sábado, 20 de enero de 2018

Que Jesús nos invite a la conversión, significa que nos está convocando a la audacia de vivir como personas nuevas...

Fuente de este texto:

Que Jesús nos invite al arrepentimiento, a la conversión, significa que nos está convocando a la audacia de vivir como personas nuevas, atreviéndonos a cambiar en lo más íntimo de cada quien. Es decir, a limpiar el alma, transformar nuestro corazón, ablandar nuestra dureza de mente, para que al liberarnos de toda atadura experimentemos la Salvación.

El Evangelio de Dios que nos propone Jesús como paradigma, es palabra que espanta soledades y tristezas, es vida que arranca de la muerte, es solidaridad que transforma la pobreza, es salvación. Este Evangelio nos cambia desde dentro: siempre seré el mismo, pero ya no seré lo mismo. Me pareceré a Jesús.

Arrepiéntete y cree en el Evangelio equivale a decir: piensa, ama y actúa de forma distinta a como lo has hecho hasta ahora y deja surgir dentro de ti el impulso que te abre confiadamente a la palabra, al poder y a la misericordia de Dios. Esta llamada es a vivir una vida diferente.

A Pedro, Andrés, Santiago y a Juan, los sacó Jesús de su acostumbrado oficio de pescadores en el que gastaban sus días, lanzándolos a la aventura de ganar hombres y mujeres para el amor, la verdad y la fraternidad. A ti y a mí nos pide salir de las rutinas, salir incluso de las queridas rutinas, para que nos metamos en la aventura de hacer amanecer la vida.

Que nada impida a Jesús mudarse e instalarse en nuestra pequeña casa, trabajo o familia y a lo más íntimo de nosotros mismos, para que nos dispongamos a la conversión y vivamos el Evangelio de Dios.

Comparto esta oracion para terminar rezando...

TÚ ME HAS LLAMADO

En silencio mi Señor, desde siempre me has llamado. 
Tus palabras y tus gestos me han hecho sentir en tus manos.
Tú, Señor, bien me conoces, mi vida has escudriñado, 
mis errores y pecados con tu amor has perdonado.

A veces me siento yo indigno de tus cuidados, 
por mi orgullo, por mis miedos, sin ver que estás a mi lado.
Sin darme cuenta que tiendes a todas horas tu mano, 
para que a ella me aferre y no me llene de barro.

Tú me llevas a tus aguas y limpias todo mi barro, 
del que mi vida tan llena, ha estado por tantos años.
Tú me lavas con tu gracia estos ojos tan cegados.
 Al abrirlos, veo tu Gloria, tu cariño y tu cuidado.

Yo estoy dispuesto a seguirte, porque sé que me has amado. 
Con tu gracia y tu ternura, responderé a tu llamado.
Por eso, vengo en silencio, ante Ti, que me has amado. 
Que nunca me aparte de Ti. Quiero seguir a tu lado.

- Antonio Torres-



sábado, 13 de enero de 2018

Las Preguntas de Jesús van a lo Esencial, Donde Están los Deseos más Profundos...

Fuente de este texto: http://www.cipecar.org

Este evangelio es una fiesta de miradas, de juventud, de seguimiento. Mira Juan a Jesús y esto es lo mejor de su profecía, se vuelve Jesús para mirar a los discípulos, miran los discípulos a Jesús, y Jesús le regala a Simón una mirada nueva. Son miradas profundas que tocan el corazón. Una mirada limpia, sin prejuicios, es el comienzo de un encuentro. Fijar la mirada en Jesús y acoger su mirada es la forma más bella de comenzar el trato de amistad con él. ¡Nos hace tanto bien volver a mirarle! Nadie puede quitarnos la dignidad que nos otorga su amor infinito.  “Mirad que no está aguardando otra cosa sino que le miremos” (Santa Teresa).    

‘Este es el Cordero de Dios’.

El encuentro con Jesús es el acontecimiento más importante en la vida profética de Juan. Una vez que señala a Jesús a sus discípulos, él se retira, deja sitio al que es más; viene el Cordero, el que marca nuestras puertas con su amor entregado y viene a eliminar la injusticia del mundo. ¡Con qué silencio se va Juan! Para muchos hombres y mujeres, el encuentro o reencuentro con Jesús da un nuevo horizonte a sus vidas, es el acontecimiento por excelencia. El encuentro con Jesús, si es profundo, no se puede dejar de anunciar. “¿Qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer?” (Papa Francisco).   

Jesús… al ver que lo seguían, les preguntó: ‘¿Qué buscan?’ Le contestaron: ‘Rabí, ¿dónde vives?’. 

