jueves, 29 de octubre de 2015

Santidad en lo Cotidiano...


Texto de una Homilía del Papa Francisco

"Un gran don del Concilio Vaticano II ha sido el de haber recuperado una visión de Iglesia fundada en la comunión, y de hacer entendido de nuevo también el principio de  la autoridad y de la jerarquía en esta perspectiva. Este nos ha ayudado a entender mejor que todos los cristianos, en cuanto bautizados, tienen igual dignidad delante del Señor y están unidos por la misma vocación, que es la de la santidad. 

Ahora nos preguntamos: 
  • ¿en qué consiste esta vocación universal a ser santos? 
  • ¿Y cómo podemos realizarla?

En primer lugar debemos tener muy presente que la santidad no es algo que conseguimos nosotros, que obtenemos nosotros con nuestras cualidades y nuestras capacidades. La santidad es un don, es el don que nos hace el Señor Jesús, cuando nos toma consigo y nos reviste de sí mismo, nos hace como Él. En la Carta a los Efesios, el apóstol Pablo afirma que "Cristo ha amado a la Iglesia y se ha dado a sí mismo por ella, para hacerla santa". Así es, realmente la santidad es el rostro más bello de la Iglesia, el rostro más bello: es descubrirse de nuevo en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y de su amor. Se entiende, por tanto, que la santidad no es una prerrogativa solamente de algunos: la santidad es un don que es ofrecido a todos, ningún excluido, por lo que constituye el carácter distintivo de cada cristiano.

Todo esto nos hace comprender que, para ser santos, no es necesario por fuerza ser obispo, sacerdote o religioso… No ¡Todos estamos llamados a ser santos! Muchas veces, antes o después, estamos tentados a pensar que la santidad está reservada solamente a los que tienen la posibilidad de despegarse de los quehaceres diarios, para dedicarse exclusivamente a la oración. ¡Pero no es así! Alguno piensa que la santidad es cerrar ojos, poner cara de estampita, así. No, no es esa la santidad. La santidad es algo más grande, más profundo que nos da Dios.

Es más, es precisamente viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio cristiano en las ocupaciones de cada día que estamos llamados a ser santos. Y cada uno en las condiciones y en el estado de vida en el que se encuentra. ¿Eres consagrado, consagrada? Sé santo viviendo con alegría tu donación y tu ministerio. ¿Estás casado? Sé santo amando y cuidando a tu marido o a tu mujer, como Cristo ha hecho con su Iglesia. ¿Eres un bautizado no casado? Sé santo cumpliendo con honestidad y competencia tu trabajo ofreciendo tiempo al servicio de los hermanos 'Pero padre, yo trabajo en una fábrica, yo trabajo como contable, siempre con los números, allí no se puede ser santo'. ¡Sí, se puede! Allí donde trabajas, puedes ser santo. Dios te da la gracia para ser santo Dios se comunica contigo, siempre, en cualquier lugar se puede ser santo. Abrirse a esta gracia que trabaja dentro y nos lleva a la santidad. ¿Eres padre o abuelo? Sé santo enseñando con pasión a los hijos y a los nietos a conocer y a seguir a Jesús. Y es necesaria mucha paciencia para esto, para ser buen padre, o un buen abuelo, una buena madre, una buena abuela, es necesaria mucha paciencia.  Y en esta paciencia viene la santidad, ejercitando la paciencia. ¿Eres catequista, educador o voluntario? Sé santo convirtiéndote en signo visible del amor de Dios y de su presencia junto a nosotros. Así es: cada estado de vida lleva a la santidad, siempre. En tu casa, en la calle, en el trabajo,  en la Iglesia, en ese momento, en el estado de vida que tienes se ha abierto el camino a la santidad. No os desaniméis de ir sobre este camino, es precisamente Dios quien te da la gracia. Y lo único que pide el Señor es que estemos en comunión con Él y al servicio de los hermanos

En este punto, cada uno de nosotros puede hacer un poco examen de conciencia. Y ahora podemos hacerlo, cada uno se responde así mismo, dentro, en silencio.
  •  ¿Cómo hemos respondido hasta ahora a la llamada del Señor a la santidad? 
  •  ¿Tengo ganas de hacerme un poco mejor, de ser más cristiano, más cristiana?

