sábado, 28 de abril de 2012

El Buen Pastor


-Escrito por Diego Fares, sj-
Hay un solo Pastor. Y esto tiene que estar presente en el corazón de todo aquel que tenga un rebañito a su cargo (sea grande como una comunidad o pequeño como una familia, en incluso más pequeño aún, como esas ovejitas que ocasionalmente uno cuida por el camino). Tiene que estar presente como paradigma no sólo para las cosas que nosotros hacemos “en carácter de changa” sino también en las que hacemos bien y generosamente, “haciéndonos cargo”.

Él es el que está sosteniendo nuestras acciones más buenas y Pastoreando (con mayúsculas) en nuestras pastorales chiquitas.

Jesús es el que suma ayudas y las “recapitula”, fortaleciendo todo lo bueno nuestro que es tan frágil, tan provisorio, tan pronto a la desilusión o al menor esfuerzo.

El es el Gran Pastor de las ovejas y su Nobleza (porque “kalos” no solo significa bueno y bello sino también noble) consiste en no hacerse elogiar sino en destacar a sus amigos y discípulos a quienes confía la tarea de pastorear.

El Señor es ese Conductor cuya acción no se nota. Y no se nota, precisamente, porque no necesita hacerse notar: sus ayudantes y las ovejas la tienen incorporada y actúan en su mismo Espíritu.

San José y la Virgen María –la pastora hermosa-, son los que primero recibieron este influjo benéfico del Pastorcito: el Niño los hizo Pastores con su sola presencia, los pastoreó haciéndose pastorear y cuidar.

Podemos sacar de ellos dos ejemplos que nos acercan a Jesús Buen Pastor y nos permiten sentirlo Vivo, pastoreando la Iglesia viva de hoy.

lunes, 23 de abril de 2012

La cita con el Resucitado es en Galilea...

Vayan a Galilea, allí me verán...
Escrito por Eloi Leclerc. -del Libro: Id a Galilea, al encuentro del Cristo Pascual-

Mc. 16, 7= “Él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como Él se los había dicho»

“Fue en Galilea, a orillas del lago, donde todo había empezado. Un día Jesús se había acercado a ellos. Les había sorprendido en su actividad de pescadores. Su mirada y su palabra les habían impresionado profundamente. Se habían sentido conmovidos. Habían sentido nacer en ellos una esperanza tan grande que, en el impulso y el ardor de su juventud, no habían dudado en seguirlo, felices por haber descubierto a Aquel a quien los profetas habían anunciado y a quienes todos esperaban sin conocerlo… 

Galilea eran todos los lugares que Jesús había marcado con su presencia. 

Era Caná, donde había convertido el agua en vino de bodas… 
Era el monte donde había proclamado las bienaventuranzas… 
Eran todos los caminos recorrido siguiendo al Maestro… 
Eran las comidas que habían celebrado juntos… 
Eran las curaciones de las que habían sido testigos asombrados… 
Eran las muchedumbres entusiasmadas cada vez más numerosas… 

Galilea eran también los lugares retirados donde habían visto cómo oraba o se había confiado a ellos… 

¡Cuántos recuerdos y emociones en una sola palabra: Galilea…! 

Les parecía que el Cielo había perdido todo su orgullo: el Reino de los Cielos tocaba la tierra, se abría a todos y se encarnaba en la vida cotidiana… 

Sin embargo, ya habían pasado tres días desde la muerte de Jesús. Los discípulos estaban aterrados y temblaban de miedo…“con las puertas cerradas por miedo a los judíos”–Jn. 20,19 

Así, al atardecer de aquel día de Pascua, Jesús se les aparece de improviso en el lugar donde están escondidos, se sienten sorprendidos de espanto al verlo. No creen lo que ven. Piensan que están viendo un fantasma. Jesús tiene que insistir: “miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Tóquenme y vean, porque un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo”. 