Y esto se parece a una danza de alegría.  Las preguntas de Jesús van a lo esencial, donde están los deseos más profundos. La respuesta de los discípulos también señala la hondura. La oración requiere intimidad. Lo importante acontece dentro. Preguntas y respuestas: Todo es necesario para quedarnos con él. El ser humano puede desvelar sin miedo su misterio de indigencia ante el que viene a colmar todo vacío con su amor. “Nuestra tristeza infinita solo se cura con su infinito amor” (Papa Francisco). Jesús es el amor de nuestra vida. “Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarte has en ti” (Santa Teresa).

Él les dijo: ‘Vengan y lo vean’. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día.

Los discípulos vieron con el corazón a Jesús, dejaron todo y se quedaron con él. Igualmente nosotros: sabemos que seguimos a Jesús cuando dejamos lo que no nos da vida y caminamos con el amigo. Después del encuentro con Jesús, parece que todo sigue igual, pero no es así. Las dificultades de la vida siguen estando ahí, pero, con Jesús, le nace a nuestro corazón una alegría, que nadie nos puede robar. Ahora vamos con un amigo, que es fiel. “Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama… Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida” (Papa Francisco). 

Este amigo “nunca se cansa de dar… no nos cansemos nosotros de recibir” (Santa Teresa).       

lunes, 8 de enero de 2018

Al que ahora se sabía Hijo, todos se le habían vuelto hermanos...

Escrito por Dolores Aleixandre rscj

El Jordán es el lugar más bajo de la tierra y es precisamente ahí donde Jesús recibe el bautismo: era el sitio más adecuado para el que había escogido estar entre nosotros como un Siervo.

Salió del agua como el Ungido, el Predilecto, el Amado, el Consolado, el Enviado a compartir con otros lo recibido. Comenzó a caminar por Galilea derrochando esa incomprensible energía que posee el amor que, cuanto más se gasta, más crece. Curar era su manifestación preferida a la hora de amar.

Acogía los gritos y las lágrimas de la gente más abatida y con el aliento de su voz reanimaba sus vidas que casi se apagaban: “Ánimo, no tengas miedo, yo no te condeno, ven conmigo, tus pecados te son perdonados, levántate, vete en paz...”

Se detenía ante ellos, les escuchaba, les hacía preguntas:

  • “¿Qué quieres  que haga por vos?
  • ¿A quién buscas?
  • ¿De qué vienen hablando?
  • ¿Quieres curarte?
  • ¿Ves algo?
  • ¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto? 
  • ¿Quién me ha tocado el manto?
  • ¿Quién soy yo para ustedes?”...

Su luz iluminaba los ojos de los ciegos, su libertad se contagiaba a los que vivían cautivos.

Al que ahora se sabía Hijo, todos se le habían vuelto hermanos.

viernes, 5 de enero de 2018

Hoy vendrán de oriente y de occidente, cercanos y lejanos, pidiendo “ver al Niño”...

Escrito por Javier Albisu

Hoy vendrán de oriente y de occidente, cercanos y lejanos, pidiendo “ver al Niño”, y ¿qué les mostraremos? 

Tal vez, sólo tengamos para mostrar las manos como cuna, sosteniendo la fragilidad de los que nos fueron puestos allí. De los que, torpe pero firmemente intentamos apesebrar, en su pobreza, en su fragilidad, en su duelo u orfandad. 

Tal vez, sólo podamos mostrar el corazón abierto cual pañal, dispuesto a cubrir y contener la frescura de las cosas más pequeñas, de los gestos más pequeños, de las personas más pequeñas; para que no se pierdan, para que no se olviden, para que no pasen de largo.

Tal vez, sólo sea que lleguemos a poder mostrar el calor que juntamos para alentar esperanzas recién nacidas; apalear el frío de las que están a la intemperie; alentar los intentos del que aprende y se equivoca; o cortar el hielo de diálogos que de tan fríos, ni siquiera se intentan. 

Tal vez, sólo alcancemos a mostrar el reparo de nuestro pobre pesebre de gestos y palabras para que La Palabra nazca en nuestra Carne; para que no siga “buscando lugar donde nacer”; para que no se vuelva descorazonada “porque no había lugar para ella”.

No sé si podremos mostrar al Niño, mas sí sé todo lo que este Niño nos muestra. Y tal vez, (¡quién dice!) no sea éste el modo como mejor se quiera mostrar.

Javier José Albisu

sábado, 30 de diciembre de 2017

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz = Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz


1. Un deseo de paz

Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad[1], es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y en mi oración. De entre ellos quisiera recordar a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, «son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz»[2]. Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino.