Este es el camino a la santidad. Cuando el Señor nos invita a ser santos, no nos llama a algo pesado, triste. ¡Todo lo contrario! ¡Es la invitación a compartir su alegría, a vivir y a ofrecer con alegría cada momento de nuestra vida, haciéndolo convertirse al mismo tiempo en un don de amor por las personas que están cerca de nosotros. Si comprendemos esto, todo cambia y adquiere un significado nuevo, un significado hermoso, comenzando por las pequeñas cosas de cada día. 

Un ejemplo: una señora va al mercado a hacer la compra y encuentra a una vecina y empiezan a hablar y después llegan los chismorreos. Y esta señora dice, no, yo no hablaré mal de nadie. Esto es un paso a la santidad, esto te ayuda a ser más santo. Después en tu casa, el hijo te pide hablar un poco de sus cosas fantasiosas, 'estoy cansado, he trabajado mucho hoy'. Pero tú, acomódate y escucha tu hijo, que lo necesita, te pones cómodo, le escuchas con paciencia. Esto es un paso a la santidad. 

Después termina el día, estamos todos cansados, pero la oración, hacemos la oración. Eso es un paso a la santidad. Después llega el domingo, vamos a misa a tomar la comunión, a veces una cuando una confesión que nos limpie un poco. Y después la Virgen, tan buena, tan hermosa, tomo el rosario y la rezo. Esto es un paso a la santidad. Y tantos pasos a la santidad, pequeños. Después voy por la calle veo un pobre, un necesitado, me paro y le pregunto algo. Es un paso a la santidad. Pequeñas cosas. Son pequeños pasos hacia la santidad. Cada paso a la santidad nos hará personas mejores, libras del egoísmo y de la clausura en sí mismos, y abiertos a los hermanos y a sus necesidades.

Queridos amigos, en la Primera Lectura de san Pedro se nos dirige esta exhortación: "Cada uno viva según la gracia recibida, poniéndola al servicio de los otros, como buenos administradores de una multiforme gracia de Dios. Quien habla, lo haga como con palabras de Dios; quien ejercita un oficio, lo haga con la energía recibida de Dios, para que en todo sea glorificado Dios por medio de Jesucristo".

¡Es esta la invitación a la santidad! Acojámosla con alegría, y apoyémonos los unos a los otros, porque el camino hacia la santidad no se recorre solos, cada uno por su cuenta no puede hacerlo, sino que se recorre juntos, en ese único cuerpo que es la Iglesia, amada y hecha santa por el Señor Jesús.

Vamos adelante con valentía en este camino de la santidad".

sábado, 24 de octubre de 2015

Seguirle por su Camino...

Escrito por Dolores Aleixandre rscj

Me acerco a la escena de la curación del ciego Bartimeo. Me identifico con su mendicidad y su ceguera, me siento, lo mismo que él, postrado al borde del camino, marginado del fluir de la verdadera Vida.

Pongo nombre a los “mantos” con los que me protejo, a las defensas en las que me instalo, a las ataduras que me impiden seguir a Jesús, a las tinieblas que me atrapan.

Me pongo a gritar como él, una y otra vez: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”, decidió a que nada ni nadie sofoque mi grito.

Escucho las palabras que me dicen de su parte: “¡Animo, levántate, te llama!” Los dos imperativos gravitan sobre un indicativo glorioso: “¡te llama!”.

Me abro a la fuerza imparable que fluye de esa llamada que llega hasta mí y que es capaz de enderezarme y hacerme salir del costado del camino...

Lo mismo que el ciego, doy un salto, me quito el manto que me envuelve y me pongo, ponte, tal como soy, tal como estoy, delante de Jesús que me pregunta:

                     --“¿Qué quieres que te haga?”
                     --“Maestro, ¡haz que vea!”...

Siento sus manos sobre mis ojos y escucho sus palabras: “Ve, tu fe te ha salvado”.

