sábado, 25 de mayo de 2013

Trinidad, "Comunidad de la Misericordia"...

Escrito por Miryam MARTIN ALONSO. -Extractado de la Revista Sal Terrae  96 (2008) 685-692-

Quisiera comenzar recordándote esta imagen: 







Como ves, se trata de "La Trinidad de la Misericordia", realizada por Caritas Muller (dominica suiza).

En este icono se muestra en tres círculos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que se inclinan hacia el ser humano.
  •  El Padre sostiene a éste con sus brazos;
  •  El Hijo le sirve en el gesto inconfundible del lavatorio de los pies;
  •  El Fuego del Espíritu alienta y fortalece su actuar conjunto, como   expresión inédita del amor.
Así es el Dios cristiano:
  •  Dios comunión.
  •  Dios es el Padre-Madre,
  •  el Hijo y el Espíritu Santo en comunión; nadie es anterior o posterior.
Ni siquiera se puede hablar de tiempos, como nosotros acostumbramos. En el principio no está la soledad de uno, de un ser eterno solo e infinito, sino la comunión ofrecida y entregada totalmente de uno para otros. Un solo Dios que es comunión.

Pero, además, no se trata de una comunidad cerrada en sí misma. Toda la creación significa un desbordamiento de vida de la Trinidad entera que se entrega, incluyendo a toda la humanidad en esa misma expresión de amor.

Por eso puede que te sorprenda esta imagen cuyo centro lo ocupa el ser humano roto y herido. Me gustaría que pudieras acercarte a este icono actual, que representa muy bien esta entrega.

  • MOMENTO CONTEMPLATIVO
La invitación es que puedas tomarte unos instantes para tomar conciencia y saborear el saberte ante Dios desde el profundo silencio y la comprometida Palabra.

Que intentes acercar la Trinidad a tu experiencia cotidiana, adorando al Dios que toma la iniciativa en el amor y la relación con la humanidad.

Lo que vamos a hacer es, pues, situar en el centro del relato a la propia humanidad rota y herida, la humanidad sufriente, de la misma forma que aparece en el icono de la Trinidad de la misericordia, como expresión del mismo Dios manifestado en Jesús, volcado en lo más pequeño y débil de la sociedad…

Trae a la oración a la humanidad sufriente, que día a día se te confía…

    A la que convive con vos y es parte de tu “paisaje cotidiano”...  
    A la que te encuentras fuera de tu casa y ya se te ha hecho “paisaje conocido”...
    A la que te habita interiormente –lo herido en tu corazón-

Quédate, adorando a este Dios Trinitario, que te invita a formar parte de “esta comunidad de misericordia”…


Y recuerda que a Dios ≪no le resulta ajeno nada de lo humano≫…

sábado, 18 de mayo de 2013

Un Espíritu que Mantiene Viva la Esperanza...

Fuente: CEP -Centro de Espiritualidad y Pastoral-

El Evangelio de Juan (Jn. 20, 19‑23), expone tres acentos del único Pentecostés: uno, la experiencia personal del Espíritu; otro, la comunión entre los que se han convertido en amigos y amigas de Jesús; y tercero, la disposición al mayor amor y al mayor servicio al mundo.
Tras la Ascensión del Señor, los discípulos experimentaron la mezcla de dos aspectos muy propios del crecimiento en la fe: el silencio de Dios y su consuelo. Y no puede ser de otro modo, porque Dios entabla su diálogo con la persona concreta, mediante su silencio y su consuelo.
Cuando Dios “se calla”, la persona se ve impulsada a madurar en la pura fe y a enraizar su libertad en el verdadero amor, más allá de toda seguridad y consuelo. El silencio de Dios se ordena a la pedagogía de la gratuidad del amor, donde la persona se hace más consciente de que si algo puede, lo puede en Dios...
Pero también, cuando Dios “da su consuelo”, hace que todo hombre o mujer se sientan amados, aun sin merecerlo, y esto es la vida. Eso es lo que experimentamos en Pentecostés: el consuelo, fruto del amor de Dios que abruma y anonada, libera y desata (Cf. Arzubialde).
Pentecostés no puede dejar de remitirnos a Jesús. Por eso el evangelio de Juan coloca la entrega del Espíritu en medio del reconocimiento del Señor por las marcas que Él lleva grabadas para siempre: las marcas de la pasión. Unas marcas que se convertirán también en el distintivo de nuestras vidas, al ritmo que va creciendo nuestra amistad con el Señor.
El primer efecto del Espíritu Santo es la alegría por la presencia y reconocimiento del Señor resucitado que nos hace volver al Crucificado. Esta alegría transforma cerrazones, disipa miedos, unifica a la persona, la hace libre y disponible (EE 329 y 316,4). Nos abre a la novedad de Dios.
En Pentecostés, Jesús traspasa a sus hermanos la misión que Él ha recibido del Padre. Un pase de misión que se da gracias a la confianza que crea y recrea la alianza entre los amigos en la fe. Una alianza que llega a ser comunión permanente en la medida que se concreta en actuaciones de generosidad y servicio.

