domingo, 29 de marzo de 2015

Homilía del Papa Francisco en la Misa de Domingo de Ramos 2015

En el centro de esta celebración, que se presenta tan festiva, está la palabra que hemos escuchado en el himno de la Carta a los Filipenses: “Se humilló a sí mismo” (2, 8). 

La humillación de Jesús.

Esta palabra nos desvela el estilo de Dios y, en consecuencia, el que debe ser del cristiano: la humildad. Un estilo que nunca dejará de sorprendernos y ponernos en crisis: nunca nos acostumbraremos a un Dios humilde.

Humillarse es ante todo el estilo de Dios: Dios se humilla para caminar con su pueblo, para soportar sus infidelidades. Esto se aprecia bien leyendo la historia del Éxodo: ¡Qué humillación para el Señor oír todas aquellas murmuraciones, aquellas quejas! Estaban dirigidas contra Moisés, pero, en el fondo, iban contra él, contra su Padre, que los había sacado de la esclavitud y los guiaba en el camino por el desierto hasta la tierra de la libertad.

En esta semana, la Semana Santa, que nos conduce a la Pascua, seguiremos este camino de la humillación de Jesús. Y sólo así será “santa” también para nosotros.

Veremos el desprecio de los jefes del pueblo y sus engaños para acabar con él. Asistiremos a la traición de Judas, uno de los Doce, que lo venderá por treinta monedas. Veremos al Señor apresado y tratado como un malhechor; abandonado por sus discípulos; llevado ante el Sanedrín, condenado a muerte, azotado y ultrajado. Escucharemos cómo Pedro, la “roca” de los discípulos, lo negará tres veces. Oiremos los gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes, pidiendo que Barrabás quede libre y que a él lo crucifiquen. Veremos cómo los soldados se burlarán de él, vestido con un manto color púrpura y coronado de espinas. Y después, a lo largo de la vía dolorosa y a los pies de la cruz, sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios.

Esta es la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y no hay humildad sin humillación.

Al recorrer hasta el final este camino, el Hijo de Dios tomó la “condición de siervo” (Flp 2, 7). En efecto, “humildad quiere decir también servicio, significa dejar espacio a Dios negándose a uno mismo, “despojándose”, como dice la Escritura (v. 7). Esta – este vaciarse – es la humillación más grande.

Hay otra vía, contraria al camino de Cristo: la mundanidad. La mundanidad nos ofrece el camino de la vanidad, del orgullo, del éxito... Es la otra vía. El maligno se la propuso también a Jesús durante cuarenta días en el desierto. Pero Jesús la rechazó sin dudarlo. Y, con él, sólo con su gracia, con su ayuda, también nosotros podemos vencer esta tentación de la vanidad, de la mundanidad, no sólo en las grandes ocasiones, sino también en las circunstancias ordinarias de la vida.

En esto, nos ayuda y nos conforta el ejemplo de muchos hombres y mujeres que, en silencio y sin hacerse ver, renuncian cada día a sí mismos para servir a los demás: un familiar enfermo, un anciano solo, una persona con discapacidad, un sin techo...

Pensemos también en la humillación de los que, por mantenerse fieles al Evangelio, son discriminados y sufren las consecuencias en su propia carne. Y pensemos en nuestros hermanos y hermanas perseguidos por ser cristianos, los mártires de hoy – hay tantos – no reniegan de Jesús y soportan con dignidad insultos y ultrajes. Lo siguen por su camino. Podemos hablar en verdad de “una nube de testigos”: los mártires de hoy (cf. Hb 12, 1).

Durante esta Semana Santa, pongámonos también nosotros en este camino de la humildad, con tanto amor a Él, a nuestro Señor y Salvador. El amor nos guiará y nos dará fuerza. Y, donde está él, estaremos también nosotros (cf. Jn 12, 26).

sábado, 28 de marzo de 2015

Domingo de Ramos...Por Mí…

Por Mí…
Domingo de Ramos

Autor: Mons. Jesús Sanz Montes, ofm 

          Hemos llegado al umbral de la Santa Semana. Tramo a tramo, nos hemos ido aproximando al escenario en donde Otro pagó nuestra cuenta debitada. Nos ponemos también nosotros en esa muchedumbre agolpada en aquel día en torno a la fiesta judía. Ellos y nosotros tenemos, siempre, unas oscuridades que piden ser iluminadas, unas muertes que esperan ser resucitadas. Nosotros estábamos allí. Y lo que allí sucedió entonces, para nosotros sucede hoy. En Jerusalén había la costumbre de dar la bienvenida a los peregrinos que llegaban para celebrar la Pascua con las palabras del Salmo 118: “¡bendito el que viene en el nombre de Yahvéh!”. Jesús no fue la excepción. El envió previamente a dos discípulos para que trajeran un burrito, y a quien extrañado preguntase por qué, debían responder: el Señor lo necesita. Un humilde portador de quien viene como rey en nombre de Dios. La tradición iconográfica muestra más veces a un asno junto a Jesús: en el viaje de Nazaret a Belén cuando María llevaba en su seno al que nacería sin cobijo de posada, en la cueva del nacimiento, y en la huida a Egipto.

            El Señor necesitaba ¡un burrito! Detalle cargado de humanidad y sencillez, contrapuesto a la cabalgadura del poderío. Son las “necesidades” de un Dios que elige siempre lo débil y lo que no cuenta para confundir a los prepotentes (1 Cor 1,26-28), y así se reconocerá en la imagen del Siervo tomando la condición de esclavo, sin hacer alarde de su categoría de Dios (Filp 2,6-11), para poder dar una palabra de aliento a cualquiera que sufra abatimiento (Is 50,4-7).

            Es el estremecedor relato de lo que ha costado nuestra redención. En ese drama está la respuesta de amor extremo de parte de Dios. Nuestra felicidad, el acceso a la gracia, ha tenido un precio: Él ha pagado por nosotros. Debemos situarnos en ese escenario, pues es el nuestro propio, en donde Dios en su Hijo nos obtendrá la condición de hijos ante Él y de hermanos entre nosotros. Es el estupor que experimentaba la mística Angela de Foligno al contemplar la Pasión: “Tú no me has amado en broma”; o el realismo con el que Pablo agradecerá la donación de su Señor: “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2,20). Sin este realismo que personaliza, estaríamos como espectadores ausentes que a lo sumo siguen el desarrollo del proceso de Dios, desde la butaca de la lástima o de la indiferencia. Yo estaba allí, todo fue por mí. Sólo quien reconoce ese por mí adorará al Señor con un corazón agradecido.

+ Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca 

viernes, 27 de marzo de 2015

PEDIDO del PAPA FRANCISCO: Rezar por las Familias...

Queridos amigos, en la audiencia general del 25 de marzo, el ‪Papa Francisco nos ha pedido que hasta el próximo mes de octubre, recemos por las familias y por el Sínodo dedicado a la familia que comenzará en dicho mes.