Y decido seguirle por su camino, aunque sea subiendo a Jerusalén.

sábado, 17 de octubre de 2015

Las Reflexiones del Padre Ángel: Las Madres




Día de la Madre= Una mujer que es Madre y Escuela

Escrito por Eduardo Casas

Cuando uno es niño, la madre es la primera escuela de todo. Tenemos que aprenderlo todo, empezando por las cosas más cotidianas y domésticas, aprender a partir de las necesidades más elementales que nos sostienen en la existencia. Con la mamá aprendemos a dormir, a comer, a jugar, a bañarnos, a sonreír, a llorar, a hablar, a pedir...

La madre se convierte en la primera y más importante escuela. La escuela de todas las otras escuelas que tendremos después en la vida. Ella es la escuela de la vida: la primera y la última.

Hay que pasar por muchos años de aulas, libros, exámenes, profesores y títulos para volver a recordar algunas simples enseñanzas de nuestra madre. Actitudes, valores, silencios y testimonios de aquella sabiduría que ninguna graduación logra conseguir.

La imagen de la madre y el niño es también como el horizonte de nuestra relación con Dios. Jesús nos dijo que hay que ser como niños y agradeció a Dios porque reveló sus secretos sólo a los pequeños. Toda madre nos enseña que -con Dios- siempre somos infantes, niños que necesitamos aprenderlo y re-aprenderlo todo. La madre es la primera escuela de la vida y la primera escuela de la fe.

¡La infancia pasa tan rápido!; ¡Nos cuesta tanto en la vida volver a encontrar el secreto de paraíso perdido de la niñez!; ¡Si aprendiéramos que sólo tenemos este presente escurridizo!; ¡Si nos diéramos cuenta que la vida es sólo un breve amanecer entre una noche que ya termina y un día que aún no ha despertado!; ¡Si lo supiéramos, disfrutaríamos más, seríamos más buenos y bendeciríamos todo cuanto nos ha sido dado! Si nos diéramos cuenta que -para los afectos verdaderos- la vida es sólo este segundo fugaz. No esperemos que nos gane el tiempo y la nostalgia. A veces cuando queremos hacerlo, ya se hizo tarde.

Las madres son -por naturaleza- mujeres llenas de fortaleza y valentía. Cada madre que sufre se asocia a la Madre universal: María, silenciosa y dolorida al pie de la Cruz conoció los agudos dolores de parto del alma, las "contracciones" del corazón.

No dejes que el afecto se haga ausencia. Cuando la compañía de la madre ya no es física, comienza el ritual de otra presencia, no menos continua, ni menos intensa. El diálogo se retoma como si nunca se hubiera cortado. Nuestros pedidos de ayuda y protección se hacen más insistentes. Los amores del cielo siempre nos recorren y nos acompañan. Nunca nos dejan. Vigilan nuestros sueños.

La muerte es una excusa para hacernos más íntimos y cercanos. No nos separa sino que nos une más. No nos distancia sino que nos aproxima. No es el sueño sino el despertar. No es "irse" sino un permanente "estar". Sólo hay que esperar y nuevamente se dará la fiesta del re-encuentro, el beso esperado y el abrazo anhelado.

CAMBIAR PODER POR SERVICIO...

Fuente: CEP - Centro de Espiritualidad y Pastoral- Venezuela

Cambiar poder por servicio es renunciar a quedarse todo para sí mismo.
                                             Provoca desprendimiento.

Cambiar poder por servicio hace captar los gozos y las penas de los demás.
                                             Habilita la escucha.

Cambiar poder por servicio coloca en un nivel inferior del que está el otro.
                                             Fortalece la humildad.

Cambiar poder por servicio permite hallar el modo de vivir a gusto.
                                             Consolida la alegría.

Cambiar poder por servicio permite estar atento a todos y en beneficio de todos.
                                            Libera el amor.

Cambiar poder por servicio logra evitar todo tipo de dominio.
                                            Construye fraternidad.

Cambiar poder por servicio es dialogar de tú a tú, sin reservas, sin miedo.
                                            Crea confianza.

