jueves, 5 de marzo de 2015

Día 10, EJERCICIOS ESPIRITUALES, El Bautismo de Jesús...

                                     
Día 10: El Bautismo de Jesús



La Hna Marta Irigoy, misionera diocesana, nos acerca algunos elementos para seguir profundizando en las contemplaciones y el papel de la imaginación que San Ignacio nos propone en estos días de Ejercicios.

En primer lugar es primordial a la hora de armar la escena imaginarnos que cada uno de nosotros es un personaje más que interviene en la escena evangélica. Imaginarme como si presente me hallase, dice San Ignacio. Esto hay que hacerlo en cada una de las contemplaciones, mirar y mirarme como si estuviera ahí mismo, siempre formando parte de la historia evangélica. Contemplar desde adentro, sumergiéndome en el misterio. No significa mirar como espectador, sino, estar ahí, hablar con los personajes, mirar lo que miran, sentir lo que sienten.

De este modo, en cada ejercicio que hacemos se actualiza el misterio de Cristo y cada uno de nosotros puede recibir el sentido nuevo que tiene cada lectura de la Escritura. Es un abrir el corazón para poder ponerlo en práctica, es estar abierto a obedecer con fe y es escuchar el mensaje que Dios tiene parta mí. Aquel que hace los ejercicios y contempla la vida del Señor, ve y oye en la contemplación del evangelio, como si el acontecimiento que contempla tuviera que ver con él directa y personalmente. No es una oración en el aire sino que es algo que tiene que ver con mi vida cotidiana, con mi vida personal, con la vida de mi familia, de la iglesia, con la vida de nuestro pueblo, de nuestro país y del mundo.

A veces se nos puede presentar la dificultad de pensar que todos los misterios de la vida de Cristo son acontecimientos del pasado, sin ninguna relación con mi vida presente. La contemplación nos actualiza el misterio, en la situación concreta de cada uno. Ésto se da en la medida que se da el encuentro entre Dios y el ejercitante que comienza su contemplación bajo la mirada amorosa del Padre. El encuentro con Dios en la oración nos permite alcanzar la gracia que pedimos en estos días, “un crecido conocimiento de Cristo para que más le ame y le siga”.

Decíamos en estos días que este conocimiento interno del Señor, no es un conocimiento intelectual, sino un acontecimiento amoroso. Como dice el texto de San Juan: “Conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí, como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre”. El término “conocimiento interno” en la Biblia, nos habla de la experiencia personal con el Señor.

Por eso, seguimos la misma metodología cada día: preparar la oración, considerar cómo el Señor me mira, hacer la oración preparatoria diciendo “Señor, que todo este rato que voy a estar en oración con Vos, todo mi ser esté atento a tu voz, a tu cariño, a tu amor”, pedir conocimiento interno del Señor para que más lo ame y le siga, y después ponerme en la escena como si yo estuviera ahí, junto con el Señor, junto con los discípulos, junto con la gente en medio del pueblo de su tiempo.

El Bautismo de Jesús (P. Ángel Rossi)

Ayer hemos rezado en torno a las dos banderas con la que Ignacio nos pone de frente a la gracia del discernimiento, que tiene por finalidad poder distinguir lo que es de Dios y lo que no es de Dios en mi propio corazón, y desde ahí poder elegir. Decimos siempre que la finalidad de los ejercicios espirituales de San Ignacio es “buscar y hallar la voluntad de Dios para poder seguirla”. Siempre los ejercicios son de elección, no siempre de elección de vida, pero siempre implica tomar decisiones: elijo dar un paso, elijo cambiar una actitud, una opción en mi vida que puede ser una opción en cosas pequeñas o grandes.

Para buscar y hallar la voluntad, como decíamos en estos días, no hay que buscar cosas raras sino seguirle el paso al Señor, contemplarlo. Y para ello, nada mejor que meternos en las escenas del evangelio como si presente me hallase y dejar que el relato vuelva sobre mi vida. En ese momento, cuando hago reflectir la escena, y me pregunto qué significa en mi vida, la escena me interpela, me consuela, me da fuerza, me da la clave de aquello que siento o me hace sentir el Señor por dónde me quiere llevar.