Quisiera invitarlos a sumarse a este pedido del Papa Francisco

"Jesús, María y José,
en ustedes contemplamos el esplendor del amor verdadero,
a ustedes nos dirigimos con fe.
Santa Familia de Nazaret, hagan nuestras familias
lugares de comunión y cenáculos de oración,
auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas Iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret, que nunca más en las familias haya
violencia, cerrazón y división:
quienquiera haya sido herido o escandalizado,
conozca pronto el consuelo y la sanación.
Santa Familia de Nazaret, que el próximo Sínodo de los Obispos
pueda volver a despertar en todos 
la conciencia del carácter sagrado e inviolable de la familia,
 de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José, escuchen, atiendan nuestra súplica. Amén".

El Papa pidió que recemos "con santa insistencia", ya que "así, sostenida y animada por la gracia de Dios, la Iglesia podrá estar aún más comprometida y más unida, en el testimonio de la verdad del amor de Dios y de su misericordia por las familias del mundo, ninguna excluida, tanto dentro como fuera del redil".

"Les pido que por favor no hagan faltar su oración. Todos - el Papa, Cardenales, Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos - todos estamos llamados a rezar por el Sínodo. De esto hay necesidad, ¡no de habladurías!".


"Invito a rezar también a cuantos se sienten alejados, o que ya no están acostumbrados a hacerlo. Esta oración por el Sínodo sobre la familia es por el bien de todos", dijo el Papa para concluir...

miércoles, 25 de marzo de 2015

Responder a Dios como María...


Texto de una homilía del Papa:

Hoy nos encontramos ante una de esas maravillas del Señor: ¡María! Una criatura humilde y débil como nosotros, elegida para ser Madre de Dios, Madre de su Creador.

Precisamente mirando a María, me gustaría reflexionar con ustedes sobre tres puntos: primero, Dios nos sorprende, segundo, Dios nos pide fidelidad, tercero, Dios es nuestra fuerza.

1. El primero: Dios nos sorprende.

Ésta la experiencia de la Virgen María: ante el anuncio del Ángel, no oculta su asombro. Es el asombro de ver que Dios, para hacerse hombre, la ha elegido precisamente a Ella, una sencilla muchacha de Nazaret, que no vive en los palacios del poder y de la riqueza, que no ha hecho cosas extraordinarias, pero que está abierta a Dios, se fía de Él, aunque no lo comprenda del todo: “He aquí la esclava el Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Es su respuesta. Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: Fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme.

Preguntémonos hoy todos nosotros si tenemos miedo de lo que el Señor pudiera pedirnos o de lo que nos está pidiendo. ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades, seguridades materiales, seguridades intelectuales, seguridades ideológicas, seguridades de mis proyectos? ¿Dejo entrar a Dios verdaderamente en mi vida? ¿Cómo le respondo?

2. Dios nos sorprende con su amor

Y nos pide que le sigamos fielmente. Pensemos cuántas veces nos hemos entusiasmado con una cosa, con un proyecto, con una tarea, pero después, ante las primeras dificultades, hemos tirado la toalla. Y esto, desgraciadamente, sucede también con nuestras opciones fundamentales, como el matrimonio. La dificultad de ser constantes, de ser fieles a las decisiones tomadas, a los compromisos asumidos. A menudo es fácil decir “sí”, pero después no se consigue repetir este “sí” cada día. No se consigue a ser fieles.

María ha dicho su “sí” a Dios, un “sí” que ha cambiado su humilde existencia de Nazaret, pero no ha sido el único, más bien ha sido el primero de otros muchos “sí” pronunciados en su corazón tanto en los momentos gozosos como en los dolorosos; todos estos “sí” culminaron en el pronunciado bajo la Cruz. Piensen hasta qué punto ha llegado la fidelidad de María a Dios: hasta ver a su Hijo único en la Cruz. La mujer fiel, de pie, destruida dentro, pero fiel y fuerte.

Y yo me pregunto: ¿Soy un cristiano a ratos o soy siempre cristiano? La cultura de lo provisional, de lo relativo entra también en la vida de fe. Dios nos pide que le seamos fieles cada día, en las cosas ordinarias, y añade que, a pesar de que a veces no somos fieles, Él siempre es fiel y con su misericordia no se cansa de tendernos la mano para levantarnos, para animarnos a retomar el camino, a volver a Él y confesarle nuestra debilidad para que Él nos dé su fuerza. Es éste el camino definitivo, siempre con el Señor, también en nuestras debilidades, también en nuestros pecados. Jamás caminar sobre el camino de lo provisional. Esto sí mata. La fe es fidelidad definitiva, como aquella de María.

3. Dios es nuestra fuerza. 

Miremos a María: después de la Anunciación, lo primero que hace es un gesto de caridad hacia su anciana pariente Isabel; y las primeras palabras que pronuncia son: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, o sea, un cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios no sólo por lo que ha hecho en Ella, sino por lo que ha hecho en toda la historia de salvación. Todo es don suyo. Si nosotros podemos entender que todo es don de Dios, ¡cuánta felicidad hay en nuestro corazón! Todo es don suyo ¡Él es nuestra fuerza! ¡Decir gracias es tan fácil, y sin embargo tan difícil! ¿Cuántas veces nos decimos gracias en la familia? Es una de las palabras claves de la convivencia. "Permiso", "disculpa", "gracias": si en una familia se dicen estas tres palabras, la familia va adelante. "Permiso", "perdóname", "gracias". ¿Cuántas veces decimos "gracias" en familia? ¿Cuántas veces damos las gracias a quien nos ayuda, se acerca a nosotros, nos acompaña en la vida? ¡Muchas veces damos todo por descontado! Y así hacemos también con Dios. Es fácil dirigirse al Señor para pedirle algo, pero ir a agradecerle...

sábado, 21 de marzo de 2015

La Secreta Demanda de toda la Humanidad: Queremos ver a Jesús...

  Autor: Mons. Jesús Sanz Montes, ofm

Con motivo de la fiesta principal de la Pascua,  se daban cita en Jerusalén muchos judíos que venían de cerca y de lejos. Era frecuente encontrar en esas fechas a gente que, sin haber profesado la fe hebrea, tenían una actitud abierta. Un grupo de esos simpatizantes gentiles no judíos, se encuentran con Felipe y le hacen una petición que recoge la secreta demanda de toda la humanidad: queremos ver a Jesús. No sabían bien quién era Él; acaso habían oído cosas y sentían curiosidad. 

Buscaban el Templo y se encontraron con Jesús. A su manera iban a celebrar la Pascua judía, y se encontraron con otra Pascua: la del Señor. El hecho es que aquellos hombres que sin ser judíos acuden a Jerusalén, están abiertos a la respuesta adecuada a las preguntas de su corazón: ¿y si esa respuesta era ese tal Jesús?: “Felipe, queremos ver a Jesús”.

Felipe ya había sido “embajador” de su Maestro. Al comienzo de su andadura, después que él se hubo encontrado con Jesús, no pudo por menos que comunicarlo: “se encuentra Jesús con Felipe y le dice: sígueme... Felipe se encuentra con Natanael y le dice: ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado... ven y lo verás”.