Cambiar poder por servicio engrandece al pequeño, fortalece al débil.
                                            Limpia el pasado y presente.

Cambiar poder por servicio elimina la obsesión de tener, de saber y poder.
                                            Transforma lo humano.

Cambiar poder por servicio da prioridad a la persona y no a la estructura.
                                            Hace cristianos.

Cambiar poder por servicio deja en la intemperie toda seguridad.
                                            Da libertad.

Cambiar poder por servicio engendra familia, hace comunidad, despliega misión.
                                             Provoca vida.  

Cambiar poder por servicio hace creíble nuestra vida y el Reino que predicamos.
                                             Siembra Evangelio.

martes, 13 de octubre de 2015

Jesús no puede Creer que las Posesiones le hagan Fracasar la Mirada...

Escrito por Diego Fares -sj-

Dos veces mira Jesús a los ojos: con amor al joven, para ganarle el corazón y con fijeza a los discípulos, para despejarles las dudas: todas las cosas son posibles para Dios.

¡La mirada de Jesús!

Juan usa la misma expresión para el diálogo entre Jesús y Simón, cuando el Señor -mirándolo- le dice: "tú eres Pedro..." (Jn 1, 42). 

Hay otro pasaje que nos muestra uno de los efectos de esta mirada: es una mirada que te abre los ojos, y te hace "ver todo con claridad" como le sucedió al ciego de Betsaida al que Jesús se lo llevó aparte, lo curó con su saliva y le preguntó si veía algo.

Es la mirada "para ver las cosas" como las ve Jesús. 

La más importante. 

Por eso la mirada a los discípulos complementa la mirada al joven rico. Porque este "no la vió" y el Señor quiere que los suyos vean que no hay cosas imposibles para Dios... si uno se deja mirar así.
Se trata de una mirada con intención, de una mirada para hacer ver.
Pero la de Simón y la del joven rico son algo especial. No son para hacernos ver cosas sino para verlo a El. Aquella mirada a Simón y esta al joven rico son las miradas inaugurales de Jesús. 
Son las miradas  que todo lo comienzan. 

El Evangelio dice que Jesús lo miró con amor (egapesen). Es su mirada de amor de agape, de amor totalmente gratuito. 

Pero tenemos que ir al fondo de la gratuidad porque en nuestro mundo del dios dinero lo gratuito está devaluado, se sospecha que no será tan bueno... 

Lo gratuito significa, por un lado, que Jesús mira sin interés posesivo. No es que uno tenga alguna cualidad que a él le interese para engancharnos en su seguimiento, para conseguir voluntarios, diríamos. Este es el primer obstáculo (que el mal espíritu convierte en tentación agregando "seguro que algo te va a pedir") para dejarnos mirar gratuitamente por Jesús. Por eso lo lindo de nuestras obras es que nacen o de los Ejercicios, donde todo lo que se nos da es puro don, o de ver a otros voluntarios con la alegría que trabajan con los más pequeñitos. Después que uno se engancha sí que se nos piden cosas -y muchas- pero no hay que olvidarse que el primer flechazo fue gratuito.
Gratuito significa que el interés viene de Jesús, es un interés "creativo". No que busca obtener un beneficio sino que busca alguien a quien darle un beneficio.

Es cierto que hay mirada cuando dos miradas se cruzan. Si no se da ese contacto -que puede ser un instante pero que permanece para toda la vida- la mirada se pierde en el vacío. Pero el interés mutuo aquí no es el de dos que andan buscando amor sino el de uno que Es el Amor y nosotros que lo andamos mendigando y deseando. 

Mendigamos una mirada de amor que sea pura misericordia, que nos perdone todo lo de siempre, todo lo de una y otra vez.

Deseamos una mirada de amor que sea puro don, que nos permita mirar para adelante y comenzar siempre todo de nuevo.

