos, menos decimos y más profundamente nos implicamos. No es en la expresión donde más se muestra el Espíritu cuando nos toma, sino en los “gemidos sin palabras”, en el lenguaje que no se pronuncia, en lo inefable del corazón. Por eso, al final del camino preguntaremos desconcertados: “¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, desnudo o en prisión…?” (Mt 25, 37). No, no lo vimos. No es necesario haberlo visto. 
Lo único urgente es haber amado.

sábado, 3 de junio de 2017

Recibimos Espíritu, para que seamos otro Jesús, para que llenemos nuestro entorno de perdón y sanación...

Fuente: Centro de Pastoral y Espiritualidad -Venezuela-

A los Discípulos, que estaban encerrados por el miedo, por todo tipo de miedo, Jesús les habla para darles Espíritu Santo y ponerlos ante el desafío de lanzarse a perdonar pecados, de ir a reconciliar. Recibimos Espíritu, para que seamos otro Jesús, para que llenemos nuestro entorno de perdón y sanación. Porque solamente a fuerza de reconciliación es como se sana la vida, tanto la propia como la ajena.

Entre la Resurrección y Pentecostés, nuestra experiencia de fe se mueve por dos aspectos muy propios de la espiritualidad: el silencio de Dios y la alegría. Porque Dios entabla un diálogo tú a tú con el hombre y la mujer concretos, mediante su silencio y su consuelo (la alegría). 

Podemos decir que cuando Dios se calla, la persona se encuentra exigida a madurar en la pura fe y llamada a enraizar su libertad en el verdadero amor, más allá de toda seguridad. Así, el silencio de Dios se ordena a la pedagogía de la gratuidad del verdadero amor. Una pedagogía que nos hace más conscientes de que si algo podemos, es por pura gratuidad de la vida y de Dios (Cf. EE. 322,2-4).

Pero también, cuando Dios da su alegría, y esto es la señal más evidente de la presencia del Espíritu Santo, la persona se experimenta amada inmerecidamente e inmerecidamente transformada en testigo de la sanación y la reconciliación. Y esto es, para el hombre y la mujer, la vida. 

Dios me habla. Gracias a su lenguaje (su silencio y su alegría), voy adquiriendo una nueva sensibilidad e inteligencia para vivir como Jesús, hermano, con gusto, con sentido. Lo que Dios me diga en este encuentro sólo puedo acogerlo en la sencillez de la fe, pero sólo lo realizo en la radicalidad de una actuación comprometida a favor de la vida, de las personas, de los pobres. 

El amor es comúnmente afecto, conmoción, empatía y adherencia con todo nuestro ser. Pero desconocería el verdadero amor, y por tanto el lenguaje de Dios, si este amor fuera simplemente una vivencia emocional que no se tradujera en obras concretas de fraternidad y solidaridad, que son el test de la veracidad del amor (Sn. Ignacio; Arzubialde sj). 

A partir de este Pentecostés necesitamos hacer salir la fuerza que hemos recibido del Espíritu Santo, para que nos empeñemos en una reconciliación que sana dolencias, disipa miedos, supera cerrazones ideológicas, erradica la maldad, unifica a las personas y las hace libres.

domingo, 28 de mayo de 2017

La Fiesta de la Ascensión de Jesús, es una Invitcion es Entrar en un Nuevo modo de Relacionarnos con Él...

Escrito por el Padre Eduardo Mangiarotti

La fiesta de la Ascensión nos invita a pensar en partidas y llegadas, ausencias y presencias, cercanías y distancias, lo viejo que se va y lo nuevo que llega... del mismo modo que un atardecer se esconde la promesa de un nuevo día.

"Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo."

Con la fiesta de la Ascensión nos acercamos a la plenitud del tiempo de Pascua. Jesús se va pero se queda, y todo en las lecturas nos invita a meditar sobre las distancias y las ausencias en nuestra relación con Jesús.

La ausencia física de Jesús es más que una simple pérdida para los discípulos: es entrar en un nuevo modo de relacionarse con él. Más profundo, más maduro y auténtico. No es muy distinto a lo que ocurre en la vida de un niño: al principio necesita el contacto permanente con la madre. Pero a medida que crece, si la relación es sana, va desarrollando una mayor autonomía y libertad. Esto no quiere decir que el amor se pierda; por el contrario, ese amor se vuelve una parte de la personalidad del niño y le permite crecer hasta el día en que ella o él hacen su propio camino y construye su propia familia. El amor de la madre se ha vuelto un pilar de la personalidad del niño.