San Ignacio nos propone hoy el Bautismo del Señor que es el comienzo de la vida pública de Jesús. En Mateo 3,13 dice:

“Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser Bautizado por él, Juan se resistía diciéndole, soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti y eres Tú el que viene a mi encuentro. Pero Jesús le respondió: Ahora déjame hacer esto porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo. Y Juan se lo permitió, apenas fue bautizado, Jesús salió del agua, en ese momento se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía, “Éste es mi hijo muy querido en quien tengo puesta toda mi predilección”.

 Momento de despedida

Cuando Ignacio presenta el Bautismo en el Libro de los Ejercicios, en el número 273, quizás respondiendo a una tradición, nos pone frente a “Cristo que después de haberse despedido de su bendita Madre, vino desde Nazaret al río Jordán donde estaba San Juan Bautista”. San Ignacio coloca la escena en el contexto de quien deja la vida oculta,un Jesús que rondaría los 30 años, deja la casa y se despide de los suyos.

Este éxodo de Jesús supone una despedida, no solo ésta, su vida va a estar signada por despedidas continuas y muchas veces han implicado romper con vínculos afectivos como puede ser la despedida de su casa. Es un momento duro para Jesús y para sus padres. María unida en el dolor de su hijo, es la comunión pascual sabiendo que Él va a cumplir la voluntad del Padre.

Podemos imaginar este camino: son unos tres días de camino en donde su Padre lo guía desde la casa de la Virgen hasta el río Jordán. Imaginemos todo lo que pasaría por el corazón de Jesús, entrar en sus sentimientos, posiblemente nostalgia o incertidumbre por lo que hay por delante, por otro lado las ganas hondas de hacer la voluntad del Padre. Es un camino que Jesús ha recorrido muchas veces, porque por ese camino acudían a las fiestas anuales del templo, y sabemos que por lo menos desde los doce años Jesús hacía aquel camino. Ahí podemos ir rumiando esta despedida de su mamá para poder cumplir la voluntad de Dios.

En nuestras vidas también hay decisiones, hay pasos que hemos dado, a veces pasos lindos donde hemos querido, hemos creído, o a veces hemos deseado hacer la voluntad de Dios y que implica muchas veces despojos. Es el caso cuando un matrimonio decide casarse, el joven se va contento con la novia, contento porque se casa pero también hay un desgarro, hay algo que se deja atrás. También aparece cuando se decide entrar al seminario o al noviciado, o en los momentos fuertes de la vida… el que decide ir a buscar trabajo en un lugar lejano o quiere irse de misionero. Son muchas las experiencias donde nos despedimos, dejamos atrás gente que queremos, que no implica que los dejemos de querer… así también es la la experiencia de Jesús.

Cada uno podría aquí reflectir para sacar provecho, como dice Ignacio, y volver sobre la propia experiencia y rumiar mis despedidas y momentos de decisiones.

Se anonadó a sí mismo

Por otro lado es interesante el estilo con el que Jesús comienza su vida pública. Inaugura su vida pública desde la humildad. Llega al Jordán y hace cola como uno más, y la gente ni se daría cuenta quien era. Por otro lado, inaugura su misión pública pasando por pecador, que es un gesto que va a tener Jesús para unirse a su gente, un gesto de reconciliación, un gesto de purificación que ciertamente Jesús no necesitaba. El Señor, como dice San Pablo, se hace pecado por mí. Objetivamente Jesús no tiene pecado, pero comparte de tal manera el pecado que hace el camino de los pecadores y hace esta cola de purificación que ciertamente no necesitaba. Este gesto indica el abajamiento, el misterio de este Señor que se abaja y que se une a nosotros de este modo tan misterioso.

La petición que Ignacio pone en esta meditación será aquí demandar “conocimiento interno del Señor”. También le podemos agregar “conocimiento interno del Señor que por mí deja su familia y su pueblo y se bautiza con los pecadores para que yo más lo ame y le siga”.