Con espíritu de misericordia, abrazamos a todos los que huyen de la guerra y del hambre, o que se ven obligados a abandonar su tierra a causa de la discriminación, la persecución, la pobreza y la degradación ambiental.

Somos conscientes de que no es suficiente sentir en nuestro corazón el sufrimiento de los demás. Habrá que trabajar mucho antes de que nuestros hermanos y hermanas puedan empezar de nuevo a vivir en paz, en un hogar seguro. Acoger al otro exige un compromiso concreto, una cadena de ayuda y de generosidad, una atención vigilante y comprensiva, la gestión responsable de nuevas y complejas situaciones que, en ocasiones, se añaden a los numerosos problemas ya existentes, así como a unos recursos que siempre son limitados. El ejercicio de la virtud de la prudencia es necesaria para que los gobernantes sepan acoger, promover, proteger e integrar, estableciendo medidas prácticas que, «respetando el recto orden de los valores, ofrezcan al ciudadano la prosperidad material y al mismo tiempo los bienes del espíritu»[3]. Tienen una responsabilidad concreta con respecto a sus comunidades, a las que deben garantizar los derechos que les corresponden en justicia y un desarrollo armónico, para no ser como el constructor necio que hizo mal sus cálculos y no consiguió terminar la torre que había comenzado a construir[4].

2. ¿Por qué hay tantos refugiados y migrantes?

Ante el Gran Jubileo por los 2000 años del anuncio de paz de los ángeles en Belén, san Juan Pablo II incluyó el número creciente de desplazados entre las consecuencias de «una interminable y horrenda serie de guerras, conflictos, genocidios, “limpiezas étnicas”»[5], que habían marcado el siglo XX. En el nuevo siglo no se ha producido aún un cambio profundo de sentido: los conflictos armados y otras formas de violencia organizada siguen provocando el desplazamiento de la población dentro y fuera de las fronteras nacionales.

Pero las personas también migran por otras razones, ante todo por «el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el deseo de querer dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir»[6]. Se ponen en camino para reunirse con sus familias, para encontrar mejores oportunidades de trabajo o de educación: quien no puede disfrutar de estos derechos, no puede vivir en paz. Además, como he subrayado en la Encíclica Laudato si’, «es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental»[7].

La mayoría emigra siguiendo un procedimiento regulado, mientras que otros se ven forzados a tomar otras vías, sobre todo a causa de la desesperación, cuando su patria no les ofrece seguridad y oportunidades, y toda vía legal parece imposible, bloqueada o demasiado lenta.

En muchos países de destino se ha difundido ampliamente una retórica que enfatiza los riesgos para la seguridad nacional o el coste de la acogida de los que llegan, despreciando así la dignidad humana que se les ha de reconocer a todos, en cuanto que son hijos e hijas de Dios. Los que fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz siembran violencia, discriminación racial y xenofobia, que son fuente de gran preocupación para todos aquellos que se toman en serio la protección de cada ser humano[8].

Todos los datos de que dispone la comunidad internacional indican que las migraciones globales seguirán marcando nuestro futuro. Algunos las consideran una amenaza. Os invito, al contrario, a contemplarlas con una mirada llena de confianza, como una oportunidad para construir un futuro de paz.

3. Una mirada contemplativa

La sabiduría de la fe alimenta esta mirada, capaz de reconocer que todos, «tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir»[9]. Estas palabras nos remiten a la imagen de la nueva Jerusalén. El libro del profeta Isaías (cap. 60) y el Apocalipsis (cap. 21) la describen como una ciudad con las puertas siempre abiertas, para dejar entrar a personas de todas las naciones, que la admiran y la colman de riquezas. La paz es el gobernante que la guía y la justicia el principio que rige la convivencia entre todos dentro de ella.

Necesitamos ver también la ciudad donde vivimos con esta mirada contemplativa, «esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas [promoviendo] la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia»[10]; en otras palabras, realizando la promesa de la paz.

Observando a los migrantes y a los refugiados, esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen. Esta mirada sabe también descubrir la creatividad, la tenacidad y el espíritu de sacrificio de incontables personas, familias y comunidades que, en todos los rincones del mundo, abren sus puertas y sus corazones a los migrantes y refugiados, incluso cuando los recursos no son abundantes.

Por último, esta mirada contemplativa sabe guiar el discernimiento de los responsables del bien público, con el fin de impulsar las políticas de acogida al máximo de lo que «permita el verdadero bien de su comunidad»[11], es decir, teniendo en cuenta las exigencias de todos los miembros de la única familia humana y del bien de cada uno de ellos.