Empezamos a entrever el porqué de la cita en Galilea. Era urgente vincular el extraordinario acontecimiento de la Resurrección con todo aquello que le había precedido en Galilea, en los humildes caminos del Maestro en compañía de los discípulos. El retorno a Galilea tenía que permitir a los discípulos encontrar a Jesús en su realidad y su proximidad humanas… 

No son sólo los apóstoles los que tienen que regresar a Galilea para encontrar al Señor Resucitado. La palabra de Jesús se dirige también a todos nosotros, a cada uno de nosotros personalmente: “Vayan, y avisen a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”-Mt.28, 10- 

Tal vez no haya palabra evangélica cuya comprensión sea más urgente en nuestros días: cada uno de nosotros tiene una Galilea en algún lugar de sí mismo, su Galilea, adonde el Señor lo precede y lo espera… 

El Resucitado se manifiesta a nosotros resucitándonos con Él: haciéndonos experimentar en nuestro ser el dinamismo de su resurrección, afirmándose como la savia que nos da la vida.-Jn.15- 

Dicho de otro modo, nos permite reencontrarlo, concediéndonos la gracia de encontrarnos a nosotros mismos. Su resurrección es también nuestra resurrección, el despertar de nuestro ser...

miércoles, 18 de abril de 2012

Valor de una caricia

Escrito por Carlos Muñoz Novo

El bien es mayoría frente al mal
pero no se nota porque es silencioso,
ya que, una bomba hace más ruido que una caricia,
pero por cada bomba que destruye,
millones de caricias construyen la vida.

sábado, 14 de abril de 2012

Señor mío y Dios mío

“Dichosos los que aun no viendo creen”. (Jn 20, 29) 
-Escrito por Clemente Sobrado-


- La fe no depende de los sentidos.
No depende ni del ver ni del tocar.
La verdadera fe se nos da en la experiencia del resucitado en el testimonio vivo de la comunidad.
Es ahí donde estamos llamados a creer en Jesús.
Es ahí donde Jesús se nos aparece a cada uno.

- “Tomás no estaba con ellos”…
Tomás no está en la comunidad.
Y Jesús resucitado se aparece a la comunidad y en la comunidad.
Su incredulidad no es tanto contra Jesús, sino contra la comunidad.
Se niega a creer a la comunidad que le anuncia lo que han visto.

- “Ocho días más tarde… Tomás estaba con ellos”.
No dice Juan que Jesús se le apareciese a Tomás.
Jesús vuelve a manifestarse a la comunidad y en la comunidad.
Sólo que esta vez, Tomás está en la comunidad.
Jesús le ofrece la oportunidad de ver y tocar.
Pero le hace una advertencia…
No es tocando que se debe creer.
No es metiendo los dedos en las llagas, que llegamos a la fe. Accedemos a la fe en la medida en que aceptamos el testimonio de la comunidad, de la Iglesia.
Ella es la que hace creíble la resurrección de Jesús.

-“Dichosos los que crean sin haber visto”.
Dichosos aquellos que no se escandalicen de lo humano de la Iglesia y sepan reconocer en ella la presencia de Jesús, incluso en medio de sus debilidades.
La fe necesita oír.
Pero no tanto el ver físicamente a Jesús, que es ya invisible, sino ver y descubrir su presencia en la comunidad que lo vive.

- Esa es la realidad de la Iglesia.
Y esa es la realidad del creyente.
El Crucificado se revela ahora no tanto colgado de la cruz, sino en los hermanos crucificados de la historia.
El resucitado se revela ahora no tanto dejándose tocar las llagas de sus manos o la herida del costado, sino estando en la comunidad, haciendo su experiencia con la comunidad.
- Jesús se hace visible como el crucificado – resucitado en la pobreza de una comunidad llena de debilidades. No es la fuerza la que revela a Jesús, sino la comunión, la fraternidad y el amor.

miércoles, 11 de abril de 2012

Semana Santa en nuestras comunidades...

Semana Santa en la vida de nuestras comunidades...
Te invito a conocer mas de nosotras...



Domingo de Ramos en Abra Pampa- Humahuaca


Pascua Joven en Diócesis de San Isidro

                                                                    Desierto en la Arquidiocesis de Mendoza


Domingo de Ramos -Comunidad Guadalupe- Capilla Inmaculada, en Mendoza





Viernes Santo
Abra Pampa
Prelatura de Humahuaca


domingo, 8 de abril de 2012

Nuestra propia Resurrección...

-Escrito por Jean Vanier-

La Resurrección es el acontecimiento cósmico más extraordinario de todos los tiempos.
Y es también un acontecimiento muy pequeño y humilde.

