sábado, 27 de junio de 2015

Para descubrir por donde se nos está escapando la vida...


Texto de J. Delorme -citado por Dolores Aleixandre RSCJ, en su libro: Contar a Jesús-

Los Evangelios no separan nunca la historia de la curación de la hemorroísa  de la  resurrección de la hija de Jairo, como si los vieran unido por un  vínculo secreto.

La mujer  carece de nombre, está sola y arruinada y detrás de ella no se adivinan parientes ni amigos. Su pérdida de sangre, además de hacerla estéril, la encamina hacia la no-vida y la sitúa en el mundo de la impureza, la vergüenza y el deshonor, por eso no se atreve a hacer su petición en público. Un abismo separa a Jesús de esta mujer: si ella le toca, él quedará impuro.  Llega movida por lo que ha oído sobre Jesús y en su gesto de tocarle aparece su deseo de alcanzar la fuente de un don que sólo puede ser recibido gratuitamente, en contraste con la fortuna gastada inútilmente en médicos. Su contacto con él se reduce a algo mínimo, como en las fronteras de su persona. En medio de la multitud tanto ella como él aparecen vinculados por un  “saber” que los demás no tienen: Jesús sabe que ha salido una fuerza de él y la mujer sabe que se ha secado la fuente de su enfermedad.

Pero a Jesús no la basta con sanarla y no se queda satisfecho hasta que puede entablar con ella un diálogo interpersonal en el que ella le dice “toda la verdad”. La sanación recibida abarca ahora no solamente su cuerpo, sino también su espíritu, sus temores, su vergüenza que desaparecen en la confianza del diálogo y en la experiencia de ser reconocida, escuchada y comprendida .

Ella esperaba ser salvada en pasiva, pero Jesús emplea el verbo en activa y sitúa en ella el poder que la ha salvado: la mujer se marcha no sólo curada, sino habiendo escuchado una alabanza por su fe y recibido el nombre de "hija", un título familiar raro en los evangelios. Alguien se ha convertido en su valedor, como Jairo lo es de su hija y la declara incluida en la familia del Padre, lejos de cualquier exclusión. La mujer, por su fe, ha sintonizado con el universo del Reino y ha entrado en él. 

 ...como Palabra para nuestro  hoy...

El texto nos propone hacer nuestra la experiencia de la mujer: 
  1. Tomar conciencia, en primer lugar, de por dónde “se nos está escapando la vida”...
  2. Caer en la cuenta de nuestras “pérdidas”, de aquellos aspectos de nuestra existencia que nos hacen sentirnos estériles. 
  3. Descubrir como  nos adentra en la paradoja de la fe invitándonos a creer que nuestro poder reside precisamente en nuestros límites e impotencias reconocidos y asumidos. Estamos llamados también a dejar atrás nuestros miedos, a ir más allá de nuestras expectativas, a confiar de una manera distinta de la prevista. 
  4. Y a esperar una salvación que acontece en el encuentro interpersonal con Jesús, en la acogida a su invitación de “entrar en su familia” como verdaderos hijos.

domingo, 14 de junio de 2015

EL HOMBRE QUE POSEÍA LA SABIDURÍA DE “NO SABER”


Sucede con el reino de Dios lo que con la semilla que un hombre echa en la tierra. 
 Duerma o vele, de noche o de día, la semilla germina y crece, sin que él sepa cómo.
  La tierra da fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. 
Y cuando el fruto está a punto, en seguida mete la hoz, porque ha llegado la siega. 
-Mc 4, 26-29-

Texto escrito por la hna Dolores Aleixandre -rscj-

Esta parábola suele ser conocida como la de "la semilla que crece por sí misma",   pero mi propuesta es llamarla: el hombre que poseía la sabiduría de “no saber”,  y acercarnos a este personaje como a un maestro de sabiduría y discernimiento.

"Miren a ese hombre, parece decir  Jesús: actúa y decide intervenir justo en el momento que le corresponde: "siembra" la semilla y, al final, "mete la hoz" cuando llega el momento de la siega. Pero sabe que hay un periodo de tiempo en el que a él no le toca hacer nada, sino que es la  tierra la que "por sí misma" hace que la semilla  germine y crezca y dé fruto. Y todo eso acontece mientras él "duerme y se levanta" tranquilamente, sin empeñarse en dirigir unos ritmos que escapan a su control".  Es la convicción del orante del Salmo 127,2: Es inútil que madruguen, que retrasen  el descanso, que coman un pan de fatigas: Dios lo da a sus amigos mientras duermen.