El Evangelio cambia de tono para intercalar un diálogo de Jesús premonitorio de su propia Pascua. Él habla de la Hora. En el Evangelio de Juan, la Hora no es una precisión temporal, no tiene que ver con la del reloj. La Hora dice la llegada del momento oportuno, salvífico, como si fuese a entrar en la escena el desenlace final con el que el drama llega a su momento más álgido. Jesús habla de su Hora recurriendo a la metáfora del grano de trigo, que explica plásticamente la paradoja de la vida cristiana: caer en tierra, morir, y cuando aparentemente todo está perdido y arruinado, surge allí la vida, con una fecundidad y fuerza inesperadas e inmerecidas. Es como un anticipo del propio destino de Jesús: el mucho fruto, el ganar la vida para siempre, tiene un insólito precio como es morir en tierra y dar la vida.

Estamos en el 5º domingo de Cuaresma. Nosotros, después de este camino andado, nos reconocemos en la pregunta de los gentiles: queremos ver a Jesús, atraídos por Él, seducidos por su extremado amor. Estamos en la antesala de todo ese drama de amor que recordaremos en la inminente Semana Santa. Y no sólo nosotros, sino también tantos hombres y mujeres de nuestro mundo, desde sus búsquedas y preguntas quieren ver a Jesús. 

¿Seremos como Felipe, que desde la experiencia del encuentro con el Señor podemos decirles: vengan y vean, yo los conduzco hasta Él?

jueves, 19 de marzo de 2015

Día 20, EJERCICIOS ESPIRITUALES, Contemplación para Alcanzar Amor...

Día 20: Contemplación para alcanzar amor

Para escuchar el Audio hacer clik:

Hoy nos encontramos en el último encuentro de nuestros ejercicios en los cuáles hemos recibido muchas gracias para nuestra vida y la de los nuestros.

San Ignacio, para coronar los ejercicios nos invita a entrar en lo que él llamó la contemplación para alcanzar amor. Todos los ejercicios fueron para alcanzar amor, para que el amor del Señor nos alcance, nos llegue y también para que nosotros a ese amor lo entreguemos, lo hagamos servicio, lo donemos y seamos testigos de la vida nueva que el Señor fue haciendo germinar en nuestro corazón. A través de esta contemplación tenemos la posibilidad de permanecer una vez concluida esta experiencia de los ejercicios, en la presencia de Dios y encontrarlo en todas las cosas.

En cuanto a la estructura de esta contemplación el Padre Fiorito -sj, dice que la Contemplación para alcanzar amor es una recapitulación de la experiencia de los ejercicios. Los ejercicios han sido un encuentro personal con Cristo Nuestro Señor en el que se nos ha manifestado su voluntad y nos ha llamado a un servicio y a un seguimiento más de cerca.

San Ignacio comienza la metodología con una nota que dice: “Ante todo conviene advertir dos cosas: la primera es que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras. La segunda es que el amor consiste en comunicación de las dos partes, en el compartir y comunicar el amante con el amado lo que tiene o de lo que tiene y puede, y así por el contrario el amado a la amante”. En esta nota San Ignacio quiere remarcar que este amor no requiere del esfuerzo para ser alcanzado sino que es un amor que ya nos dio alcance.

Nosotros ya hemos sido alcanzados por el amor y por eso mismo la respuesta es el amor que se debe poner más en las obras que en las palabras. Y aquí podemos recordar los hermosos textos del Buen samaritano como también del lavatorio de los pies. “Ve y haz tú lo mismo”; “Ustedes serán felices si sabiendo estas cosas las practican”. Es un modo de poner en acción la gracia que pedíamos.

En la segunda semana cuando contemplábamos la vida del Señor, su nacimiento, su pesebre, su vida pública, pedíamos interno conocimiento del Señor para más amar y servir. Éste amor es recíproco, sólo es de a dos, y comunica lo mejor que tiene uno y se lo da al otro. Es decir, Dios me ha dado todo su amor y yo le respondo con todo mi amor. Es un intercambio de dones. “Amor con amor se paga”, dice Santa Teresita.

En cuanto a la metodología de nuestra oración no debemos olvidar como Dios nuestro Señor nos mira. Como lo veníamos haciendo, en la oración preparatoria decimos: “Señor, que este rato en el cuál me voy a dedicar a rezar y encontrarme con Vos, todo mi ser esté abierto a tu amor, a tu voluntad, a tu gracia”. Después la composición viendo el lugar. Aquí será verme delante de Dios nuestro Señor, de los ángeles, y santos que interceden por mí. Después será pedir “interno conocimiento de tanto amor recibido para que yo reconociéndolo completamente pueda en todo amar y servir a su Divina Majestad”.

Ponerme bajo la mirada y en oración con todos los santos, los ángeles, frente a Dios Padre, la Virgen, Jesús… Es un momento importante en donde le vamos a pedir a los ángeles y santos del cielo que intercedan por mí, para que me ayuden a reconocer todo lo que he recibido del Señor a lo largo de mi vida. Ésto consiste en hacernos conscientes de los dones recibidos, de entender nuestra vida como don y reconocerla como parte de la gratuidad amorosa de Dios, por lo que buscaremos responder al Señor con un gran agradecimiento. De ahí nacerá el descubrimiento de lo importante y el sentido que tiene en nuestra vida el amar y servir. Es un amor expresado en el servicio y es el fruto definitivo de los ejercicios espirituales.

Uno se va a ir dando cuenta que fue haciendo bien los ejercicios cuando brote de lo más profundo de nuestro corazón el agradecimiento, que se va a traducir en un servicio desinteresado al Señor y a mis hermanos. Esto nos llevará también a encontrar a Dios en todas las cosas.

La contemplación para alcanzar amor, es la síntesis de los ejercicios que nos lleva a descubrir que la vida de Dios es regalo, y pasar de creer que depende de los méritos acumulados a sentir el gozo inmenso del agradecimiento por la gratuidad recibida. Para ello nada más útil que recordar los beneficios recibidos en la vida entera y agradecer cuánto el Señor se ha dado en mi vida. El Señor se quiere dar, se ha venido dando a lo largo de toda mi vida, y lo va a seguir haciendo en todo el tiempo y el camino que me queda por recorrer. Es lo que nos ayuda a captar como la propia vida ha sido, está siendo, la historia de la fidelidad de Dios para con cada uno de nosotros.

Quiero dar las gracias a Dios por este regalo que me ha hecho de ayudar a otros a que Jesucristo sea más conocido y amado. En estos días hemos entrado en diálogo, nos hemos ayudado mutuamente a descubrir a Dios presente en nuestra vida. ¡Qué bueno! Hoy que terminamos nuestros ejercicios quiero dejarles a todos mi agradecimiento y la alegría por haber compartido esta experiencia tan linda de Ejercicios por la Radio.

Y para concluir y despedirme quería dejarles un texto del padre Arrupe que me parece lindo para que les quede como recuerdo de lo que es importante de ahora en más.

Enamórate, nada puede importar más que encontrar a Dios,
es decir, enamorarse de él de una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación
y acaba por ir dejando su huella en todo.
Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana,
qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana,
Lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón,
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! Permanece en el amor.
Todo será de otra manera.
P. Arrupe s.j.

Memoria agradecida y abandono a Dios

Hoy que terminamos con este mes de ejercicios ignacianos con mucha alegría y agradecimiento vamos a centrarnos en “La contemplación para alcanzar amor”, con la que Ignacio quiere que terminemos porque nos prepara para seguir el camino.