Querría que observásemos juntos la humildad de la Resurrección, para que comprendamos la humildad de nuestra propia resurrección.
Todos tenemos tendencia a soñar con grandes acontecimientos, nos gusta lo espectacular.

Y nos cuesta descubrir la humildad del paso de Dios por nuestra propia vida, porque pasa siempre tan humilde y sencillamente como una "suave brisa", y siempre es un misterio de fe.

¿Acaso no es asombrosa una escena tan humilde?
Jesús no se apareció como un triunfador, sino en una gran pequeñez, una gran humildad...
Este misterio tan grande y a la vez tan pequeño...

A esta luz debemos comprender nuestra propia resurrección.

Por que somos resucitados; lo que esperábamos ya ha llegado, y nuestra resurrección, ese don del Espíritu Santo por Jesús es una maravilla,
pero también algo muy pequeño , muy humilde...

Es como una semilla muy pequeña en la tierra vulnerable y labrada de nuestro ser.


viernes, 6 de abril de 2012

Ante el Crucificado...


Karl Rahner nos ha desvelado su alma orante y nos deja está oración nos puede ayudar también a nosotros a acercarnos esta tarde del Viernes Santo al Dios crucificado:


"¿En dónde podría yo refugiarme con mi debilidad, con mi dejadez, con mis ambigüedades e inseguridades... sino en Ti, Dios de los pecadores comunes, cotidianos, cobardes, corrientes?".

"Mírame, Señor, mira mi miseria. ¿A quién podría huir sino a Ti?

¿Cómo podría soportarme a mí mismo si no supiera que Tú me soportas, si no tuviera la experiencia de que Tú eres bueno conmigo?".

"Mi pecado no es grandioso, es tan cotidiano, tan común, tan corriente que incluso puede pasar inadvertido... Pero qué hastío suscita mi miseria, mi apatía, la horrible mediocridad de mi buena conciencia.

Sólo Tú puedes soportar tal corazón.

Sólo Tú tienes aún para mí un amor paciente.

Sólo Tú eres más grande que mi pobre corazón".


"Dios santo, Dios justo, Dios que eres la Verdad, la Fidelidad, la Sinceridad, la justicia, la Bondad... ten compasión de mí... Soy un pecador, pero tengo un deseo humilde de tu misericordia gratuita".


"Tú no te cansas en tu paciencia conmigo. Tú vienes en mi ayuda. Tú me das la fuerza de comenzar siempre de nuevo, de esperar contra toda esperanza, de creer en la victoria, en tu victoria en mí en todas las derrotas, que son las mías".


Este año tal vez nuestro beso al Crucificado puede ser un poco más sincero y profundo.

jueves, 5 de abril de 2012

Semana Santa

«Se puso a lavarles los pies...»
(de Punto Corazón/ dic de 1996 - marzo de 1997)

La multiplicación de gestos y de palabras de Jesús en ese santo Jueves está ahí para 
significar un amor sin medida, infinito, inesperado... 
«En medio de la cena, Jesús se levanta de la mesa, se saca su manto y tomando una toalla, se la ciñe a la cintura. Luego se puso a lavar los pies de los discípulos...» 

Entremos en la pasión de amor de Jesús, en su pasión de dolor,(…) dejándonos habitar por este gesto. 

1. Les lava los pies como para manifestarles la misión de servidor: tanto la suya como la de ellos.

Tal vez la comida festiva apenas ha comenzado. Cuando Jesús se levanta, imaginamos las miradas de los suyos, inquietas, curiosas, atentas: «¿Qué va a hacer? ¿Ya nos va a dejar?» El Maestro se aparta. Se quita la ropa. Eso intriga más todavía. Para semejante comida, ¿acaso uno no se viste mejor todavía? ¿Por qué Él parece desvestirse? 