Algo similar ocurre ahora con los discípulos: el amor entre Jesús y ellos entra en una nueva profundidad. Es real, de todos modos, que hay un cambio, y no menor. Los discípulos tienen que "dejar subir al cielo" a Jesús, dejar que el modo de antes de estar con él se abra paso a algo nuevo. Es la prueba de la madurez que nos suelen pedir los cambios en la vida. Podemos elegir aferrarnos con saña a lo viejo o dejarlo ir para recibir eso nuevo que Dios nos está preparando. El misterio de la Ascensión nos recuerda que no podemos quedarnos "mirando al cielo", como dicen los hombres de blanco a los apóstoles en la primera lectura. Estamos invitados a esperar lo nuevo, a sostener la tensión entre la pérdida de lo viejo y aquello que está por venir.

No cabe duda de que esto no es fácil. Implica aceptar que estamos en medio de una transición, y ellas siempre son tiempos de vulnerabilidad. Pero por eso mismo nos abren a pedir, a dejarnos ayudar, a estar más atentos y alertas. En ese sentido, lo mejor que podemos hacer es comenzar a invocar al Espíritu Santo, que va a descender sobre toda la Iglesia en la fiesta de Pentecostés.

El Espíritu es siempre el que trae la novedad, el que nos hace gustar el Reino, el que hace despuntar esas chispas de Cielo que se nos revelan en los encuentros verdaderos, en los gestos de amor y compromiso, el que transforma y renueva todas las cosas. Es quien hace que podamos conocer verdaderamente a Jesús y nos lleva a crecer en la madurez propia de un creyente adulto. Es lo que Pablo pide para los Efesios: _"Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente."_

No es fácil dejar ir al cielo; no lo es soportar la tensión de lo nuevo que no termina de llegar. Pero en este tiempo de Ascensión, se esconde por eso mismo la posibilidad de recibir un regalo con las manos abiertas. La novedad del Espíritu, del Reino, de un mundo nuevo que Jesús encarna y nos invita a compartir con los demás al "hacerlos discípulos".

sábado, 20 de mayo de 2017

La Efusión de la Alegría Pascual desborda el Mundo de Alegría...














Escrito por las Monjas  Trinitrias del Monasterio de Suesa 

Las lecturas de este Sexto domingo de Pascua nos pasean por nuestro interior a modo de guías turísticas para despertarnos a lo esencial, que, como decía El Principito, es invisible a los ojos. Nos llevan hacia lo que habita dentro, nuestros amores, lo que escuchamos, lo que vemos y conocemos y, muy importante, nuestros descubrimientos. Esas experiencias que anclan la existencia en Dios.

Felipe en Samaría es capaz de alegrar a toda la ciudad hablando de Jesús, de Cristo. Contando que vive y que su presencia es sanadora, liberadora, permite volar al viento del Espíritu. Durante toda la Pascua afirmamos en la Eucaristía que la efusión del gozo Pascual desborda el mundo de alegría.

Así que la primera parada en nuestra ruta turística interior, es la calle de la alegría. Aquella que descubrimos cuando Dios se hizo presente en nuestra vida, o nos dimos cuenta de que siempre había estado ahí, acompañándonos con su mirada enamorada. ¿Cómo andamos de alegría? Atención, cuidado con desviarse por la calle de la amargura porque se nos avinagra la sonrisa.

Si pasamos a la segunda lectura, nos encontramos con una carta de Pedro. Nos anima a ser valientes y explicar abiertamente a quien nos lo pregunte, sin pudor, qué es lo que llena nuestra vida de esperanza, de confianza, de serenidad. Nos invita a hablar de Dios a quien nos quiera escuchar… pero nos pide que lo hagamos con delicadeza y respeto. Nada de caer en la tentación de imponer nuestra experiencia a otras personas, o despreciarlas y sentirnos por encima.

Nuestra guía interior después de mostrarnos la calle de la alegría nos para frente a la fuente de la esperanza… Agua fresca y gratuita, para todas las personas que se quieran acercar. Y digo que nos para porque es precisamente lo que se necesita, parar. Parar para comprender y contemplar cuál es nuestra verdadera fuente, qué aguas bebemos que a veces nos arrugan la mirada y nos decoloran la sonrisa.