Es una contemplación para alcanzar amor, que también podría ser para crecer en amor y sobre todo para que el amor después se manifieste. El amor se manifiesta más en obras que en palabras dice San Ignacio. Dentro del mes de ejercicios, Ignacio en el texto es la primera vez que usa la palabra amor. Es como si Ignacio la reservara y la guardara para el final, aclarando que estamos hablando de amor que implica reciprocidad, un amar y ser amado. Además, éste amor se manifiesta en obras más que en palabras. Ignacio pretende que éste “buscar y hallar la voluntad de Dios para poder seguirla” que es la finalidad de los ejercicios, se de en la medida que crezcamos en el amor a Dios, a su voluntad y a lo que Él nos ha dado como misión. Deberíamos terminar los ejercicios amando más o deseando amar, o intentando amar más, pero no solo afectivamente o con lindas palabras (que por supuesto son importantes) sino sobretodo a través de los gestos. Se debería notar a través de nuestros gestos que hemos hecho ejercicios durante este tiempo.

Recordar con agradecimiento

Así como al comienzo los ejercicios nos hicieron recorrer la vida para ver nuestro pecado, ahora la recorremos para descubrir cuánto cuidado y cariño de Dios, todo lo positivo y lindo. Dice Ignacio “Traigan a la memoria, los beneficios recibidos, los beneficios de creación, beneficios de redención y dones particulares”. Los beneficios de creación tiene que ver con la vida, el hecho de haber sido creados, y esta vida que me toca vivir hoy; dar gracias por haber sido creados amorosamente por Dios con infinito amor. Los beneficios de redención, es sobre todo la gracia de la fe, este regalo inmenso que no viene pegado al hecho de nacer, sino que es un regalo de Dios.

Peter Van der Meer, en su libro “Nostalgia de Dios” se preguntaba después de su conversión “¿a quién le deberé yo el milagro de creer? ¿quién habrá rezado por mí sin yo saberlo? ¿cuál será el grado de sufrimiento ofrecido que hace que hoy día pueda yo creer? (…) Creo que parte del gozo del cielo va a ser cuando el Señor nos presente a las personas a quienes nosotros les debemos el milagro de creer y el milagro de llegar al cielo”.

Seguramente nos llevaremos una gran sorpresa. Quizás en el cielo, entre la gran alegría de encontrarnos con el Señor, también va a ser lindo cuando el señor nos ponga frente a frente con aquellos a quienes les vamos a tener que agradecer el milagro de la fe y el milagro posiblemente de nuestra redención. A veces Dios quizás se ha valido de tantas mediaciones y de tantas personas que han intercedido por nosotros. Ésto también incluye este pedido de agradecimiento en memoria de los beneficios de redención, la gracia de la fe.”

También traemos a la memoria los dones particulares que son mi familia, mi vocación, mi misión, las personas que Dios puso al lado de mi vida, las circunstancias y los hitos fuertes que han marcado mi vida.

En todo amar y servir

Ignacio nos hace recordar, y a continuación agrega “Ponderando con mucho afecto”. Recordamos con la cabeza, pero Ignacio nos propone hacer una memoria desde el corazón, “ponderando con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí”. Ignacio quiere que nos admiremos, que gocemos haciendo memoria de todo el cariño que el Señor me ha brindado de tantos modos tan misteriosos a lo largo de la vida.

San Ignacio como composición de lugar, quiere que nos pongamos junto al Señor, la virgen, San José, los apóstoles y aquellos santos a los que les tenemos devoción. Y pedimos “conocimiento interno de tanto bien recibido para que yo enteramente reconociendo pueda en todo amar y servir a su Divina Majestad”. Al hacer memoria, en este conocimiento interno de tanto bien recibido para que lo pueda reconocer y pueda crecer en amor, aparece este lema muy ignaciano ”En todo amar y servir”. Esto es lo que Ignacio pretende del ejercitante que termina los ejercicios. Significa buscar y hallar a Dios en todas las cosas, en todo amar y servir, es decir cuando estoy rezando, en la vida de mi trabajo, de mi familia, cuidando un enfermo, en todo y a todos. “Amar y servir a Dios en todas las cosas” quiere decir que la santidad es la fidelidad a lo que Dios me pide en el momento en que estoy viviendo. En todo amar y servir… cuando estoy de rodillas frente al Santísimo, en la misa, cuando estoy cocinando, descansando, jugando, trabajando o lo que sea.

Ignacio nos hace recordar, y el fruto de esta memoria es el ofrecimiento, es decir, viendo todo lo que Dios ha hecho por mí, la reacción natural del corazón es la ofrenda, brindarse enteramente al Señor. No es un ejercicio afectivo puramente sino que viendo tanto bien recibido la reacción natural es la oración con que Ignacio termina los ejercicios, que es una oración de total disponibilidad. Hemos empezado los ejercicios pidiendo la gracia de la disponibilidad y los terminamos con una oración de Ignacio de total disponibilidad:

Toma Señor y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad.
 Todo mi haber y poseer vos me lo diste, a vos Señor lo torno. 
Todo es tuyo, disponelo a Tu voluntad, 
dame tu amor y tu gracia que esta me basta.

Esta oración de disponibilidad es el fruto de todo un camino que hemos venido haciendo en los ejercicios. Hacia el final hacemos memoria agradecida y al darnos cuenta de todo lo que el Señor hizo por nosotros surge del corazón decir “Señor no puedo menos que ofrecer toda mi vida y ponerla en tus manos”.

Hacer memoria

Cabodevilla dice que la memoria es recordar el camino y calentar el corazón. Es un llegar a la conclusión de que el Señor estuvo y está en mi vida, por lo que no hay lugar a pensar que pueda dejar de seguir estando y cuidando de mí. La memoria es aquello que me constituye, es aquello por lo cuál yo soy yo, es la trama que unifica mi vida. La memoria para nosotros no es un archivo viejo guardado en un sótano, sino que es la médula espinal de mi alma. Decía Cabodevilla: Yo soy mi memoria.

Por otro lado es importante porque de la memoria nace la esperanza. Esto que canta tan lindo Julián Zini: Qué lindo mi pueblo que tiene memoria, seguro que tiene esperanza también. La esperanza se sostiene y se apoya sobre la memoria. Y el mismo Cabodevilla dice que si uno al hacer memoria se encuentra con que el pasado ha sido decepcionante y pareciera que no hay nada firme, aún en ese caso, todo náufrago puede rescatar de las aguas algunas tablitas de su barca deshecha y con esas tablitas armar una frágil y digna cabaña. Aún si al mirar al pasado lo encontramos repleto de cosas tristes, siempre hay materia suficiente para levantar una digna cabaña donde uno pueda encontrar cobijo. Quizás hay muchas páginas oscuras que si uno las tuviera que vivir de nuevo trataría de evitarlas, pero puestas en el tiempo tienen sentido.

La memoria del corazón es una lectura que hacemos desde los ojos de Dios. Fray Luís de Granada decía una frase muy parecida a la de San Ignacio: “La memoria sirve para hacer a los hombres agradecidos a Dios”. Toda oración debe ser acción de gracias. Tomar conciencia que hemos recibido mucho más de lo que podemos pedir. Es casi una obligación ejercitar la memoria, recuperar y detallar los recuerdos delante de Dios.