Quienes se dejan guiar por esta mirada serán capaces de reconocer los renuevos de paz que están ya brotando y de favorecer su crecimiento. Transformarán en talleres de paz nuestras ciudades, a menudo divididas y polarizadas por conflictos que están relacionados precisamente con la presencia de migrantes y refugiados.

4. Cuatro piedras angulares para la acción

Para ofrecer a los solicitantes de asilo, a los refugiados, a los inmigrantes y a las víctimas de la trata de seres humanos una posibilidad de encontrar la paz que buscan, se requiere una estrategia que conjugue cuatro acciones: acoger, proteger, promover e integrar[12].
«Acoger» recuerda la exigencia de ampliar las posibilidades de entrada legal, no expulsar a los desplazados y a los inmigrantes a lugares donde les espera la persecución y la violencia, y equilibrar la preocupación por la seguridad nacional con la protección de los derechos humanos fundamentales. 

La Escritura nos recuerda: «No olvidéis la hospitalidad; por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles»[13].

«Proteger» nos recuerda el deber de reconocer y de garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad, evitando su explotación. En particular, pienso en las 
mujeres y en los niños expuestos a situaciones de riesgo y de abusos que llegan a convertirles en esclavos. Dios no hace discriminación: «El Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la 
viuda»[14].

«Promover» tiene que ver con apoyar el desarrollo humano integral de los migrantes y refugiados. Entre los muchos instrumentos que pueden ayudar a esta tarea, deseo subrayar la importancia que tiene el garantizar a los niños y a los jóvenes el acceso a todos los niveles de educación: de esta manera, no sólo podrán cultivar y sacar el máximo provecho de sus capacidades, sino que también estarán más preparados para salir al encuentro del otro, cultivando un espíritu de diálogo en vez de clausura y enfrentamiento. La Biblia nos enseña que Dios «ama al emigrante, dándole pan y vestido»; por eso nos exhorta: «Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto»[15].

Por último, «integrar» significa trabajar para que los refugiados y los migrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que les acoge, en una dinámica de enriquecimiento mutuo y de colaboración fecunda, promoviendo el desarrollo humano integral de las comunidades locales. Como escribe san Pablo: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios»[16].

5. Una propuesta para dos Pactos internacionales

Deseo de todo corazón que este espíritu anime el proceso que, durante todo el año 2018, llevará a la definición y aprobación por parte de las Naciones Unidas de dos pactos mundiales: uno, para una migración segura, ordenada y regulada, y otro, sobre refugiados. En cuanto acuerdos adoptados a nivel mundial, estos pactos constituirán un marco de referencia para desarrollar propuestas políticas y poner en práctica medidas concretas. Por esta razón, es importante que estén inspirados por la compasión, la visión de futuro y la valentía, con el fin de aprovechar cualquier ocasión que permita avanzar en la construcción de la paz: sólo así el necesario realismo de la política internacional no se verá derrotado por el cinismo y la globalización de la indiferencia.

El diálogo y la coordinación constituyen, en efecto, una necesidad y un deber específicos de la comunidad internacional. Más allá de las fronteras nacionales, es posible que países menos ricos puedan acoger a un mayor número de refugiados, o acogerles mejor, si la cooperación internacional les garantiza la disponibilidad de los fondos necesarios.

La Sección para los Migrantes y Refugiados del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral sugiere 20 puntos de acción[17] como pistas concretas para la aplicación de estos cuatro verbos en las políticas públicas, además de la actitud y la acción de las comunidades cristianas. Estas y otras aportaciones pretenden manifestar el interés de la Iglesia católica al proceso que llevará a la adopción de los pactos mundiales de las Naciones Unidas. Este interés confirma una solicitud pastoral más general, que nace con la Iglesia y continúa hasta nuestros días a través de sus múltiples actividades.

6. Por nuestra casa común

Las palabras de san Juan Pablo II nos alientan: «Si son muchos los que comparten el “sueño” de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en “casa común”»[18]. A lo largo de la historia, muchos han creído en este «sueño» y los que lo han realizado dan testimonio de que no se trata de una utopía irrealizable.

Entre ellos, hay que mencionar a santa Francisca Javier Cabrini, cuyo centenario de nacimiento para el cielo celebramos este año 2017. Hoy, 13 de noviembre, numerosas comunidades eclesiales celebran su memoria. Esta pequeña gran mujer, que consagró su vida al servicio de los migrantes, convirtiéndose más tarde en su patrona celeste, nos enseña cómo debemos acoger, proteger, promover e integrar a nuestros hermanos y hermanas. Que por su intercesión, el Señor nos conceda a todos experimentar que los «frutos de justicia se siembran en la paz para quienes trabajan por la paz»[19].