Esa mirada sólo es de los ojos de Jesús. No tiene el peso del tiempo. No nos "hace historias" ni nos "planifica", aunque es la fuente de todas las historias nuevas que saldrán y de una única historia: la que todo lo que pasó lo recuerda como un paso de salvación. 
Nuestra miradas son cargadas, la suya es liviana.
Nosotros miramos cargados de pasado, de experiencias que nos dicen esto ya lo viste.
Nosotros miramos cargados de futuribles, que nos dicen, esto será más de lo mismo.
El Señor mira libre: si querés, no hay nada imposible para Dios.

El joven rico algo de esto sintió, porque si no no hubiera corrido a Jesús. Los ricos tienen esta gracia de "saber correr" cuando ven una oportunidad. Lo malo está en que corren tras objetos que en el fondo son espejismos de sus deseos no bien mirados. 

Ver a Jesús como "una oportunidad" es algo humano. Pero rápidamente hay que pescar que su mirada es algo más grande. No es "una oportunidad", es mi vida. 

Hay que tener la agilidad para un doble movimiento: el de dejarme mirar por Él con ese amor que me está ofreciendo su amistad (y con ella todas las cosas que tiene y que vendrán con él, y que más que cosas son todos sus amigos y todas sus obras en bien de los demás) y de mirarme a mí mismo como uno que siempre quiso venderlo todo para experimentar lo valioso que uno es sin nada agregado.

Mirada y pobreza

Y aquí viene una relación de la mirada con la pobreza.
La riqueza y la pobreza antes que en las manos están en la mirada.
La cuestión es si uno mira ojos o "precios" (todas las cosas valiosas tienen precio. Incluso el cuerpo de las personas, pero no su mirada).

(Les comparto ahora una parte linda de mi trabajo para el Congreso sobre "La reforma de la iglesia que hicimos esta semana en la Civilta Cattolica con 30 teólogos-as de todo el mundo).
Hay una frase de Pablo que expresa el amor de Jesús -su mirada de amor- en términos de pobreza y riqueza y puede ayudarnos en esta contemplación a "ver lo que hay que ver". 

La frase es la de 2 Corintios: "Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que se empobreció -siendo rico como era- para enriquecerlos con su pobreza" (2 Cor, 8,9).

El hacerse pobre del Señor para ir enriqueciéndonos con su pobreza no es un resultado -como podría indicar la expresión "se hizo pobre"- sino el dinamismo propio de su modo cotidiano de amarnos. 
El motivo -"para enriquecernos"- le da un carácter dinámico al "hacerse pobre". 

Cada vez que el Señor quiere "darnos lo que tiene o algo de lo que tiene o puede" (EE 231), como dice San Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor, el modo como lo hace, sigue el camino del "abajarse y empobrecerse". 

 Esto lo vemos en toda la vida de Jesús pero de manera especial en su modo de salir al encuentro de la comunidad como resucitado pobre, con el aspecto de un hombre cualquiera, que mendiga techo en Emaús y pide "algo para comer" a orillas del lago.

No hay medida para el "empobrecerse" del Señor sino la de darlo todo, hasta la propia vida en la Cruz, para quedarse bajo la forma del empobrecerse renovadamente en cada Eucaristía, como un pobre pancito y en el perdón incansable de nuestros pecados rutinarios.

Pero es el tercer elemento de la frase de Pablo lo que más nos asombra: el hecho de que nos enriquezca "con esa pobreza suya". Destacamos que es la pobreza de la que viene hablando la frase: no una pobreza de todas las cosas sino esa que se ajusta a lo que enriquece al otro.
Una pobreza tan a medida que a veces no notamos que nos enriqueció.

Lo que se nos dona y comunica no es, por tanto, la riqueza de Cristo como si fuera una cosa, sino un dinamismo en el que podemos sumarnos, entrar, participar, empobreciéndonos para enriquecer a otros.
El mandato del Señor "ámense como yo los amé" puede leerse en esta clave: 
"empobrézcanse para enriquecer a otros como lo hago yo". 
El ejemplo de la viuda pobre que dio sus dos moneditas -todo lo que tenía para vivir ese día- no es solo un ejemplo edificante. En los pequeños gestos cotidianos que practican los más pequeños del pueblo fiel de Dios el Señor ve ya activo este dinamismo propio de su amor y por eso se alegra de que "el reino de Dios le haya sido revelado a los pequeños" como dirá varias veces en los evangelios.          
Los empobrecimientos de Francisco que enriquecen al pueblo de Dios           
            Si por algún lado va a ir -o está yendo ya- el paso adelante que puede dar Francisco en una así llamada reforma de la Iglesia, es por el lado de "enriquecernos con su pobreza".    
¿No nos llama la atención la alegría indescriptible que generan en casi todos esos pequeños gestos de despojo del Papa Francisco? (Y no digo todos sino "casi todos" porque siempre hay un Judas que se queja agriamente cuando ve que alguien rompe el frasco de perfume). 