La escena honda del bautismo, es una especie de segunda epifanía, donde el Padre se manifiesta, y Jesús aparece como el hijo de Dios: “Éste es mi hijo muy amado en quien tengo puesta mi predilección”. El Bautismo del Señor es como una segunda manifestación de aquel niño encarnado en nuestra historia, de aquella palabra acampada en nuestros mutismos. Han pasado treinta años de escondimiento, desapercibido en Nazaret como uno de tantos. Con el Bautismo de Jesús concluye esa fase del Señor en la que se asemejó completamente a nosotros. Jesús no es un enviado de Dios que acorrala, un mensajero que se ensaña con los indignos, sino alguien que viene a restablecer el latir de los corazones acabados y para ello se pondrá en el último de la fila como uno de tantos, fingiendo amorosamente una necesidad que no tenía, abrazando extremadamente un pecado que no le pertenecía… era el abrazo a una humanidad concreta, buscadora de una felicidad que no conseguía encontrar, la humanidad frágil y pecadora por la que Él vino, a la que amó hasta el extremo por lo que da su propia vida.

A mí me gusta imaginar cuando Juan el Bautista, quizás después de bautizar a alguna persona, levantando la vista lo reconoce en la hilera de la gente. ¿Que habrá pasado por el corazón de Juan? sabemos por el evangelio que se resiste a bautizarlo. “Yo no te bautizo” le habrá dicho, y Jesús le habrá respondido “Juan, vos ahora quizás no entiendas lo que estás haciendo, pero es necesario que me bautices”. Y dice el texto que Juan lo aceptó, quizás sin entender, ante la insistencia del amigo, de aquel de quien él era el precursor. Me gusta imaginar este cruce de mirada entre Juan y Jesús… gesto de fidelidad y de todo el cariño de quien tenía que allanar los caminos para su manifestación.

Era un escenario doliente esta cola de gente que va a bautizarse, de tantos dramas… junto a algunas lágrimas bañadas de arrepentimiento y de deseo de perdón, allí estaba el Señor, el justo, el Santo, Dios mismo que se manifestaba en Él. Así, sin concesiones, un Jesús que nació en Belén y vivió humildemente en Nazaret quiere ahora seguir su itinerario y su misión, desde la única razón de toda su existencia que es hacer la voluntad de Dios, no lo que le apetece, no lo que le dictan las conveniencias políticas, sino lo que quiere Dios, lo que el Padre ha diseñado como designio de amor y de salvación.

Pedimos que nuestra postura también sea vivir desde OTRO, realizando el diseño del designio de ese Otro, del Padre Dios, para que como Jesús también seamos hijos amados y predilectos, para que el Espíritu se pose en nosotros.

Mi hijo muy querido

Jesús adulto, después del bautismo, comenzará a recorrer los caminos, a anunciar el evangelio, a curar, a consolar y después irá camino a Jerusalén para nuestra salvación. Antes de comenzar su misión pública, es ungido desde lo alto por el Padre, “Tú eres mi hijo amado”. Es un reconocimiento desde arriba que necesita. Cuando estamos frente a nuestra misión, lo que nos da fuerza, no es tanto la preparación, el estudio, sino el Señor que nos sostiene, sabernos amados. Ocurre lo mismo desde lo humano, el sabernos amados nos sostiene y nos da fuerza para la misión.

Dice Gonzalez Valle:

“Tú eres mi hijo amado”, estas son las palabras que más me gusta escuchar de tus labios Señor. “Tú eres mi hijo”, hace falta fe para pronunciarla ante mi propia miseria y ante una turba escéptica, pero yo sé que son verdad, y son la raíz de mi vida y la esencia de mi ser. Te llamo “Padre” todos los días y te llamo “Padre” porque Tú me has llamado hijo. Ese es el secreto más entrañable de mi vida, mi alegría más íntima y mi derecho más firme a ser feliz. La iniciativa de tu amor, el milagro de la creación, la intimidad de la familia, el cariñoso acento con que te oigo decir esas palabras a un tiempo sagrada y delicada… “Tú eres mi Hijo”, quiero sentirme hijo tuyo hoy, quiero caer en la cuenta de que me estás dando vida en cada instante, de que comienzo a vivir de nuevo cada vez que vuelvo a pensar en Tí, y en ese momento Tú vuelves a ser mi Padre”