Para escuchar las palabras de Jesús la Iglesia durante la Pascua nos acerca al Evangelio de Juan, que para algunas personas es belleza y poesía y para otras es más bien enigmático y filosófico. Este domingo, igual es porque escribimos desde una monasterio trinitario, lo que más resuena en el corazón es la presencia de las Tres Divinas Personas a lo largo del texto. Y, como no puede ser de otra manera, para hablar de Dios Trinidad habla de amar, del amor que damos, del que recibimos, del Amor. Y lo hace como simulando una danza de entrega y acogida.

                                               “el Espíritu mora en ustedes”… 
                           “Yo estoy en mi Padre, ustedes en Mí, y Yo en ustedes”… 
                     “quien me ama, será amado por mi Padre, y Yo también lo amaré”

Si leemos el texto con serenidad nos está invitando a participar en la danza del Amor, con Jesús, con Abba, con el Espíritu Santo. Así que, para nuestras sorpresa, esta ruta por nuestro interior no nos lleva a una clase teórica de dogmática cristiana sino a un taller de danza. La torpeza no es una excusa, porque el taller está preparado para quien se decida a dejar a un lado el pequeño mundo de los razonamientos y dejarse llevar por el ritmo trinitario del Amor. El Amor que habita en ti. Tan solo escucha, y que el latir del corazón se acompase con el latir de Dios. ¡A danzar!

Oración.

Tus palabras refrescan nuestra alma,
todo se hace posible,
envueltos y a la vez habitados por Ti,
nos hacemos música para Ti.

Fuente: www.monjasdesuesa.org

domingo, 30 de abril de 2017

El Peregrino que ayuda a comprender la Cruz..

Escrito por Javier Albisu
Lc. 24,13-31
La Cruz se interpreta de a dos. Nunca solos.  

Los dos compañeros que huyen de la Cruz, aun yendo juntos, caminan solos. 
Espejan su propia tristeza en el otro. 
Necesitan que aparezca un compañero de camino, para que salga de ellos ese: “cada uno de nosotros esperaba…” y entonces les pueda purificar lo que su esperanza no ve. 
No ven que la verdadera Esperanza nunca nos deja solos. Se espera ‘con otro’, ‘por otro’ y ‘en Otro’. Y cuando alguna de esta tríada, falla, quedamos solos, y solos ya no esperamos, y sin esperanza no tiene luz la Cruz para poder leerse.  

El Dios que camina con nosotros sin darnos cuenta, es el que nos explica que de la Cruz tenemos necesidad. Que para el que ama, el sufrimiento será siempre ‘parte necesaria’ del amor. 

El “pan de amor” se gana “con el sudor” del corazón que amasa sufrimiento y gozo. Ese es el “pan” que el ‘cum-paniero’ de camino le com-parte al que con un resto de esperanza de amor com-partido, le pide  que se quede. 

Así, compartido, el Misterio del Amor doliente, entra como posibilidad necesaria de la vida y alimenta la luz de los ojos que recién entonces pueden ver lo que antes no veían: que la clave de lectura de sus propios pasos no se encuentra huyendo del amor sino en camino con él. 

sábado, 22 de abril de 2017

"Tomas... un auténtico hombre moderno..."

Escrito por Martín Descalzo -de su Libro: Vida y Misterio de Jesús de Nazaret"

"Dice en Evangelio de San Juan, que Tomás estaba ausente. Y en el va a representarse la resistencia a la luz.  Todos los apóstoles se habían mostrado reticentes. Tomas ira mucho mas allá, hasta la cerrazón. No le ha convencido la tumba vacía  no le han impresionado las meditaciones sobre las Escrituras que le han narrado los dos de Emaus, no se rinde ante el testimonio concorde de todos sus hermanos El quiere ver. Se encierra en su incredulidad Y cuando todos le aseguran que ellos han visto, quiere ir mas allá no solo tocar, sino sondear la identidad del crucificado metiendo sus dedos, sus manos en las mismas llagas.

Jesús va a prestarse, con admirable condescendencia, a todas las absurdas exigencias del discípulo Pero dejara pasar ocho días como para dar un plazo a esa incredulidad.