Vaticano, 13 de noviembre de 2017.
Memoria de Santa Francisca Javier Cabrini, Patrona de los migrantes.
Francisco

Nazareth, un lugar para aprender la sabiduría de la vida sencilla...

Palabras del Papa Pablo VI, en su visita a  Nazaret el 5 de enero de 1964


Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio.

Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá e una manera casi insensible, a imitar esta vida.

Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quién es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene un sentido.

Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de la disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo.

¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina!

Pero estamos aquí como peregrinos y debemos renunciar al deseo de continuar en esta casa el estudio, nunca terminado, del conocimiento del Evangelio. Mas no partiremos de aquí sin recoger rápida, casi furtivamente, algunas enseñanzas de la lección de Nazaret.

En Nazareth aprendemos...

La primera lección es el silencio. 

Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación, del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa, de la oración personal que sólo Dios ve.

La segunda lección es la vida de familia: 

Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social.

La tercera lección es la del trabajo. 

Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble.

Queremos finalmente saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles al gran modelo, al hermano divino, al defensor de todas sus causas justas, es decir: a Cristo, nuestro Señor...

sábado, 23 de diciembre de 2017

Triduo, Preparando el Corazón para esta Navidad...

TERCER DÍA: En el Pesebre

“…le llegó a María el tiempo del parto, 
y dio a luz a su hijo primogénito,
lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre…”
 (Lc.2, 6-7)

Habitar en el pesebre es habitar el lugar de la dureza y la ternura. Dureza de una realidad que se acepta, se sufre y se padece, a la que sólo la fuerza del amor podrá transformar tiernamente.

Habitar el pesebre es habitar la delicadeza de unas manos que son capaces de disponer lo necesario para hacer que nazca en una situación inhumana, la dignidad de toda vida, y así poder celebrar la liturgia del amor de Dios, cargada de gestos de humanidad. 

El pesebre es el lugar de la pobreza vivida verdaderamente. No de quien juega a ser pobre, sino de quien lo es y lo agradece.

El pesebre es el lugar donde todas las miradas están vueltas hacia el niño, hacia aquél que en su fragilidad está necesitado del cuidado de todos.

Habitar en el pesebre es habitar en la pequeñez del niño que nos permite entrar en el Reino; que nos hace entrar en las entrañas maternales de Dios; que nos hace entrar en el seno mismo de su amor Trinitario.

Habitar el pesebre, es habitar el sitio donde el corazón se arrodilla y adora, en la carne del Dios hecho hombre, el lugar para siempre de encuentro con su gracia y amor; y en el beso sacramental dado al niño, gusta en sus labios sabor de Eternidad y Salvación. -de Javier Albisu-

(Pido la gracia que necesito)

AL PEQUEÑO JESÚS

Déjame ser quien te cuide ahora
porque siempre serás quien cuide de mí.
Déjame ser quien te mire ahora
porque nunca dejarás de mirarme a mí.

Déjame ser quien te arrulle ahora
porque siempre cantarás por alegrarme.
Déjame ser quien te hable ahora
porque mi corazón intentará siempre escucharte.

DÉJAME SER QUIEN VELE TUS SUEÑOS                    
MUCHOS DE ELLOS SERÁN PARA QUIENES AMO.
DÉJAME SER QUIEN TE SOSTENGA AHORA
MUCHAS VECES MÁS ME SOSTENDRÁS A MÍ.

Déjame ser quien te alimente ahora
srá tu cuerpo quien alimente mi alma.
Déjame ser tus ojos ahora
toda mi vida rezaré por tu mirada.

Déjame ser quien te bese ahora
siempre serás quien bese mi debilidad.
Déjame ser quien te enseñe a amar ahora
serás vos quien me ame hasta la vida dar.

DÉJAME SER QUIEN SEQUE TUS LÁGRIMAS
PORQUE TODA MI VIDA LO HARÁS POR MÍ.
DÉJAME DAR LA VIDA POR VOS AHORA.
PORQUE UN DÍA SE BIEN
QUE LO HARÁS POR MÍ.
PORQUE UN DÍA SE BIEN
QUE LO HARÁS POR MÍ.
Y SIEMPRE ME SERÁ DIFÍCIL COMPRENDER.
-Mauro Tesuri-


-Rezar un Padre Nuestro.