Jesús da su Espíritu para realizar una tarea paradigmática: perdonar y retener. Se trata de la misión de sanar a la humanidad. El Espíritu que reciben los amigos de Jesús los habilita para responder con creatividad e inventiva ante el gran desafío del perdón que es el rostro más visible del amor.

Quien tiene Espíritu Santo se abre y dispone al perdón mediante el encuentro reconciliador y el diálogo que sabe reconocer, valorar y respetar al otro. Se hace experto en deshacer nudos y en romper cadenas, en abrir surcos y en arrojar semillas, en curar heridas y en mantener viva la esperanza. 

jueves, 16 de mayo de 2013

En la Novena del Espíritu Santo, Pidamos ser Movidos Por el Mismo Espíritu que Movió a Jesús...

Escrito por Mikel Hernansanz


"Es Jesús quien da rostro al Espíritu y hace que éste no sea una fuerza anónima y abstracta o una especie de iluminación para ver lo profundo de las cosas. No queremos ser movidos por un espíritu cualquiera sino, precisamente, por aquel que "habitó y empujó " a Jesús. Un Espíritu que sabe a Padre-Madre y que sabe a Reino-Sueño. Quisiéramos que de tanto mirar a Jesús, de tanto empaparnos de Él, de su presencia, de su hacer, de su fuerza salvadora... se nos fuera contagiando un poco de su mismo Espíritu.

Ese Espíritu nos adentra en esa experiencia de Jesús por la cual percibimos que toda la realidad, incluida la más cruel, está envuelta en la ternura de su Dios-Abba. Y eso nos llena de confianza. Y, a la vez e inseparablemente, el Espíritu de Jesús nos sumerge en la dinámica del Reino, en ese Sueño de Dios que ya está en marcha, aunque sea en forma de grano de mostaza, y que asoma cuando los pobres (y lo pobre que hay en nosotros) cobran futuro y esperanza. Y eso nos anima entregar nuestra disponibilidad y las muchas o pocas fuerzas de las que disponemos.

A nosotros nos toca ser humildes versiones actualizadas de esa experiencia de Jesús. Traerla a nuestros contextos y a nuestro tiempo. Esto no lo haremos a base de puños, sino a base de mucho ser transformados y configurados por el Espíritu de Jesús. Es una cuestión de "trasvase ", esto es, de que algo de lo que vivió Jesús y del modo de vivirlo pase a nosotros y nos trabaje por dentro. Y esto es tarea del Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones.

Nos toca hacer las mismas obras que hizo Jesús: traer esperanza, hablar bien de Dios, levantar, sanar, pasar haciendo el bien... pero hacerlas como Él las hizo, con la misma confianza en el Padre, con el mismo respeto a la libertad de las personas, con su misma paciencia y entrega. Y, ojalá, con un poco de su mismo amor. Y esto sólo puede ser obra del Espíritu, que hace en nosotros y a través nuestro... Si Él quiere... hasta donde Él quiera.

Una Oración:

"Que tu Espíritu, Señor, no se apague ni se extinga porque nos va la vida en ello, porque sabemos de sobra que sin Ti no podemos nada.

Que tu novedad y tu Gracia no encuentren tierra dura en nosotros o si la encuentran que no por ello te detengas. Haz tu obra en mí y, si Tú quieres, también a través de mí. Haz tu obra en nosotros.

Que no te echen para atrás ni mis resistencias ni mis pecados.

Enséñame a estar en la vida atento a tu presencia y a tu paso, sin afanes de protagonismo o de reconocimiento, con esa paciencia activa y humilde que nace de Ti.

Enséñame a ver nuevas posibilidades donde sólo parece haber desesperanzas. No te pido que me libres del cansancio, ni que la vida no me lastime, ni tenerlo todo más o menos claro; te pido luz y fuerza para este trocito de camino que estoy haciendo hoy, dejando en tus manos el mañana.