Ayer en la reflexión de los discípulos de Emaús ¿qué hace el Señor para calentarles el corazón y para consolarlos? Les hace recordar, los lleva allá al primer amor, los hace recordar porque la tentación de la tristeza y el escándalo de la cruz les ha traído el olvido. Se olvidaron de las gracias recibidas, de que el Señor les dijo que esto iba a suceder, y también de que después iba a resucitar. La memoria del corazón implica recuperar y detallar los recuerdos delante de Dios, incluidos los del evangelio y los de mi propia vida.

Un ejemplo aparece en el comienzo del evangelio de San Lucas, en donde María canta el Magníficat. Seguramente Ignacio es inspiró en el Magníficat de la Virgen porque en esas líneas aparece la memoria del corazón de la Virgen y del pueblo de Israel como un canto de alabanza, agradecido y jubiloso de tantos favores concedidos por Dios. “Mi alma canta la grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque…”. Todos podemos cantar nuestro propio Magníficat. Ignacio quiere que hagamos memoria de cuáles son las razones y los favores concedidos por Dios a lo largo de mi vida.

En la contemplación para alcanzar amor hay materia para una semana entera para rezar. En estos días estaría bueno animarse a “perder tiempo” en traer a la memoria personas, situaciones y dar gracias. A la vez entrelazar ese agradecimiento con el ofrecimiento de nuestra vida y de todo nuestro ser. Santo Tomás decia que “de las cosas pasadas conviene sacar argumentos para los sucesos futuros” por eso, la memoria del pasado es necesaria para aconsejar bien en el futuro.

En la mitología griega aparece Teseo como símbolo de la memoria. El personaje es aquel que mata al Minotauro en el laberinto de Creta. Para salir del laberinto, comienza a recoger el hilo que su amada le había dado antes de entrar y que fue desenrollando mientras caminaba. Encontró la salida simplemente recorriendo el hilo. La memoria muchas veces tiene fuerza para sacarnos de esos momentos de la vida donde nos sentimos en un laberinto, sin salida y sin saber para donde rumbear y sin poder recordar cosas lindas. Son esos momentos en donde el corazón y el alma se ofuscan, y perdemos los puntos de referencia. Las memorias de las gracias recibidas muchas veces nos da esa pequeña luz que necesitamos para salir de los laberintos de la vida.

Hay una sabiduría escondida en la memoria y ella también es un lugar de meditación. En el Salmo 43, 5 dice “Recuerdo los tiempos pasados, considero todas tus acciones”. Recordar es hacer presente. San Agustín decía: “En qué santuario te encuentro Señor”, y se respondía: “Tú le has concedido a mi memoria este honor de residir en ella”. Agustín decía que la memoria es como un sagrario, un lugar donde yo lo encuentro al Señor, no sacramentalmente, pero sí encuentro las marcas de su paso a lo largo de mi vida.

Les propongo recuperar la memoria de nuestro camino personal, hacer memoria de cómo nos buscó el Señor, de mi familia, de mi pueblo… Dicho así: pierdan tiempo. Y por eso les digo ojala puedan quedarse algunos días más con este texto. Quédense recordando a su abuela si les hacen bien, momentos de la infancia que te marcaron para siempre, consejos de tus padres, experiencias con tus hermanos, con tus amigos… el recuerdo de tu primera comunión, la partida de los que hemos querido y nos marcaron en la vida. Será un “perder tiempo” recordando, un ejercicio que lo tenemos muy descuidado quizás por el mismo ritmo de vida pero que es fundamental para el ser humano.

Textos de la Palabra

Hacer memoria con la propia vida ya nos debería dar materia suficiente para la oración de varios días. De igual modo les propongo algunos textos por si les ayuda a rezar.

Hebreos 10, 32 – ss. “Traigan a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados hubieron de soportar un duro y doloroso combate (…) No pierdan ahora la confianza”. Es la memoria de las luchas que hemos tenido y Dios nos ha rescatado. Podemos traer a la memoria aquellos duros y dolorosos combates que soportamos, dejarnos decir por el apóstol: “No pierdas ahora la confianza”, como diciendo “oiga, no me afloje ahora, acuérdese que hemos tenido unas batallas interesantes en la vida… acuérdese que en aquellas también pensábamos que estábamos perdido y Dios nos rescató”.

Hebreos 13, 7: “Acuérdense de sus dirigentes”. Nos referimos a los papás, tus abuelos, tu maestro bueno de primaria, tu catequista, tu hermano mayor. “Acuérdense de sus dirigentes, de aquellos que les anunciaron la Palabra de Dios y considerando el final de su vida imiten su fe” dice el texto. Traemos a la memoria esas personas que fueron significativas y marcaron nuestras vidas. Qué picardía que se nos haga más fácil recordar los que nos hace sufrir, y se nos dificulta acordarnos con más frecuencia aquellos que nos han hecho tanto bien.

Deuteronomio 8, 2-6 dice: “Acuérdate del camino recorrido y date cuenta”. Si la gracia es la memoria la tentación es el olvido. Dice allí entonces bellísimamente: “Acordate del camino recorrido y date cuenta, no vayas a olvidarte estas cosas que tus ojos han visto ni dejes nunca que se aparten de tu corazón”. No nos olvidemos de lo que los ojos del corazón vieron ni dejes nunca que se aparte de tu corazón.

Deuteronomio 8, 11-20: “Guárdate de olvidar jamás a Yahvé, no sea que cuando comas y quedes satisfecho, cuando construyas casas cómodas, cuando se multipliquen tus ganados y tengas oro en abundancia, tu corazón se ponga orgulloso y entonces olvides a Yahvé que te sacó de Egipto, de la casa de esclavitud”. El texto habla al pueblo de Israel, que así como la desesperanza es la tentación en el desierto, cuando llegan a Canaán la tentación es el olvido de quién te condujo en el camino. A veces la comodidad, cuánto más la sobreabundancia, la opulencia trae el olvido de a quienes le debemos la gracia y nos atribuimos a nosotros mismos cosas que no son nuestras, son puro regalo de Dios. Esa es la gran tentación del poder.

Deuteronomio 15, 15 que dice: “Acuérdate que tu también fuiste esclavo en tierra de Egipto”.La memoria nos hace misericordiosos.

La Virgen Santísima, es el icono de la memoria. Ella es quien “guardaba todas estas cosas en su corazón” dice el evangelio.

Esta es la gracia con la que Ignacio termina los ejercicios. Así como la primera gracia de la resurrección fue la alegría y la hemos trabajado, la segunda gracia que está muy unida es la memoria agradecida para “agradeciendo ofrecerme mucho”.

Además de la oración de disposición que ya compartimos de San Ignacio, aparece otra muy linda de Charles de Foucauld: “Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea. Te doy gracias. Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo, Con tal de que se cumpla Tu voluntad en mí Y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te encomiendo mi alma, te la entrego con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con infinita confianza, Porque tu eres mi Padre.”

O quizás aquella que decía San Agustín al final de su vida: “Señor lo que quieras, cuando quieras, y del modo que tu quieras”. ¡Qué triología más hermosa y a la vez exigente!.

Les propongo este ejercicio y ojalá se animen a prolongarlo y tengan la “valentía” de tomarse varios días recordando y ofreciéndose mucho, como dice San Ignacio.