Jesús ya perdió las prerrogativas de su divinidad; ahora parece perder sus derechos de 
Señor y de Maestro; se presenta como un pobre servidor. Esta vez, su camino no deja 
ninguna duda. Cumple un difícil descenso. Y si Él teme beber el cáliz hasta el fondo, no se 
protege por ello, no busca impresionar, se quita la túnica. Y delante de cada uno de sus 
amigos, se arrodilla, como un mendigo, teniendo como única arma una vasija con agua y una toalla. Su mirada es fuerte y, a la vez, perfectamente humilde. Parece implorar con un inmenso respeto la libertad de cada uno: «¿Quieres?...» Haciendo esto, Cristo revela su misión: Él es Servidor -servidor de los designios del Padre, servidor de los hombres.- 

Cumpliendo el servicio más humilde, cumplió el servicio más sublime: la liberación del 
hombre. Jesús sumerge en el agua los pies de sus discípulos, los refriega con sus propias 
manos, los seca con la toalla que, según Adrienne von Speyr, significa la Iglesia recogiendo la gracia sobreabundante de Dios. Él limpia los pies, y el corazón de cada uno se encuentra así purificado. Es que cada gesto del Señor -incluido el más externo- alcanza la intimidad más profunda del corazón. 

Él va a mirar a los hombres poniéndose más abajo que ellos, como un niño mira a los 
adultos, como un anciano todo encorvado levanta la cabeza, como un paralítico... Y va a dejarse mirar de lo alto por los suyos, como si aceptara su juicio, como si los tomara por 
maestros. Se pone abajo, bien abajo, para elevar a los que le temen, para levantar a toda la humanidad. 

No existe gesto más revolucionario que el Lavatorio de los pies: éste derrota todas las 
inteligencias, conmueve todos los corazones: ¡¿Dios refregando los pies de los hombres?! ¿Es éste, entonces, Dios? ¿Es éste su poder? ¿Así se realiza la salvación de la humanidad? 

2. Les lava los pies como sellando una alianza 

Para los discípulos, ese gesto del Maestro crea con Él una relación nueva. Uno tras otro 
descubren que son conocidos por Él como nadie los conoce… El Señor sabe. Sondea las entrañas y los corazones. Sabe todo de ellos... Ellos están desnudos ante Él, sin embargo no tienen miedo, no temen nada... Al contrario, gozan de una paz única. 

La mirada del Señor no juzga, ella los recrea en la gracia, los fortifica. Su mirada desposa a sus amigos, desposa todo de ellos elevando lo que ellos son con un respeto inaudito. Los hace entrar en su vocación. ¿No será en ese momento en que Simón se vuelve verdaderamente Pedro? ¡A esta altura, el amor de Cristo por cada uno de sus amigos es tan ardiente que ellos romperían a llorar, como si su corazón fuera sin duda algo demasiado estrecho para acoger un don semejante! 

Así, el Lavatorio de los pies es más que un simple lavatorio de pies... Es el gesto que elige Cristo para manifestar a cada uno el amor único, infinito con el cual los colma. Es un gesto de desposorio, es la marca de la alianza que Él sella con cada uno de los que salva, es como el punto clave de su encarnación. Es el más bello de los besos de la Misericordia a la miseria, el más salvífico. 

3. Les lava los pies como para manifestarles su dignidad 

La presencia de Cristo a los pies de Pedro, de Santiago, de Judas revela el hombre al 
hombre. Le hace comprender su sorprendente dignidad… 

El hombre está colmado de tanta dignidad que Dios no dudó en encarnarse para salvarlo. Pero también está tan herido que hará falta la herida de la cruz para restablecerlo en su belleza de hijo. Como el Hijo pródigo, cada uno está invitado a vivir en la casa del Padre ¡y él se va a arrastrar entre los cerdos! Es rey y esclavo... Es libre y prisionero... Es el conocimiento que Jesús ofrece a aquéllos que se dejan lavar los pies por Él. Es el conocimiento que Jesús da a Pedro, después de sus negaciones: en la mirada de Cristo, silencioso y lleno de palabras, el apóstol descubre finalmente lo que es -y, esta vez, lo acepta-: un hombre pecador, terriblemente pecador, por quien Dios no duda en entregarse como sacrificio. 

4. Les lava los pies como para abrirlos a un don más grande 

Para Cristo, el Lavatorio de los pies es un preludio, es un comienzo. No es para nada un acto de conclusión. Es el gesto del umbral... 

Con Cristo, siempre el camino va de plenitud en plenitud, de don perfecto en don perfecto. Y los discípulos están todavía tan conmovidos como intrigados cuando el Señor, dándoles el pan, prosigue: «¡Éste es mi cuerpo!» 