Enséñame a encontrarte en lo profundo, en lo complejo y en lo mezclado de la realidad y del corazón de las personas, donde Tú habitas.

Enséñame a vivir en tu presencia amorosa que lo llena todo, que lo invade todo, que lo penetra todo.

Muéveme a decir "Jesús es mi Señor ", en una mezcla de admiración, intimidad, agradecimiento y disponibilidad. Muéveme a hacer sus mismas obras y con su mismo Espíritu.

Que el agradecimiento por tanto bien recibido 
sea mi más limpio motor para seguirte "
Amén


viernes, 10 de mayo de 2013

Alegría, es Don del Señor...

Homilía del Papa Francisco en la mañana del 10 de mayo en la Misa celebrada en la Casa Santa Marta.

“El cristiano es un hombre o una mujer alegre”. La alegría del cristiano no es la alegría que viene de motivos coyunturales, sino que es un don del Señor que colma el interior.

El hombre y la mujer cristiano/a, es un testigo de la verdadera alegría, la que da Jesús. 
El cristiano es un hombre o una mujer alegre. Esto nos enseña Jesús, nos enseña la Iglesia, en este tiempo de forma especial".

"¿Qué es esta alegría? ¿Es estar contento?  No, no es lo mismo. Estar contento es bueno. Pero la alegría es algo más, es otra cosa. Es algo que no viene de motivos coyunturales, del momento: es algo más profundo. Es un don".

"La alegría, si nosotros queremos vivirla en todo momento, al final se transforma en ligereza, superficialidad, y esto nos lleva a un estado de carencia de sabiduría cristiana, nos hace un poco tontos, ¿no? Todo es alegría…no. La alegría es otra cosa. La alegría es un don del Señor. Nos colma interiormente. Es como una unción del Espíritu Santo. Y esta alegría está en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre”.

El hombre alegre, es un hombre seguro, seguro de que “Jesús está con nosotros y con el Padre”. Pero esta alegría,  ¿podemos “embotellarla un poco” para tenerla siempre con nosotros?: “No, porque si nosotros queremos poseer esta alegría sólo para nosotros, al final se estropea, así como nuestro corazón, y al final nuestra cara no transmite esa alegría sino la nostalgia, una melancolía que no es sana".

"A veces estos cristianos melancólicos tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella"...
  • La alegría no puede quedarse quieta: debe caminar...
  • La alegría es una virtud peregrina...
  • La alegría es un don que camina, que camina por los senderos de la vida, camina con Jesús, es predicar y  anunciar a Jesús...
  • La alegría, alarga el camino, lo amplía. 
  • La alegría es una virtud de los grandes, de los grandes que están por encima de las nimiedades, por encima de las pequeñeces humanas, que no se dejan implicar en las cosas pequeñas internas de la comunidad, de la Iglesia: miran siempre al horizonte”.

“La alegría es una peregrina”. “El cristiano canta con alegría y camina llevando esta alegría”.

"Es una virtud del camino, incluso más que una virtud, es un don: un don que nos lleva a la virtud de la magnanimidad . El cristiano es magnánimo, no puede ser pusilánime: es magnánimo. Es propio de la magnanimidad la virtud del respirar, es la virtud de ir siempre adelante pero con el espíritu lleno del Espíritu Santo. Es una gracia que debemos pedir al Señor. La alegría. En estos días de modo especial, porque la Iglesia se invita y nos invita a pedir la alegría y también el deseo".

Lo que lleva adelante la vida del cristiano es el deseo... cuanto más grande es tu deseo, más grande será la alegría. 
El cristiano es un hombre, una mujer de deseo: deseen siempre más en el camino de la vida. 

Pidamos al Señor esta gracia, este don del Espíritu: la alegría cristiana. Lejana de la tristeza, lejana de la alegría simple…. Es otra cosa. Es una gracia que hay que pedir”.

martes, 7 de mayo de 2013

Aprender La Paz Desde Dentro...


Escrito por Roberto Sayalero Sanz. (Fuente: Entra y Veras)

¿Quién es capaz de sacar matrícula de honor en amor? ¿Quién se ha estudiado hasta el punto final de la “asignatura”? ¿Quién considera que ha llegado a la meta del amor? Amar es guardar lo mejor del otro en el propio corazón, guardar la palabra del otro muy dentro de uno mismo. Dice San Agustín que los que se aman tienen un mismo corazón, con lo cual nada de lo que sienten sale fuera o es indiferente al otro porque está en su mismo corazón. Cuando se ama de verdad, la palabra dada tiene tanta importancia que no es necesaria ni siquiera una presencia física para darle valor.