¿Es que Tomas no amaba a su Maestro? Si, evidentemente. Pero era testarudo, positivista, obstinado. No solo quería pruebas, sino que las exigía a la medida de su capricho.

Jesús se somete a ellas con una mezcla de ironía y realismo. Esta vez los apóstoles se han reunido para rezar en común. Tomas se siente incomodo en medio de la fe de todos, pero el paso de los días parece haber robustecido su incredulidad. Mas no por ello piensa en separarse de sus hermanos. Hay una fe, mas honda que sus dudas, que sigue uniéndole a ellos. Esta fue su salvación: seguir con los suyos a pesar de la oscuridad Como comenta Evely:

"Tomas es un autentico hombre moderno, un existencialista que no cree mas que en lo que toca, un hombre que vive sin ilusiones, un pesimista audaz que quiere enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en el bien. Para el lo peor es siempre lo mas seguro..."

Y Jesús ahora se aparece solo para él. Están todos, pero el Maestro se dirige directamente a Tomas. Ven, Tomas, trae tu dedo y mételo en las llagas de mis manos, trae tu mano y métela en mi costado. (Jn 19, 27) Ahora queda completamente desconcertado. En realidad nunca había podido imaginarse que su deseo pudiera ser escuchado. Su desafío no había sido mas que un pedir imposibles, un modo de encerrarse en su duda.

Eso creía el, al menos. Porque cuando vio a Jesús, cuando oyó su voz dulce, tierna, Tomas se dio cuenta de que, allá en el fondo, siempre había creído en la resurrección, que la deseaba con todo corazón, que si se negaba a ella, era por miedo a ser engañado en algo que deseaba tanto, que se había estado muriendo de deseo y de miedo de creer al mismo tiempo.

Los dos de Emaús creían que creían. Tomas creía que no creía. Jesús les trajo a los tres a la sencillez alegre de creer sin sueños y sin miedos. En el fondo Tomas se dio cuenta de que si se negaba a creer era por la rabia de no haber estado allí cuando Jesús vino ¿Los demás iban a verle y el tendría que creer solo por la palabra de los otros. Con su negativa estaba provocando a Jesús a aparecerse de nuevo También el necesitaba mimos, cariño, ternura. No era, en el fondo otra cosa, que un niño enrabietado.

Por eso temblaba cuando Jesús le mando tocar. No quería hacerlo. Sentía ahora una infinita vergüenza de sus palabras de ocho días antes. Si tocó, no lo hizo ya por necesidad de pruebas, sino como una penitencia por su cerrazón. Deslumbrado y aplastado, cayo de rodillas y dijo:¡ Señor mío y Dios mío!

Asi la humillación le llevaba a una de las mas bellas oraciones de todo el evangelio. Ahora iba en su fe hasta donde nunca había llegado ningún apóstol nadie le había dicho antes a Jesús Dios mío. Tiene razón Evely al subrayar:

"De aquel pobre Tomas Jesús ha sacado el acto de fe mas hermoso que conocemos. Jesús lo ha amado tanto, lo ha curado con tanto esmero, que de esta falta, de esta amargura, de esta humillación ha hecho un recuerdo maravilloso. Dios sabe perdonar así los pecados. Dios es el único que sabe hacer de nuestras faltas, unas faltas benditas, unas faltas que no nos recordaran mas que la maravillosa ternura que se ha revelado con ocasión de las mismas..."

domingo, 16 de abril de 2017

Invitados a anunciar: el latir del Resucitado...

Texto completo de la homilía de la Vigilia Pascual, del Papa Francisco

«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28,1). Podemos imaginar esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma… Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?

A diferencia de los discípulos, ellas están ahí —como también acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle sepultura—; dos mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias. Y allí están, frente al sepulcro, entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo siempre tenga que terminar igual.

Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana. Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas. Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad.

En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos tu rostro y el mío. Como ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a no conformarnos con que las cosas tengan que terminar así. Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios. Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras manos. Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza.

«De pronto tembló fuertemente la tierra» (Mt 28,2). De pronto, estas mujeres recibieron una sacudida, algo y alguien les movió el suelo. Alguien, una vez más salió, a su encuentro a decirles: «No teman», pero esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había dicho» (Mt 28,6). Y tal es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos regala: No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo» (cfr R. Guardini, El Señor). El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena.