El don de la misericordia, del humilde servicio, desemboca en el don del cuerpo, del ser por completo. Jesús comienza por purificar los suyos porque el amor no puede coincidir 
con la tibieza, la amargura, el egoísmo. En ellos, todo el espacio debe ser liberado por el amor infinito que Cristo quiere brindarles. Con ellos, Él quiere ser solamente uno. El Lavatorio de los pies no tiene otro sentido que el de permitir esta «comunión», esta identificación definitiva del Maestro con sus discípulos, que triunfará en el momento en el cual se presentará ante el Padre cargado con todos los pecados como si fueran los suyos propios. 

5. Les lava los pies como para revelarles el verdadero corazón del Padre 

El lavatorio de los pies da al hombre un justo conocimiento de sí mismo. Pero allí no está 
lo esencial. A través de Cristo, arrodillado delante de cada discípulo, es el corazón del 
Padre que se revela. Cuando Él refriega los pies de sus amigos y los seca con la toalla que lleva en la cintura, Jesús habla del Padre, Jesús vive el Padre: «Quien me ha visto, ha visto al Padre...»

domingo, 1 de abril de 2012

Dejarnos cautivar por la belleza de la Pasión...

Domingo de Ramos
A mí no me tienen siempre… Escrito por Diego Fares sj

"Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo.» 

Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un aceite de nardo genuino muy caro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús. Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: 

«¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres.» 

Y la criticaban. Pero Jesús dijo: «Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una obra hermosa conmigo. A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán socorrerlos cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo»(Mc 14,1 ss.).

Contemplación 

Entramos en la Pasión con el reclamo del Señor: “A los pobres los tendrán siempre con ustedes… pero a mí no me tendrán siempre”. Es uno de esos “sentimientos de Jesús” que Pablo nos invita a cultivar: “Tengan los sentimientos de Jesús, que siendo Dios se hizo hombre, por amor” (Fil 2, 5 ss.). 

La mujer rompió el frasco de nardo y derramó el perfume sobe la cabeza de Jesús, que entró en la Pasión perfumado. Ante la crítica utilitarista de “por qué no venden las cosas y se las dan a los pobres”, que se escucha también mucho hoy en día, el Señor nos muestra que le gusta este trato preferencial, incluso con derroche. La referencia a los pobres no sólo es cariñosa sino exigente: “los tendrán siempre cerca y podrán socorrerlos cuando quieran”. En la caridad con los pobres, no se trata de vender todo y repartir sino de “tener siempre cerca”, de “socorrer siempre”, todo lo que uno quiera y pueda, con amor. 

El reclamo del Señor es reclamo de pobre.

Además, el Señor hace notar su agrado no solo por las buenas acciones sino por lo lindo del gesto. “Tuvo conmigo un gesto hermoso” (kalón es bueno y bello). Nuestro pueblo fiel entendió siempre este gusto de Jesús por las cosas hermosas y rodea siempre sus imágenes de flores y de aromas. La belleza de la liturgia hace a la dignidad humana y, por lo que vemos, también a la dignidad divina. Y no hay belleza sin derroche. La belleza no es mezquina porque es para todos. El perfume “llenó toda la casa” como dirá Juan al narrar esta misma escena. Y Jesús profetizó que el aroma de esta acción hermosa perfumaría la memoria de todas las generaciones que leeríamos este evangelio. 

Así, para entrar en la Pasión, para acompañar a Jesús doliente, tenemos que buscar, cada uno, nuestro frasco de perfume. 

En el Apocalipsis se nos dice que los perfumes son las oraciones de los santos. Hay un pasaje hermosísimo en el que se narra cómo “Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo, como una media hora...” Y Juan agrega: “Vi entonces a los siete Ángeles que están en pie delante de Dios; les fueron entregadas siete trompetas. Otro Ángel vino y se puso junto al altar con un badil de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono. Y por mano del Ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos” (Apoc 8, 1-4). 

Nuestro perfume es, pues, nuestra oración.