Mi agradecimiento grande a la Hermana Marta y a cada uno de ustedes queridos oyentes de Radio y usuarios de Oleada Joven desde distintos puntos del país.
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Mi agradecimiento a Dios por regalarme compartir con ustedes este Don de los Ejercicios Espirituales.

Para los que deseen quedar en contacto, les dejo este mail: ee.ignacianos@gmail.com

AMGD

miércoles, 18 de marzo de 2015

Día 19, EJERCICIOS ESPIRITUALES, Los Discípulos de Emaús...

Día 19: Los Discípulos de Emaús


En este día seguiremos contemplando al Señor que ha resucitado. Decíamos en el día de ayer que San Ignacio nos hace pedir gracia para “alegrarme y gozarme de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor”. Esta alegría y este gozo es don y hay que pedirlo, nos dice la hermana Marta Irigoy. Se trata de una alegría y un gozo espiritual que se orientan hacia Cristo para participar de su alegría. Esta petición la vamos a renovar a lo largo de toda la jornada, más allá del tiempo que le dediquemos a la oración, vamos a ir pensando y pidiendo esta gracia de la alegría. La pedimos insistentemente porque tenemos que ir descubriendo cómo llevar después esta experiencia de los ejercicios, la gracia de la vida de Dios, a nuestra vida cotidiana. Así poder vivir una espiritualidad que se alimenta de la vida de Dios, para compartir su amor en una vida de servicio y descubrir al Señor que camina de nuestro lado y se hace compañero de camino.

Nos detendremos hoy a considerar cómo la Resurrección hace que la vida divina se manifieste con todo su esplendor. Decíamos ayer que en la Resurrección estalla la vida divina manifestando toda la gloria de Dios. Jesús resucitado no oculta su divinidad, sino que manifiesta sus cualidades divinas para que los discípulos las experimenten y puedan así ser testigo de la resurrección. Como dice San Juan en su carta: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la palabra de vida, es lo que les anunciamos”. Y a la misma experiencia estamos invitados cada uno de nosotros, a ser testigos de esta vida.

Vamos a mirar hoy este oficio de consolar que ejerce Cristo nuestro Señor. Él durante toda su vida lo ha hecho. Para eso vino al mundo, para anunciar la buena noticia a los pobres, consolar a todos los que están de duelo… Sus amigos estaban de duelo y se acercó a cada uno según su necesidad.
Lo que quiere hacer San Ignacio a través de las contemplaciones de las apariciones del Señor resucitado, es que el ejercitante, cada uno de los que hacemos estos ejercicios, descubra por sí mismo cada uno de los gestos o palabras de consuelo del Señor a sus amigos y cómo los envía a consolar a otros. También cómo ellos se consuelan entre sí y comienzan su misión. “Consuela a mi pueblo” dice el profeta. Todos y cada uno de los discípulos hace una experiencia personal de la resurrección, y la comunidad reunida también, cada uno conforme a su necesidad.

A través de estas experiencias de la Resurrección, cada uno de nosotros, va a ir encontrando el impulso para consumar la reforma de vida, esto de ordenar la propia vida para después acompañar al Señor en su camino pascual. Recibir esta gracia de la resurrección hace que nosotros podamos decir un sí profundo a la voluntad de Dios sobre la propia vida que lo capacita para servir en la iglesia, descubriendo el lugar que está reservado para cada uno. Jesús resucitado muestra que todavía la tarea está sin terminar y una parte del trabajo les corresponde a cada hombre y a cada mujer de la historia. Cada uno de nosotros tiene un puesto y un lugar para seguir anunciando al Señor resucitado. Cada uno de nosotros somos invitados a ser testigos de la vida nueva que hemos recibido del resucitado. De esta experiencia nace la misión de la Iglesia, en donde somos enviados.

El camino de EmaúsPadre Angel Rossi sj

En estos últimos encuentros que vamos a tener, hoy y mañana, Ignacio nos hace pedir insistentemente la gracia de la alegría y el gozo de Jesús. Esto es una alegría que está en el Señor, Él es la fuente de esa alegría, por lo tanto se la pedimos a Él.

Hoy vamos a meditar en torno a los discípulos de Emaús (Lucas 24, 13- ss). En la escena vemos a estos dos discípulos que se van yendo a Emaús; el Señor los ha citado en Galilea y ellos en cambio se van con aire entristecido a Emaús, a contramano. Emaús significa encuentro, el encuentro con el Señor desde la Palabra y después el pan como símbolo de la eucaristía y el encuentro con Él, pero también a Emaús, yo le llamo “la capital del raje”. En un primer momento es la huida de Jerusalén como lugar de la cruz y a la vez también es el raje del gozo. Jesús los ha citado en Galilea para encontrarse, y ellos van para el otro lado. A veces en nuestro corazón también se dan estas huidasHuimos de la cruz; también del gozo.

Les propongo para la meditación de hoy dos momentos: el camino de ida hacia Emaús y la transformación que se da en ellos tras reconocerlo en el partir el pan.

Estas dos personas que caminan juntas es evidente que no van felices, van con la cabeza gacha, el paso cansino, no se miran el uno al otro, no parecen tener metas… más que ir a Emaús, están escapando de Jerusalén y de Galilea. Emaús es algo así como un pretexto. Los biblistas y los arqueólogos dicen que es difícil probar hoy dónde fue realmente Emaús, de hecho aparece en el mapa antiguo. Sabemos la distancia pero no sabemos bien en dónde es, lo cual visto desde lo espiritual, viene bien porque Emaús puede ser en cualquier lado. Es el lugar donde nos escapamos de la cruz, y también cuando no aceptamos el gozo de la resurrección.

Hay muchas formas de Emaús, y de hecho cada uno tiene su propio Emaús. Sería interesante poder reflexionar sobre uno mismo, ponerle nombre a mi Emaús. Para unos Emaús es la dispersión, para otros el ensimismamiento, para otros es el enfrascarse en el estudio, o Emaús puede ser la tristeza… ¿cuál es mi Emaús? ¿Adónde me escapo cuando se me hace pesada la cruz o cuando me resisto al gozo?. No solemos ser muy originales, no tenemos muchos Emaús, solemos ser muy repetitivos en los modos de escaparse por lo que sería importante descubrirlo y ponerle nombre al a donde me escapo.

Y a la vez es hermosa la imagen de estos hombres que van caminando y el Señor que los sale a buscar y camina con ellos. Ellos hace poco tiempo habían conocido a alguien que había cambiado su vida y que ahora, aquel que prometió tanto había muerto. En realidad está resucitado, pero en el corazón de ellos está muerto, no le creen a las mujeres que dicen haberlo visto, lo han perdido. Al perderlo a Jesús se han perdido a sí mismos, no tienen hogar, su corazón esta rumeando una tristeza, están sufriendo una pérdida. Nuestros dolores generalmente están unidos a las pérdidas. Pero hay muchas formas de pérdidas. A veces son pérdidas de personas, pero también hay otras cosas que podemos perder: a veces la intimidad, la seguridad, la inocencia, el amor, el hogar, los hijos… a veces también hemos perdido nuestros sueños y preocupados, angustiados somos incapaces de hablar de cosas lindas.