Cuando el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los romanos habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpe para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad. Dios, una vez más, sale a nuestro encuentro para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Esta es la promesa reservada desde siempre, esta es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de resurrección, una oferta de vida esperando despertar

Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y la otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar la noticia (cf. Mt 28,8). Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros.

Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos, sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.

miércoles, 12 de abril de 2017

Imaginando al Crucificado, le decimos a Jesús: “Tú eres mi esperanza”...


Catequesis del Papa Francisco, antes de SEMANA SANTA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El domingo pasado hemos hecho memoria del ingreso de Jesús en Jerusalén, entre las aclamaciones festivas de los discípulos y de mucha gente. Esa gente ponía en Jesús muchas esperanzas: muchos esperaban de Él milagros y grandes signos, manifestaciones de poder e incluso la liberación de los enemigos dominantes. ¿Quién de ellos habría imaginado que dentro de poco Jesús habría sido en cambio humillado, condenado y asesinado en la cruz? Las esperanzas terrenas de esa gente se derrumbaron delante de la cruz. Pero nosotros creemos que justamente en el Crucificado nuestra esperanza ha renacido. Las esperanzas terrenas caen ante la cruz, pero renacen esperanzas nuevas, aquellas esperanzas que duran por siempre. Es una esperanza diversa esta que nace de la cruz. Es una esperanza diversa de aquellas que se derrumban, de aquellas del mundo. Pero ¿De qué esperanza se trata, esta esperanza que nace de la cruz?

Nos puede ayudar a entenderlo lo que dice Jesús justamente después de haber entrado a Jerusalén: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Tratemos de pensar en un grano o en una pequeña semilla, que cae en el terreno. Si permanece cerrado en sí mismo, no sucede nada; si en cambio se fracciona, se abre, entonces da vida a una espiga, a un retoño, y después a una planta y una planta que dará fruto.

Jesús ha traído al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho a la manera de la semilla: se ha hecho pequeño, pequeño, pequeño como un grano de trigo; ha dejado su gloria celestial para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto, Jesús ha vivido el amor hasta el extremo, dejándose fragmentar por la muerte como una semilla se deja fragmentar bajo la tierra. Justamente ahí, en el punto extremo de su anonadamiento – que es también el punto más alto del amor – ha germinado la esperanza. Si alguno de ustedes me pregunta: ¿Cómo nace la esperanza? Yo respondo: “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de ahí te llegará la esperanza que no desaparece jamás, aquella que dura hasta la vida eterna. Y esta esperanza ha germinado justamente por la fuerza del amor: porque el amor que «todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor 13,7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en la Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo en sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchen bien como es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto, que en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús toda nuestra oscuridad puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo caído en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida llena de amor viene la esperanza.

Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que el modo de vivir vencedor es aquel de la semilla, aquel del amor humilde. No hay otra vía para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero ustedes pueden decirme: “No, es una lógica equivocada”. Parecería así, que es una lógica frustrada, porque quien ama pierde poder. ¿Han pensado en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es la vía de Dios, y sólo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer impulsa siempre a querer algo más: he obtenido una cosa para mí y enseguida quiero otra más grande, y así, no estoy jamás satisfecho. Es una sed terrible, ¿eh? Cuanto más tengo, más quiero. Es feo. Quien es ávido no se sacia jamás. Y Jesús lo dice de modo claro: «El que ama su vida, la perderá» (Jn 12,25). Tú eres codicioso, amas tener tantas cosas, pero perderás todo, también la vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha sólo de sí y pierde. En cambio, quien acepta, es disponible y sirve, vive según el modo de Dios: entonces es vencedor, salva a sí mismo y a los demás; se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bello ayudar a los demás, servir a los demás. Tal vez, nos cansaremos, ¿eh? La vida es así, pero el corazón se llena de alegría y de esperanza. Y esto es el amor y la esperanza juntos: servir, dar.