Imaginemos a aquel hombre, sentado junto al lindero de su campo en el que aún no aparece ni  una brizna de hierba. Para los demás,  aquel campo está vacío, pero él está ya contemplando las mieses ondeando en él. No es un iluso: la apariencia da la razón a los que miran superficialmente,  pero la realidad  se la da a él que ha sembrado ese campo y confía en el dinamismo oculto de las semillas. ¿No es una preciosa parábola de lo que es la pura fe? También Noé, tierra adentro, se puso a construir un arca, quizá ante la burla de sus vecinos: “¡Estás loco, Noé! ¿No ves que nunca habrá aquí agua para que flote tu arca?” Pero él actuaba apoyado en la fuerza de la palabra que anunciaba un diluvio, lo mismo que los discípulos confiarán en la palabra de Jesús y echarán la red para pescar, más allá de toda evidencia ( Lc 5,5).

Vamos a detenernos en una frase central en la parábola: todo acontece “sin que él sepa cómo”.  Hay una larga tradición bíblica referida al “no saber”, como si desde los orígenes los hombres y mujeres más lúcidos nos pusieran alerta ante los peligros que se encierran en la ambición humana de hacer del “saber” un instrumento de dominio y  control.

 En los relatos de creación, es precisamente la avidez  por probar el fruto del “árbol del conocimiento” lo que provoca la pérdida del jardín (Gn 3,6); cuando Moisés pide conocer el nombre de Dios (Ex 3,13) recibe una respuesta negativa y sólo lo encontrará cuando entre en una nube (Ex 34,2.5), que permite oír pero no ver, símbolo elocuente de la imposibilidad de apoderarse a través de la vista de un Dios a quien sólo se puede escuchar y acoger.

Las primeras palabras que pronuncia María en la escena de la anunciación se inscriben en esa  esfera del “no saber”: “No conozco varón”, dice ella y,  parafraseando una frase de San Ireneo   podríamos decir: “Lo atado por el “querer saber” de Eva fue desatado por el “no saber” de María”. Jesús afirma desconocer el tiempo señalado por el Padre (Mc 13,32) y recordará a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va” (Jn 3,32). La Primera Carta de Pedro vuelve a insistir sobre esta “vía negativa”:    “Todavía no lo han visto, pero lo aman; sin verlo creen en él, y se  alegrarán con un gozo inefable y radiante” (1Pe 1,8)…

No lo estaba el hombre de la parábola, atento para saber cuándo llegaba la sazón del fruto para meter la hoz. Poseía la difícil sabiduría del ritmo entre actividad y quietud , la sabiduría que hacía decir a Edith Stein:  “Hay un estado de descanso en Dios, de total suspensión de toda actividad del espíritu,  en el que no se pueden concebir planes, ni tomar decisiones, ni aun llevar nada a cabo, sino que, haciendo del porvenir asunto de la voluntad divina, se abandona uno enteramente a su destino (…)  El descanso en Dios es un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que la acción entraña de doloroso, de obligación y de responsabilidad. Cuando me abandono a este sentimiento me invade una vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y, sin ninguna presión por parte de mi voluntad, a impulsarme hacia nuevas realizaciones. Este exceso vital me parece ascender de una Actividad y de una Fuerza que no me pertenecen, pero que llegan a hacerse activas en mí. La única suposición previa necesaria para un tal renacimiento espiritual parece ser esta capacidad pasiva de recepción que está en el fondo de la estructura de la persona”. 

El protagonista de esta parábola vivía en contacto con esa “capacidad pasiva de recepción”…

sábado, 6 de junio de 2015

¿Dónde Quieres que te Preparemos la Eucaristía?

Homilía del Cardenal Bergoglio -HOY PAPA FRANCISCO-
en la Fiesta de Corpus Christi, 24 de junio de 2000

Hombres cantaros -Corpus Christi 

"¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?" le preguntaron los discípulos a Jesús. Y el Evangelio nos revela que el Señor ya tenía todo preparado: sabía el recorrido del hombre con el cántaro de agua, sabía del dueño de la casa con una sala grande arreglada con almohadones en el piso de arriba … Y conocía, sobre todo, el amor con que sus amigos iban a recibir su Cuerpo y su Sangre; ese Cuerpo y esa Sangre que El deseaba tan ardientemente entregarnos como nueva Alianza.