Entre resentimientos y lamentaciones

Nowen dice que frente a las pérdidas tenemos dos opciones. Por un lado el resentimiento, que es la imagen de estos hombres, un ir caminando, e ir a la eucaristía con el corazón roto por las pérdidas, las nuestras y las del mundo. “Nosotros esperábamos…” dicen los discípulos. Es una expresión muy humana y nosotros también la podemos hacer propia. ¿Nosotros que esperábamos? esperábamos a esta altura ser mas buenos, una tranquilidad económica y por lo que sea la hemos perdido… nosotros esperábamos mas gratitud de nuestros hijos, un matrimonio más lindo, un ministerio sacerdotal más fecundo. “Nosotros esperábamos”… cada uno póngale nombre a esta frase que está indicando un desencanto, la experiencia del fracaso, de algo que se esperó y se nos prometió y finalmente no se dio. El resentimiento es una fuerza destructiva, y el Cardenal Martini la define como una ira fría que se instala en el centro mismo de nuestro ser, endurece nuestros corazones y hasta puede convertirse en una forma de vida. En la medida que lo dejamos anidar en el corazón se vuelve un modo de ser, de juzgar, de tratar a la gente y ese resentimiento empieza a impregnar mis palabras, mis comentarios, mis juicios y mi obrar.

Hay gente que vive de los resentimientos, y algunos están tan acostumbrados a hablar de las personas que no les gustan o recordar que le han hecho daño que dicen por allí “yo no sé cómo sería mi vida si no hubiera nada de qué quejarme ni nadie a quien culpar”. Un autor, decía hablando de la tristeza, que no es lo mismo que el resentimiento, que el primer paso para dejar la tristeza era dejar de amarla. Acá podríamos decir lo mismo, a veces uno se enamora de su resentimiento, porque convive con ello y se va como metiendo en el corazón.

La segunda posibilidad de reaccionar frente a las pérdidas es la eucaristía, es optar no por el resentimiento sino por el agradecimiento. Eucaristía significa acción de gracias, pero para llegar a ese agradecimiento no hay que ser ingenuo. Quien sufre una pérdida no puedo pasar al agradecimiento de golpe, entonces hay un camino que es lo que se llama la lamentación. En la Biblia está el libro las lamentaciones y el evangelio también está lleno de lamentaciones. Por ejemplo: Marta, “Si tu hubieras estado aquí mi hermano no hubiera muerto” o los discípulos frente a la tempestad, “Señor no te importa que nos hundamos”.

Los santos y las personas que han estado muy cerca de Jesús no han tenido ningún reparo en lamentarse de sus pérdidas al Señor. Por lo tanto para poder pasar del resentimiento al agradecimiento y no quedar estancados, un camino es pasar por las lamentaciones. La lamentación es en vez de asfixiar la queja en mi corazón, abrirle un espacio. Hablar con Dios de aquello que me tiene mal, y animarse es es el primer paso, porque a veces algunos pudorosamente no se animan a lamentarse y el resentimiento adentro termina haciendo mucho más daño. No tener miedo que surjan las lágrimas, que le lloremos al Señor aquellas cosas que sentimos que humanamente nos cuestan, y en algún aspecto nos parece que ha sido injusto. Se dice que las lágrimas ablandan el corazón y nos abren al agradecimiento, y éste es el desafío.

Después de este paso de la lamentación vamos yendo a la eucaristía, hacia la acción de gracias. Vivir una vida eucarística no es solo ir a comulgar todos los días, es vivir la vida como un don y en clave de agradecimiento. Mientras sigamos empeñados en quejarnos de los tiempos difíciles, de las terribles situaciones, del insoportable destino, va a ser difícil que lleguemos al agradecimiento. Cuando entramos de verdad en lo más hondo de nuestro corazón, uno constata que por debajo de nuestros escepticismo, hay una ansia de amor, de unión que no desaparece a pesar de todo. En lo hondo tenemos una reminiscencia de nuestra infancia, y dice Nowen que hay una zona nuestra que se conserva buenita e inocente, una zona no herida de nuestro corazón. Es importante saber redescubrir estos espacios nuestros.

Quedate con nosotros

“Jesús camina con ellos”, esta imagen hermosa de un Señor que no irrumpe, que no se tira del árbol, ni interviene con un rayo, sino que camina con ellos con una paciencia inmensa. Pero ellos no lo reconocen. A veces la misma tristeza y el desencanto hace que no nos demos cuenta que el Señor camina junto a nosotros. “El Señor les fue calentando el corazón”, una expresión hermosa. Les contó la Palabra de Dios y a la vez les fue haciendo recordar; la memoria agradecida nos calienta el corazón. Jesús camina con ellos, les va calentando el corazón y aquellos hombres ya no miran el suelo sino que miran a los ojos de este extraño que les pregunta de qué venían conversando por el camino. Quizás una pregunta que cada uno de nosotros la puede hacer propia, sentir que este Señor que camina con nosotros nos pregunta personalmente: “¿Qué venís conversando por el camino?, ¿Cuáles son los temas en el camino de tu vida en este momento? Háblame de tus ausencias, de tus pérdidas, de las cosas que te entristecen, las cosas que te alegran”.

El Señor les está como tirando la lengua para que ellos puedan sacar afuera aquello que los tiene cabizbajos y encerrado en sí mismos. Y a medida que escuchan al desconocido, algo va cambiando de a poco en aquello dos tristes viajeros. Cuando llegan a la casa, el Señor amaga con pasar de largo y ellos le dicen “Quédate con nosotros”. Todavía no lo reconocieron pero les brota este sentido de hospitalidad, y quieren recibir a este peregrino que ha caminado con ellos y que les ha hecho tanto bien. Es interesante la escena porque uno a veces está más acostumbrado a pensar que el Señor nos invita a nosotros que nos quedemos con Él, pero también Jesús quiere que nosotros lo invitemos a nuestra casa y a sentarse a nuestra mesa. Él nunca nos impone su presencia.

No dejemos que aparezca simplemente como un desconocido inteligente con el que hemos mantenido una interesante conversación. Incluso después de haber hecho desaparecer gran parte de nuestra tristeza y de habernos mostrado que nuestras vidas no son tan insignificantes ni tan miserables, Jesús puede seguir siendo para nosotros una persona extraordinaria que se cruzó en nuestro camino, un personaje poco común del que podemos hablar a nuestros familiares y amigos, muy estimulante, muy atractivo, pero que en definitiva pasa, lo dejo seguir de largo, lo conocí y dijo cosas lindas, pero nada más. Lo nuestro es mucho más que eso. A veces en el trato con el Señor puede pasar que una relación periférica, similar a lo que nos pasa en nuestra sociedad en donde los encuentros son muy ocasionales y las relaciones normalmente no son profundas.