“El Espíritu será quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho”. Entender a Jesús, su palabra y su mensaje no es cuestión de esfuerzo, ni de horas de reclinatorio, ni de confesionarios o de novenas. Para entenderlo hay que mirar en nuestro interior, ayudados por la fuerza de Dios, su espíritu. Somos nosotros los que hemos de descubrirlo y autoconvencernos. Mientras estaba con los discípulos, estaban apegados a su presencia, a sus palabras, a sus manifestaciones. Todo muy bonito, pero eran incapaces de descubrir la verdadera identidad de Jesús. Cuando desapareció, no tuvieron más remedio que buscar dentro de sí mismos y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.

El Espíritu no añadirá nada nuevo. Solo aclarará lo que Jesús enseñó, las lecciones de amor que fue dando de lunes a domingo. La única diferencia es que ya nada viene de fuera. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicar y ya no necesitarán argumentos, sino que lo verán claramente.

Jesús les deja la paz: “La paz les dejo, mi paz les doy”. La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno.
  • Es la armonía total, no solo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. 
  • Es el fruto primero de unas relaciones auténticas en todas direcciones, la consecuencia del amor de Dios descubierto, vivido e interiorizado. 
  • La paz no se puede buscar directamente, es fruto del amor. Solo el Amor descubierto, asimilado y manifestado, lleva a la verdadera paz. 
  • Es la paz de quien lucha por algo que es justo; de quien salta al vacío confiando mucho en los otros; 
  • la paz lúcida de quien adivina la esperanza más allá de las heridas; la luz por densa que parezca la oscuridad. 
  • Es una paz de comunión, de diálogo, de comprensión, de ayuda, de sensibilidad, de compromiso. Este es el verdadero signo de autenticidad de la presencia de Dios entre nosotros, la paz, la paz con mayúsculas.
¿Cuál es nuestra tarea, la tuya y la mía? Esta todo por hacer, nadie puede hacerlo por nosotros. Hemos de cultivar nuestra interioridad, ayudados por el Espíritu, por la fuerza de Dios, a base de interiorizar la palabra de Jesús y sus acciones. Pero aquí la clave no está en comerse los libros o desgastarse las meninges sino en tener los ojos y el corazón bien abiertos para dejarnos enseñar, sin miedo a que lo nuevo nos remueva y nos descubra lo que jamás hubiéramos imaginado. Cuando te parezca que no sabes nada, será justamente cuando más hayas avanzado. La meta, como la del amor, está siempre lejana. Lo que no debemos perder jamás es el hambre de aprender y sobre todo evitar la tentación de dejarnos alimentar por doctrinas enlatadas que aumentan las cataratas en nuestros ojos y obstruyen las venas por las que ha de circular la savia nueva del Espíritu.

sábado, 4 de mayo de 2013

La Paz de Jesús...

Escrito por José Luis Martín Descalzo -de su libro:"Vida y Misterio de Jesús de Nazaret"-

Llega el momento  de la despedida y parece como si Jesús y los suyos estuvieran encerrados en la jaula de la angustia y rebotasen continuamente en sus barrotes. Pero esa angustia no es turbadora para Jesús:

"Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes.  Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!  Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean. Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado. Levántense, salgamos de aquí». (Jn 14, 25-31).

La paz. Su paz. El mundo ha comerciado tanto con la palabra «paz» que tiene que aclarar que se trata de una paz distinta.

  • No es una simple fórmula de educación lo que Jesús pronuncia.
  • Ni ofrece la paz como una suma de todos los egoísmos que prefieren pactar una tranquilidad.
  • No es la paz del que nada desea porque lo tiene todo.
  • No es una paz que se venga abajo con las dificultades o desaparezca con las persecuciones.

Es la paz de un gran corazón; el equilibrio de un espíritu que conoce su meta y sabe su camino;

Es la paz de quien nada desea porque todo lo ha dado; el gozo de quien sabe que nunca se romperá su amistad con Dios, de quien está seguro de la herencia celeste que le espera.

Los apóstoles conocen ya, por experiencia, esta paz que han disfrutado durante tres años.
¿La perderán ahora, al irse Jesús?
¿Desaparecerá ante el ataque de la gran amargura que se acerca? 
No se turbe su  corazón, les dice. Mantengan su paz como yo la mantengo. Hagan ahora más interior su  paz, más profunda. Porque mi paz no la destruye ni la muerte...