Claro, este amor verdadero pasa a través de la cruz, el sacrificio, como para Jesús. La cruz es el paso obligatorio, pero no es la meta, es un paso: la meta es la gloria, como nos muestra la Pascua. Y aquí nos ayuda otra imagen bellísima, que Jesús ha dejado a los discípulos durante la Última Cena. Dice: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo» (Jn 16,21). Es esto: donar la vida, no poseerla. Y esto es aquello que hacen las mamás: dan otra vida, sufren, pero luego son felices, gozosas porque han dado otra vida. Da alegría; el amor da a la luz la vida y da incluso sentido al dolor. El amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Lo repito: el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. 
Y cada uno de nosotros puede preguntarse:
  • ¿Amo? 
  • ¿He aprendido a amar? 
  • ¿Aprendo todos los días a amar más?,  porque el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días, días de amor, dejémonos envolver por el misterio de Jesús que, como un grano de trigo, muriendo nos dona la vida. Es Él la semilla de nuestra esperanza. Contemplemos al Crucificado, fuente de esperanza. Poco a poco entenderemos que esperar con Jesús es aprender a ver ya desde ahora la planta en la semilla, la Pascua en la cruz, la vida en la muerte. Pero yo quisiera darles una tarea para la casa. A todos nos hará bien detenernos ante el Crucificado – todos ustedes tienen uno en casa – mirarlo y decirle: “Contigo nada está perdido. Contigo puedo siempre esperar. Tú eres mi esperanza”. Imaginando ahora al Crucificado y todos juntos decimos a Jesús Crucificado, tres veces: “Tú eres mi esperanza”. Todos: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Gracias.

sábado, 8 de abril de 2017

ENTRADA a la SEMANA SANTA...

Por el Papa Francisco

"Esta semana comienza con la procesión festiva, con los ramos de olivos: todo el pueblo recibe a Jesús. Los niños, los jóvenes cantan y alaban a Jesús"…

"Pero esta semana va adelante en el misterio de la muerte de Jesús y de su Resurrección. Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos solamente una pregunta:  
  • ¿Quién soy yo? 
  • ¿Quién soy yo delante de mi Señor? 
  • ¿Quién soy yo delante de Jesús que entra festivamente en Jerusalén? 
  • ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo, o tomo distancia? 
  • ¿Estoy yo delante a Jesús que sufre? 
Hemos sentido tantos nombres, tantos nombres. Grupos de dirigentes, algunos eran sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley que habían decidido asesinarlo. Esperaban la oportunidad de apresarlo".
  • "¿Soy yo como uno de ellos? Y hemos sentido otro nombre: ¡Judas!, treinta monedas. ¿Soy yo como Judas? Hemos sentido otros nombres, los discípulos que no entendían nada, que se dormían mientras el Señor sufría. ¿Mi vida está dormida? O soy como los discípulos que no querían quizás traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería solucionar todo con la espada. Soy yo como ellos?”.
  • “¿Soy yo un Judas que recita de amarlo y besa al Maestro para entregarlo, traicionarlo? ¿Soy un traidor? ¿Soy como esos dirigentes que rápidamente constituyen el tribunal y buscan falsos testimonios? ¿Soy yo como ellos? ¿Y cuando hago estas cosas si las hago, creo que con esto salvo al pueblo? 
  • ¿Soy yo como Pilato, que cuando veo que la situación se pone difícil me lavo las manos, no sé asumir mi responsabilidad y dejo condenar o condeno yo a las personas?”.
  • “¿Soy yo como aquella multitud que no sabía bien si estaban en una reunión religiosa, en un juicio o en un circo, y elige a Barrabás? Para ellos era lo mismo, era más divertido para humillar a Jesús. 
  • ¿Soy yo como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten con la humillación del Señor? 
  • ¿Soy yo como el cireneo que volvía del trabajo, cansado, pero tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a cargar la cruz?".
  • "¿Soy yo como aquellos que pasaban delante a la cruz y hacían sus burlas a Jesús?: 'Tanto coraje, que baje de la cruz y creeremos en él'. La burla de Jesús. 
  • ¿Soy yo como aquellas mujeres llenas de coraje, como la madre de Jesús, que estaba allí y sufría en silencio? 
  • ¿Soy yo como José, el discípulo escondido que lleva el cuerpo de Jesús para darle sepultura?”.
  • “¿Soy yo como estas dos Marías que se quedan en la puerta del sepulcro llorando, rezando? 
  • ¿Soy yo como estos dirigentes que el día siguiente van a lo de Pilato para decirle: 'Mire que éste decía que iba a resucitar; que no suceda otro engaño' y bloquean la vida, el sepulcro, para defender la doctrina, para que la vida no venga afuera. 
  • ¿Dónde está mi corazón?
  • ¿A cuál de ellos me asemejo? 
Y que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana"...