Reunidos en esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo le volvemos a preguntar a Jesús como lo hicieron aquellos discípulos: Señor, ¿dónde querés que preparemos la Eucaristía? ¿Dónde querés que la recibamos con amor adorándote como Dios vivo? Y El vuelve a decirnos: "Vayan a la ciudad …" Salgan a encontrarse con los que llevan cántaros de agua para dar de beber a los demás. Esos que son como la Samaritana que, dejando el cántaro de agua corrió –hecha un cántaro ella misma, llena del agua del Espíritu- a la ciudad, a anunciar a la gente, a sus hermanos: "Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías?" El Señor prepara la Eucaristía con los que se animan a ser hombres-cántaro, los que se dejan llenar el corazón con el agua viva del Espíritu y se dejan conducir por El.

Salgan a encontrarse con los que preparan salas grandes para los demás. Salas como la que preparó aquel Rey de la parábola para el banquete de bodas de su Hijo. Esa sala que "se llenó" de pueblo porque los primeros invitados se habían excusado y no querían participar de la fiesta. El Señor prepara la Eucaristía para su pueblo con los que se animan a abrir su corazón a los demás, con los que tienen un corazón de padre, un corazón como una sala grande en la que todos son invitados a compartir el pan.

Si leemos con sencillez podemos descubrir, en estos dos hombres desconocidos del Evangelio, un signo de la presencia misteriosa del Espíritu y del Padre colaborando con Jesús en hacer la Eucaristía. Así sucede en cada Misa, cuando pedimos al Padre que congregue a su pueblo sin cesar con la fuerza del Espíritu, que santifique por el mismo Espíritu nuestras ofrendas y las acepte, convertidas en el Cuerpo y Sangre de su Hijo, como sacrificio vivo y santo.

Hoy a nosotros se nos pide que nos hagamos como aquellos hombres: hombres y mujeres-cántaro, que señalan caminos, que crean vínculos, porque tienen el corazón lleno del agua viva del Espíritu y muestran el sentido de la vida con gestos más que con palabras. Se nos pide que nos hagamos hombres y mujeres que preparan la mesa para el Señor y para sus hermanos, hombres y mujeres que crean encuentro con sus gestos de projimidad y de acogida. A todos se nos pide que nuestros pasos marquen senderos de esperanza, pero de modo especial a aquéllos que están pasando momentos de oscuridad. A los que más sufren, a los que caminan sin ver, les digo: Ustedes para quienes ese cántaro quizá se ha convertido en una pesada cruz, también ustedes tienen algo que dar. Recuerden que fue en la Cruz donde el Señor, traspasado, se nos entregó como fuente de agua viva.

Y si se nos pide a todos, jóvenes y ancianos, niños y padres, que nos hagamos hombres y mujeres que crean encuentro, se les pide especialmente a aquéllos que más están sufriendo esa enorme inequidad arraigada entre nosotros (como dice nuestro Documento "Jesús, Señor de la Historia"). A los que más sufren, a los que se sienten excluidos del banquete de este mundo les digo: Ustedes levanten la mirada, mantengan el corazón abierto a la solidaridad, esa solidaridad que nadie debe robar del corazón de nuestro pueblo fiel, porque es su reserva, su tesoro, porque es esa sabiduría que nuestro pueblo aprende de niño en la escuela de amor que es la Eucaristía: escuela de amor a Dios y de amor al prójimo.

Cuando nos pongamos de rodillas en el momento de la consagración, mientras adoramos a Jesús diciendo "Señor mío y Dios mío", pidámosle a la Virgen, a Ella que sabe de cántaros vacíos, que le diga a Jesús como en Caná: "no tienen vino". Pidámosle que ruegue por nosotros, ahora, para que hagamos lo que Jesús nos diga. Ruega por nosotros, Madre, para que seamos servidores y servidoras fieles, para que llenemos hasta el borde nuestros cántaros; así el Señor convertirá el agua en el vino de su Sangre que nos purifica y alegra nuestro corazón con la esperanza.

Mientras adoramos a Jesús, pidámosle a María, a Ella que puso a disposición del Espíritu la sala grande de su corazón para que el Verbo se hiciera carne y habitara entre nosotros, que ruegue por nosotros, ahora, para que se ensanche nuestro corazón y se vuelva un poquito más parecido al de Ella: que es lugar de encuentro entre hermanos y de projimidad entre nosotros y con Dios nuestro Señor.

Jorge Mario Bergoglio, S.J.
24 de Junio de 2000