Ahora bien, estas oraciones perfumadas de los santos son oraciones apasionadas. Para nada rutinarias ni aburridas. El mensaje de Jesús, con su alabanza del nardo puro y carísimo, es que a Él, en la Pasión, no lo podemos seguir si no es apasionadamente. El perfume, la belleza del perfume que embriaga los sentidos y no nos deja permanecer neutrales, es signo de apasionamiento.

Por eso de lo que se trata es de dejarnos cautivar por la belleza de la Pasión, del don de sí que el Señor realiza, entero, en cada gesto, que se corresponde con la ruptura del frasco de perfume que hace la mujer. 

Hay que ingeniárselas para rezar “perfumando a Jesús con nuestra oración”. Esa es la gracia y, aunque no parezca, será lo que nos permita “padecer bien con él”. Porque uno padece sólo allí donde se apasiona. Donde no, simplemente sufre, le duele o le molesta. Padecer es otra cosa, es parte del amor. Y el amor siempre encuentra y crea belleza. 

Jesús vivió así su Pascua: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes”. El Señor se las ingenió para que cada momento de su Pasión fuera “inolvidable”, se las ingenió para grabar en la memoria de los hombres su Don de sí para salvarnos. Puso belleza en cada paso de su Pasión. La esencia de la belleza consiste que un fondo rico se exprese de manera perfecta en una forma externa. Que esa forma lo contenga íntegra y armónicamente a la vez que lo deja esplender, rebosar. El Amor del Señor, expresado en la Pasión, tiene esta belleza plena. Es un amor que se nos dona entero sin perder su Señorío: esplende en cada pequeño gesto. 

En los detalles que el Señor planeó cuidadosamente, se ve cómo hizo de su Pasión una obra de arte: arte de Amor misericordioso, Belleza que salva al mundo. 

En el lavatorio de los pies, podemos decir que Jesús, como buen dramaturgo, encontró “la forma” de expresar el perdón de los pecados. Se trata, simplemente, de limpiar. La mugre es mucha y requirió que la lavara con su Sangre en la Pasión, de una vez para siempre. Pero el Señor quiso unir ese gesto grande, cruentísimo y único, al gesto cotidiano de cada perdón. Limpiar nuestros pies, simplemente. Ver a Jesús inclinado, lavando los pies de cada discípulo, es el detalle hermoso para poder “verlo” derramando Sangre y Agua de su Corazón traspasado en la Cruz. 

En la Cena, dentro de la liturgia antigua y hermosa de la Pascua, el Señor toma el pan y el cáliz: eligió estos “personajes secundarios” y los engrandeció sobremanera, como hizo luego con cada uno de los pequeñitos que se encontró por el Via Crucis. 

Y en la Cruz nos dona a su Madre. María es la testigo (reina de los mártires) 

La que guardaba todas las cosas en su corazón y por eso es la que puede “narrar” el evangelio fielmente. Ella evangeliza bellamente y por eso todos la entendemos cuando nos habla de Jesús, cuando nos lo hace presente en su hermosa pequeñez. 

Contemplamos entonces las escenas de la pasión saboreando la belleza que el Señor le puso a un donarse entero en cada gesto, para que así, comprendido su Don y absorbido íntegramente, nos contagie el deseo de “padecer” apasionadamente con él y dar la vida por nuestros amigos. 

Contemplamos la belleza del Amor total: planeado-justificado-glorificado. Ese Amor que esplende bajo forma contraria en la Cruz. 

Y que nuestra oración de estos días siga al Sirácida, cuya recomendación inspiró quizás el gesto de la mujer para con Jesús: 
“Escúchenme, hijos piadosos, 
y crezcan como una rosa que brota junto a las corrientes de agua. 
Como incienso derramen buen olor, 
Ábranse en flor como el lirio, 
exhalen perfume, canten un cantar, 
bendigan al Señor por todas sus obras. 
Engrandezcan su nombre, 
Y denle gracias por su alabanza, 
con los cantares de sus labios y con cítaras, 
digan así en acción de gracias: 
¡Qué hermosas son todas las obras del Señor! 
todas sus órdenes se ejecutan a su hora. 
No hay por qué decir: ¿Qué es esto? Y esto ¿para qué?, 
que todo se ha de buscar a su tiempo (Ecl 39, 13-16). 

“A los pobres los tendrán siempre con ustedes, a mí no me tendrán siempre”.