La gente capta que no son gestos de ascetismo personal sino que son gestos que enriquecen al pueblo de Dios, personalizado en cada uno de aquellos ante los que el Papa se abaja a lavar los pies, por ejemplo o pierde tiempo llamando por teléfono. 

El Papa  enriquece a la Iglesia todos los días con sus gestos de abajamiento por amor, que se están volviendo más "despojados" si se puede decir así, y no salen en los diarios como cuando renunció a los zapatos rojos o se quedó a vivir en la habitación de tránsito de Santa Marta. Hay que saberlos leer en pequeños detalles: el modo, por ejemplo, de pedir que recen por él luego de la primer misa en Cuba: "les pido -y dejó caer los brazos- como un mendigo, que recen por mí". En el mismo sentido van sus pedidos a los periodistas de que "por favor, lo interpreten bien, teniendo en cuenta el contexto". Francisco "empobrece" un lenguaje papal que por pretender ser infalible en cada frase se había vuelto inteligible solo para especialistas, para entrar en diálogo con la gente, confiado en que el que tiene buena voluntad "salvará la proposición del prójimo", como aconseja San Ignacio. Detrás de ese simple "a este Papa lo entiendo" que repiten los sencillos, se esconde la experiencia de haber sido "enriquecidos".

            Viene bien aquí citar una de las interpretaciones que hizo el Papa de este versículo de Pablo, en su mensaje de Cuaresma del 2014. Destacó que en esa frase está el estilo y la lógica de Dios, el modo de amarnos de Jesús, "con su rica pobreza y su pobre riqueza", que son "como las de un niño que se sabe amado por su padre". Decía el Papa Francisco: 

"Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2). No se trata de un juego de palabras -continúa el Papa- ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente" (...).
Mirada y comunidad

            "Estar en medio de la gente" es otra de las expresiones que Francisco siempre repite. El  hecho de haberse quedarse a vivir en Santa Marta decía que era para él una cuestión de sanidad sicológica, porque en el espacio de "embudo invertido" del palacio Vaticano no podía entrar en relación espontánea con la gente. Algunos interpretan esto como algo un poco folklórico y seguramente pasajero. Sin embargo la gente, el pueblo fiel de Dios del rebaño eclesial y el de "los otros rebaños"- ama este contacto personal con el Papa y lo busca como algo de lo que tenía verdadera sed. 

            La secuencia del mensaje paulino interpretado por Francisco sería: no se puede enriquecer a otro por amor sin empobrecerse por amor y no es posible empobrecerse amorosamente sino en medio de la gente que se ama, en medio de la familia, en medio de un pueblo, en medio de la Iglesia. 
            Sin esta pertenencia comunitaria no hay pobreza evangélica sino miseria, exclusión. Incluso en el ascetismo más sublime, si se practica sin referencia a la dimensión social y comunitaria, hay algo "extraño", como en el don de lenguas del que decía Pablo que si nadie traducía quedaba como algo incomprensible, para beneficio de uno solo, siendo que los dones del Espíritu siempre son para el bien común. 

            La mirada buena de Jesús la experimentamos en la mirada de sus pequeñitos, cuando nos empobrecemos para enriquecerlos. Por eso la recomendación del Señor de "vender todo y darlo a los pobres" tiene su trampita. No es un acto económico que se hace de una sola vez. Vender y dar todo es un programa de vida, de ir dando en la medida en que enriquece a los que amamos, como se hace cotidianamente en la vida de familia, en la vida de nuestros hogares. 
Por estos lados van "las miradas de Jesús".

domingo, 4 de octubre de 2015

Cambiar la Dureza del Corazón de Adultos por la Ternura del Corazón de Niños...