Solo invitando al otro a venir y quedarse se puede dar un encuentro interesante y una relación transformadora, no solo con Jesús, sino también con la gente. Una posibilidad es agradecerle lo lindo, el caminito que nos acompañó, las ideas lindas que nos dijo… Él nos dio animo y bueno ahora sigo mi camino. La otra posibilidad es decirle “te he escuchado y siento que mi corazón está cambiando, por favor no solo no pases de largo, vení a mi casa y mirá como vivo”.
Jesús es una persona muy interesante, sus palabras están llenas de sabiduría, su presencia reconforta el ánimo, su amabilidad es conmovedora… pero acá viene la gran pregunta: ¿lo invitamos a nuestra casa? ¿Queremos que venga a conocernos, allí entre las paredes de nuestra vida más íntima, lo hondo del corazón? ¿Deseamos presentárselo a todas las personas con las que vivimos? ¿Permitimos que este peregrino nos vea tal como somos en nuestra vida diaria? ¿Estamos dispuestos a dejarle tocar nuestros puntos más vulnerables? ¿Le permitimos entrar a aquel lugar del corazón que a veces nos esforzamos por mantener cerrado? ¿Queremos que realmente se quede con nosotros cuando anochece y el día toca su fin?

Ésta es la pregunta que se hace Nowen y también nos hacemos nosotros. “Quédate con nosotros, siéntate a la mesa”, la eucaristía requiere esta invitación. Una vez que hemos escuchado su Palabra, sería bueno que surja de nuestro corazón un “confío en Vos, me entrego en cuerpo y alma, no quiero tener secretos para Vos, podes ver todo lo que hago y lo que digo, no quiero que sigas siendo un desconocido, sino mi más íntimo amigo. Quiero que me conozcas no solo mientras camino y hablo con mis compañeros de viaje, también cuando me encuentro a solas con mi sentimiento y mis pensamientos más íntimos”. El desafío es poder decirle a Jesús “quédate con nosotros, sentate en la mesa” como símbolo de intimidad.

En un documento del episcopado argentino “Jesucristo, Señor de la historia”, los obispos dicen:

“Él está allí para encontrarse con nosotros, para ofrecernos un abrazo de amistad que calme nuestras angustias y alivie nuestros cansancios. Él está allí para escuchar aquello que con nadie podemos conversar. Está allí para decirnos lo que más necesitamos escuchar. Está para alimentarnos en el camino y derramar su Espíritu de vida en nuestros corazones, porque Él quiere sanar nuestra debilidad, impulsarnos a la lucha por la verdad y la justicia, y preservarnos de las atracciones del mal que nos seduce y enferma”.

Es fuerte el símbolo de la mesa. Los discípulos de Emaús no sólo lo hacen pasar sino que lo invitan a compartir la mesa. La mesa es símbolo de intimidad, es el lugar donde rezamos, donde en familia nos preguntamos “qué tal día has tenido”, donde no nos hablamos, donde nos damos ánimo entre nosotros… es el lugar donde se cuentan historias nuevas y viejas, espacio de las sonrisas y las lágrimas, es el lugar donde la distancia (cuando existe) se hace más dolorosa y evidente, es el lugar donde los hijos perciben las tensiones de sus padres, donde los hermanos expresan sus enfados y envidias, donde se hacen acusaciones e incluso donde los platos pueden convertirse en instrumento de violencia. Todo eso es la mesa.

Sentarlo al Señor a la mesa es dejar al desnudo lo que somos. En la mesa no se puede disimular, sobre todo cuando no hay lugar para embellecerla. En torno a la mesa sabemos si hay amistad, unidad, si hay odio, división en la familia, en nuestra comunidad, y es el lugar donde la falta de intimidad se revela más dolorosamente. En la mesa se hacen reales la familia, la comunidad, la amistad, la hospitalidad, la generosidad.

Estalla la misión

En la segunda parte del relato que estamos meditando, los discípulos vuelven de Emaús y ya todo ha cambiado. Las pérdidas ya no es algo que los debilita, ni la casa es un lugar vacío, sino que los caminantes que antes estaban abatidos vuelven con alegría, con paz, con esperanza, se les ha dado un nuevo corazón y un nuevo espíritu. Ya no son dos que se consuelan mientras lloran lo perdido, ahora tienen una nueva misión y algo que decir en común. Rápido se pusieron en camino para volver a Jerusalén. Los demás necesitan saber que no ha terminado todo, que Él está vivo y que ellos lo han reconocido al partir el pan.

“Apresurémonos”, se dicen el uno al otro. Se calzan las sandalias, se cubren con el manto, se ponen en camino, y dice el texto “Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén”. Qué diferencia entre el modo en que iban y el modo en el que vuelven. La duda se convierte en fe, la desesperación en esperanza, el miedo se ha convertido en amor.

Volver a Jerusalén no es fácil, la Eucaristía no termina con la comunión, termina con la misión. “Vayan y cuéntenlo”. Vuelven al lugar donde salieron, Jesús no los manda a tierras lejanas. Nos manda a los nuestros que muchas veces son los más difíciles. A veces uno puede estar tentado y quiere ir a llevar el mensaje a otro lado dejando de ser testigo de la resurrección en nuestra propia casa.

Todos los encuentros con Cristo resucitado se vuelven misión, se vuelven anuncio, para volver a la comunidad y no quedarse en sí mismo. Siempre necesita el espacio del anuncio. La misión referida a la familia, los amigos, quienes son importante en nuestra vida. Qué gran desafío, la autenticidad de nuestra experiencia es puesta en prueba por quienes nos conocen. Lo más difícil es hacer de manifiesta la resurrección con los que conocen nuestra impaciencia, nuestros resentimientos, nuestras relaciones desechas, nuestras promesas incumplidas y nuestros compromisos rotos.

¿Podemos realmente decir que lo hemos encontrado a Cristo en el camino, que hemos recibido su cuerpo y su sangre y que nos hemos convertido en Cristo viviente? Escuchamos esto y ya nos parece como muy fuerte.

La vida vivida Eucarísticamente es vida de misión. Vivimos en un mundo que llora constantemente sus pérdidas. Cánceres, guerras, sida, enfermedades duras, terremotos, inundaciones, accidentes… Son muchos los seres que caminan abatidos por la superficie de éste planeta, y que de una o de otra manera nos dicen “Nosotros esperábamos, pero hemos perdido las esperanzas”. La vida eucarística es la que nos da la fuerza para caminar con ellos y no porque seamos mejores. Nos permite animarnos a escuchar historias de soledad, de rechazos, de miedos, de abandono, de tristezas.

La invitación también es a desafiar a los compañeros de camino. Elegir el agradecimiento en lugar del resentimiento, la esperanza en lugar de la desesperación. Pero es importante que lo vean en nosotros. No vamos a resolver todos los problemas pero si animarnos a despertar en los demás la pregunta, ¿Hay personas que en memoria de Él se reúnen en torno a la mesa y hacen lo que Él hizo? ¿Hay personas que siguen contándose unas a otras sus historias de esperanza y salen juntos a ayudar a sus semejantes?.


Les propongo entonces, pedir la gracia de la alegría y del gozo de Cristo resucitado, porque de verdad la necesitamos. San Ignacio dice que Jesús viene con el oficio de consolar. Y como dice San Pablo, “Somos consolados para poder consolar”. Al lado nuestro hay muchos que caminan abatidos y necesitan no genios ni grandes hombres, sino personas frágiles, quizás más frágiles que ellos mismos, pero que ponemos la confianza en este Señor que entra dentro de nosotros, que se sienta en la mesa del corazón y parte para nosotros el pan.