Tenemos derecho a dejarnos decir cada uno personalmente “Tú eres mi hijo muy amado”. Lo que dice de Jesús también lo dice a cada uno de nosotros. Uno podría decirle “no, mirá, se te fue la mano, exageraste, te voy a defraudar, pensalo bien antes de decírmelo”. Sin embargo Dios no se arrepiente, no se echa atrás, volverá mil veces a pesar de nuestras agachadas, de nuestras quedaditas al costado del camino, de nuestros desvíos o las veces que no lo hemos escuchado. Él nos seguirá diciendo, “vos sos mi hijo muy amado, en vos tengo puesta mi complacencia”. Y si uno lo escuchara no sólo con el oído sino con el corazón, seguramente nos daría mucha más fuerza para ser fieles a nuestra propia misión. También podemos detenernos acá y orar con estas palabras el ejercicio del bautismo.

El propio bautismo

Por otro lado estamos contemplando el Bautismo y seguramente casi todos los que estamos haciendo estos ejercicios somos bautizados. Nos hace bien volver al propio bautismo. En el bautismo de Jesús, se manifiesta Jesús y entonces el desafío es que nuestro bautismo necesita ser manifestado, o sea es un don que ha de convertirse en compromiso, en responsabilidad. El bautismo nos da una pertenencia que se expresa en una praxis. Es urgente que nosotros que estamos anotados posiblemente en un libro grande de la parroquia, que ese nombre salga al descubierto.

Es tiempo de hacernos cargo, de honrar los compromisos que los otros han tomado por nosotros el día del bautismo. Allí ese día, nuestros papás y padrinos reafirmaron la fe, renunciaron al demonio, ese día tomaron la velita, estuvieron dispuestos a cuidar la fe del ahijado. Estos gestos que hicieron ellos por nosotros en algún momento de la vida hay que hacerse cargo, tiene que manifestarse este bautismo a lo largo de la vida. En el caso de Jesús fue en un mismo tiempo, el mismo día del bautismo se manifestó Jesús, nosotros lo hacemos en una especie de segundo tiempo. Aquel bautismo de niño tendría que manifestarse en nuestros gestos. La prueba de que somos bautizados no debería ser un certificado del párroco, sino nuestro modo de ser y de actuar.

Ojalá que esta gracia que hemos pedido al comienzo sea un modo de ser y de actuar no excesivamente diferente del de Cristo que cada vez se vaya pareciendo un poquito más al modo de mirar, de perdonar, de querer, de cuidar al prójimo como lo hacía Jesús.

Un poeta uruguayo, le dedica a la pila de su bautismo una poesía de diez páginas, que puede parecernos mucho. A la pila bautismal la llamaba “madre nuestra y madre mía”, como diciendo “aquí nací”. En esa pila de bautismo nacía a la fe.

Sería lindo que además de renovar espiritualmente rezando con esta contemplación tan honda , recordar nuestro bautismo, cuándo fue, quiénes eran nuestros padrinos, el cura que nos bautizó. Nos puede hacer bien si aquel lugar no está tan lejos, hacer una peregrinación al lugar donde fuimos bautizados, quedarnos un ratito en silencio frente a la pila bautismal y, como dice San Ignacio, con la vista imaginativa, imaginar mi bautismo y poder preguntarnos: ¿qué fue de aquel bautismo?, ¿qué es hoy en mi corazón aquel gesto de hace veinte, treinta, u ochenta años?, ¿qué es hoy en mi vida, aquella manifestación, aquel día en donde Dios a través de este gesto sacramental me dijo “vos sos mi hijo muy amado”?, ¿qué ha quedado en mi corazón en todo este tiempo?. Podría ser también un modo lindo de rezar en torno a esta escena del evangelio, pero como dice San Ignacio hay que reflectir, tiene que volver sobre mí para sacar provecho.

Que el Señor nos conceda esta gracia linda, renovemos la fuerza del Espíritu de esta gracia hermosa del bautismo.

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