Fuente: Equipo CEP-Venezuela

El Evangelio de este Domingo: Mc 10, 2-16,  plantea dos aspectos que están profundamente relacionados: 
  • Uno, se vive a plenitud si somos capaces de superar la dureza de corazón. 
  • Otro, se entra en esta vida plena si nos humanizamos de verdad.

Todo comienza con una pregunta, cuando los fariseos le preguntan: ¿es lícito que un hombre se divorcie de su mujer?

Claramente que lo lícito o lo legal puede ayudar a resolver muchísimos enredos en la vida, y esto es muy bueno, pero siempre será un reajuste o reacomodo cuando se trate de los aspectos importantes de nuestra vida. La legalidad jamás podrá llegar al fondo de las realidades humanas en las que nos movemos los hombres y mujeres de carne y hueso que somos. Para ello no basta la legalidad sino el amor.

Cuando Jesús responde a la pregunta sobre la licitud del repudio a la esposa o al esposo, afirmando que “nada ni nadie debe romper lo que Dios está uniendo”, nos invita a descubrir en lo más profundo de nosotros mismos la capacidad de parecernos a Dios. Es decir, la capacidad de vivir amores duraderos que se juegan juntos toda su suerte. Amores que crean alianza y generan vida. Y para ello necesitamos transformar la dureza de corazón.

La dureza de corazón, tal como se entiende en la Biblia, impide ver más allá de los propios intereses y criterios, da lugar a juicios inmisericordes, asfixia todo encuentro, hace que se esté muy pendiente de la falta o error ajeno. Se termina viviendo en el desamor, desconectados de la vida y de las personas, construyendo auténticos infiernos.

La referencia a otras personas nos abre a la auténtica amistad. Por esta razón, Jesús dirá que necesitamos hacernos como niños, porque ellos viven en una permanente y obligada referencia a los demás. Un niño aislado no tendría vida. Necesita dejarse proteger, cuidar, atender y hasta dejarse reprender. Y este “dejarse”, que es fiarse o ponerse en manos de otros, es lo que conduce a la simplicidad, a la sencillez.

Quien cultiva esta simplicidad, que surge de su disposición a vivir en permanente referencia a los demás, aprende a conocer y a valorar las personas, no lleva cuentas del mal, sabe agradecer, aprende a desprenderse de lo que tiene sin mayores complicaciones, se da del todo sin medir consecuencias, no alberga resentimientos en su corazón. 

Si queremos hacer viable la amistad, la convivencia, el matrimonio, el hogar, el trabajo, la comunidad eclesial, etc., hay que progresar desde un tratamiento lícito de los asuntos de la vida hacia el auténtico amor que transforma la dureza del alma, la dureza de la razón. Así comenzaremos a tener vida de verdad.

Te invito a terminar rezando:

DAME UN CORAZÓN BUENO 

No quiero un corazón de piedra, duro y seco, 
que golpea a cada paso, creando camino incierto. 

No quiero un corazón que pierde la alegría y la esperanza 
en un pasado que nunca vuelve.

No quiero un corazón frío y muerto, hundido en la oscuridad 
que amasa soledad y desierto.

Quiero un corazón humano hecho de carne y fuego,
 como el tuyo, mi Señor, que es Espíritu eterno.

Quiero un corazón muy bueno donde el cansado
 pueda encontrar la luz que viene del cielo.

Quiero un corazón tan fresco que contagie la hermandad, 
la paz y el rencor no encuentre asiento.

Dame un corazón que me muestre lo que puedo,
para vivir desde ya la utopía del hombre nuevo.

Dame un corazón sin miedo, feliz con lo que llevo dentro, 
capaz de amar para querer sin ruegos.

Dame un corazón limpio y dispuesto, 
que se abre al amor de un Dios que es Padre nuestro.

         (Cf. Salmos – España)